La soledad abierta

©Ilustración de Obdulio Fuertes

Siento el olor salobre de la madrugada,
la fruta verde y agria entre los gritos del cuchillo,
o entre los dientes voraces y blanquísimos
de esta luz nueva que estrena su avidez.

Los árboles tienen brazos de amor para la tierra
y brazos extáticos tendidos a lo alto ;
pero el hombre no tiene ni ramas ni raíces
y es un grito que resuena en lo cóncavo vacío.

La arena cruje leve, casi tierna, bajo la planta desnuda,
la hierba es en mi piel como un labio sediento,
las piedrecillas blancas, las rocas y la arcilla
como la grava gris parece que me aman.

Su frío o su aspereza, su humedad, su dulzura
suben como un escalofrío de yedra por mis piernas.
La tierra se extiende abierta a mis brazos,
mas yo sólo la toco con un ansia de salto.

El hombre no, no hunde raíces en lo oscuro,
no siente las larvas, los topos y la muerte,
los mil siglos de hielo, de aliento duro y seco
de los que, dormidos, le esperan en el fondo;

no siente en su silencio los brazos que se alargan,
las uñas que arañan las blanquísimas raíces,
la terquedad obstinada con que un ojo perfora,
como espada de luz, una vida de sombra.

Hay algo denso y callado algo que pesa y vive:
el sueño de la tierna dormida en nuestra carne ;
pero el hombre lo ignora y vive sin raíces
porque nunca ha tocado con pie desnudo el suelo.

Ni ramas, ni raíces, ni la brisa que enreda
un amor tumultuoso en las hojas del sauce,
ni sentir tan siquiera las manos de los muertos
que buscan nuestras manos debajo de la tierra.

Ni ramas en los blancos jardines del alba,
ni ramas sobre el sueño de la virgen dormida,
ni aun de un agua más quieta, ni aun del mismo mar
que a esta hora es el rubio corazón de lo eterno.

En el fondo del cuerpo pesan cien gritos muertos,
pesan como un sueño de sombra amordazada ;
pero no lo retienen, la tierra se le escapa,
y el hombre es una loca cabellera perdida.

Por los ventanales, un día inmaculado,
o por tus mismos ojos, acaso, cuando tiemblas,
por las grietas del alba y la luna aterida
escapa transparente, flotando sin sentido.

¡ Decidme amor perdido, decidme adónde voy !
Un ansia tumultuosa me arrastra por los limbos,
por los límites blancos, más allá de la muerte,
por las fronteras claras de un mar que ya no es mar.

¡ Qué serena tristeza de amor contenido !
¡ Qué silencio en el alma como un veneno dulce !
Sé que bajo mis párpados duermen vidas quietas
que esperan que los abra para volver a ser.

Hay árboles, jardines, casas, pájaros, gritos.
¡ Oh claridad lejana de las tardes de infancia !
hay quizá tamarindos, o nubes, o luz blanca
de una mañana eterna vivida no sé cuándo.

Todo espera tranquilo y soy yo mismo muerto,
yo mismo que he olvidado lo que fui, que reposo
sobre esta dulce ausencia de no sentirme nada,
que es un sentirme todo, que es no sentirme a mí.

Cabellera perdida sin ramas ni raíces
fríamente flotando en los limbos callados
con una suavidad de agua mansa y sin forma,
de agua que así fluye muriendo en negaciones.

¡ Decidme, amores, ansias, decidme lo que quiero,
decidme si es la oscura nostalgia de la tierra
o si es que sueño acaso con praderas ligeras
o si es sencillamente que quiero reposar !

Hay días, hay mañanas en que el aire ¡limitado
me hace todo ramas, cabellera tendida ;
hay otros en que huele la tierra mojada
y me quedo en lo oscuro, raíz estremecida.

Así vivo flotando, flotando sin sentido,
viviendo con la luz, con la tierra y la luz,
obediente a su impulso, negando mi existencia,
matándome o buscando una vida total.

Lo que cruje con ternura, lo que pasa
resbalando en caricia o en huida,
lo que sonríe simplemente, lo que calla,
todo me ofrece el amor en. entrega.

¡ Oh tristeza. serena, dulcísimo silencio,
suave muerte de brisas y de arena !,
con los párpados bajos escucho tu latido,
esa vida infinita que niega nombre y tiempo.

 

Fuente: Web sobre Gabriel Celaya http://www.gabrielcelaya.com/

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