Venezuela como problema

Se podría decir que la historia moderna de Venezuela comienza en 1958. El convulso siglo XIX, más convulso incluso que el de muchas de sus repúblicas hermanas, se prolonga con la dictadura de Juan Vicente Gómez, desde 1908 hasta 1935, a la que solo pone fin el fallecimiento del protagonista. A partir de ese momento, se abre un período de transición democrática, que culmina con la elección en 1948 del escritor Rómulo Gallegos como presidente de la república. Su gobierno progresista dura solo unos pocos meses, siendo derrocado por un golpe militar. Diez años de nueva dictadura, cuya figura principal fue Marcos Pérez Jiménez. En la fecha indicada de 1958 se sientan las bases de 40 años de régimen democrático, en gran medida bipartidista entre los socialdemocrátas de Acción Democrática y los socialcristianos de COPEI, mediante el llamado Pacto de Puntofijo.

Son años de una compulsiva modernización, que se beneficia de los ingresos petroleros, con importantes proyectos de obras públicas, pero también culturales. La arquitectura moderna irrumpe con fuerza, con joyas como el campus de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en Caracas. Reprimida la guerrilla izquierdista a finales de la década de 1960, comienzan los que suelen llamarse “años saudíes”, producto del astronómico incremento del precio del crudo a partir de la crisis de 1973. En esos años, aunque se está muy lejos de seguir la consigna del literato Arturo Uslar Pietri (“sembrar petróleo”), predominando el llamado modelo “rentista”, sigue su marcha imparable el proceso de modernización, especialmente en el campo científico. Los campus de las mejores universidades europeas y norteamericanas se llenan de estudiantes venezolanos de postgrado y doctorado, que disfrutan de más que generosas becas. Se funda el IVIC (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas) y la Universidad Simón Bolívar, con ambición de excelencia. Sigue el impulso a la obra pública, cuya más señera realización es el faraónico metro de Caracas.

Venezuela vive el ensueño de haber ingresado en el primer mundo. En ese marco, a nivel político, quizá el hecho más significativo fue la escisión sufrida por el PCV que dio origen al Movimiento al Socialismo (MAS) en 1971. El PCV había salido muy debilitado del fracaso de la estrategia guerrillera de la década de 1960. El que fuera el principal ideólogo del MAS en un primer momento, Teodoro Petkoff, que ya había expresado su disidencia respecto a la línea oficial del partido a propósito de la intervención en Checoslovaquia, desarrolla en esos años unos planteamientos que aparecen como una transmutación del contemporáneo eurocomunismo.

En el debe de este período sin duda lo más destacable es el mantenimiento de una equivalencia totalmente ficticia entre el bolívar y el dólar, que desmotiva la producción, incluso de alimentos. La vuelta a la realidad se da en 1983, con la brutal devaluación de la moneda nacional.

A partir de ese momento empiezan a incrementarse las tensiones sociales, producto de una gran desigualdad, aletargadas durante la época de bonanza. El llamado “caracazo”, la rebelión popular de 1989, fue consecuencia de las importantes medidas de ajuste provocadas por una crisis económica que se iba agudizando.

En 1992 tiene lugar un pronunciamiento militar encabezado por Hugo Chávez, que fracasa. Indultado en 1996, es elegido presidente en 1998, con lo que se pone en la práctica punto y final a la situación política creada en 1958.

Al menos en su origen lo que se ha venido en llamar “chavismo” es fundamentalmente un movimiento castrense, que se engarza en la muy larga tradición caudillista de Sudamérica. La reclamación por el movimiento desde el primer momento, de forma exclusivista, de la figura de Bolívar en un país en el que el “Libertador” está fuera de cualquier crítica, debe entenderse a mi parecer como una asunción indirecta de la referida tradición caudillista, de la que aquel fue un genuino representante. Es evidente que la alteración del marco democrático que representó el cuartelazo del 4 de febrero de 1992 estaba en último término motivado por la degradación de la situación del país. Ahora bien, no parece ni mucho menos que deba entenderse como un pronunciamiento de base ideológica izquierdista, en la medida que no existió una trama civil ligada y no hubo repercusión entre la población. Aunque es indudable que el mensaje caló a posteriori, especialmente en los sectores más depauperados de la ciudadanía; aunque no solo en ellos, lo que explica la citada victoria electoral de Chávez.

El sostén civil del chavismo vino con la fundación del Movimiento Quinta República y luego, en 2007, del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con la pretensión de construir el llamado “socialismo del siglo XXI”. El proyecto no consiguió su pretensión de agrupar a toda la izquierda más allá de la socialdemocracia, destacando, por su raigambre, la ausencia del PCV, que a pesar de estar integrado en la coalición Gran Polo Patriótico que da apoyo a Maduro, siempre se ha declarado no chavista y ha negado el carácter socialista de la revolución bolivariana, considerando que Venezuela sigue anclada en el modelo de capitalismo rentista. Si bien es cierto que durante las presidencias de Chávez, fallecido en 2013, se llevaron a cabo importantes nacionalizaciones, predominó el sistema de hacerlas a golpe de talonario, en un momento de precios altos de los hidrocarburos, de forma que no fue raro que se pagaran algunas empresas con precios por encima de su valor en libros.

Mi impresión particular es que a pesar de que la movilización civil ha sido muy importante, en especial en los primeros años del régimen y entre las clases populares, gracias a las políticas en educación, salud y vivienda, como consecuencia de la bonanza económica, el núcleo del poder chavista sigue estando en manos de los altos mandos militares, sobre los que pesan graves acusaciones de corrupción, cuando no de saqueo sin límites de los recursos naturales. Paralelamente parece haber surgido una clase dominante, la “boliburguesía”, que habría obtenido cuantiosos beneficios de sus contactos gubernamentales, en la mejor tradición oligárquica, denunciada incluso por sectores simpatizantes del chavismo.

Ese poder militar, cohesionado gremialmente incluso en una cierta visión del pasado (la posición de Chávez con respecto a la dictadura de Pérez Jiménez siempre fue bastante ambigua), parece derivar cada vez más hacia una solución bonapartista. De momento se sigue manteniendo el discurso ideológico revolucionario; a veces por parte de personajes como el hombre fuerte Diosdado Cabello, que nunca se ha caracterizado por ser precisamente un izquierdista.

La situación es muy difícil. El deterioro económico, en especial a causa de la inflación, y el consecuente de las condiciones de vida, es más que preocupante. El fracaso del gobierno de Maduro no tiene justificación aludiendo simplemente a factores exógenos. Por otro lado parece que en la oposición tiende a cobrar cada vez más fuerza el sector que rechaza el diálogo, aduciendo que solo ha servido para que Maduro ganara tiempo. Pero al mismo tiempo ese sector se dedica a lanzar cantos de sirena a la cúpula militar, con promesas de amnistía por las supuestas tropelías. Hay que decirlo muy claro: esta táctica va radicalmente en contra de una salida democrática a la crisis. En el momento que escribo estas líneas (14 de febrero) todo apunta a que la maniobra que encabeza Juan Guaidó ha sido un brindis al sol, que pasaba por fracturar la cohesión de la cúpula militar, que no se ha producido. Una chapuza más de la diplomacia estadounidense (en el supuesto de que eso exista) en la que se ha pringado la de la Unión Europea. La palanca siguiente sería el cebo de la ayuda humanitaria, cuya aceptación por parte del gobierno sería el reconocimiento de su fracaso. Sin olvidar por supuesto la rentabilidad política que obtendría la oposición si consiguiera su pretensión de la gestión de dicha ayuda.

Si la oligarquía militar no ha cedido a los “encantos” de Guaidó no puede ser, a mi modo de ver, más que por dos razones: o bien les han parecido insuficientes las garantías de, digámoslo claro, impunidad, o se halla lo suficientemente dividida como para temer en su seno un enfrentamiento que pudiera generar una guerra civil. Esto y la locura intervencionista de la camarilla Trump son los principales peligros a los que se enfrenta la sufrida nación hermana. De materializarse cualesquiera de esas posibilidades, se podría generar, además, una crisis regional.

Una versión “suave” de la intervención podría ser la creación de una “contra” a partir de Colombia y/o Brasil, pero eso requiere tiempo y la situación actual de crisis no parece que se pueda prolongar mucho más.

En función de ese bonapartismo que parece tomar fuerza, la solución que no cabe descartar por parte de los mandos militares sería la del autogolpe. Con la mención a Bolívar, o incluso a Chávez, la toma del poder, ya sin intermediación civil, se podría vender como una manera de asegurar las conquistas populares poniendo orden al caos económico. Los sectores civiles afines al chavismo, empezando por el PSUV, podrían quedar descolocados durante un cierto tiempo, el suficiente para que se afianzara la solución. Después vendrían los ajustes necesarios para negociar con el FMI y demás. En realidad no creo que esta solución no sea un plan B para Guaidó y compañía. Los considero lo suficientemente inteligentes como para saber que, en cierta manera, la están propiciando.

Incluso en ese marco cualquier analogía que se plantee con el Chile del 73 me parece totalmente falsa. Después del intento de golpe de estado de 2002, las fuerzas armadas quedaron descabezadas de la jerarquía tradicional. Un golpe solo puede darlo la cúpula afín al chavismo o, alternativamente, sectores de la baja oficialidad afectados por la crisis de forma semejante a otros sectores de la ciudadanía.

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