¿1918 + 1929 = 2020? Sin mapa en tierras económicas desconocidas

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No cabe duda de que estamos entrando en una crisis económica sin precedentes. Millones de personas en todo el mundo han engrosado en las últimas semanas las filas de los desempleados. Las estadísticas son escalofriantes, mucho peores que las del comienzo de la crisis del 2008, o las crisis que ocurrieron el siglo pasado. La crisis económica mundial se acercaba de todos modos. Los economistas son generalmente reacios a hacer pronósticos pesimistas, pero algunos menos tímidos ya habían estado hablando de la probable recesión desde hacía meses. En enero de 2019, Larry Summers escribió en el Washington Post que era probable una recesión si no en 2019, en 2020.

La pandemia de coronavirus ha empujado la economía mundial al despeñadero, pero los procesos insostenibles ya se habían generalizado en 2019, las ganancias empresariales estaban cayendo y la deuda privada había alcanzado niveles récord, incluso por encima de los observados antes de 2008. Pero esta vez es principalmente deuda empresarial, no deuda familiar hipotecaria. Por supuesto que esto se refiere a las principales economías del mundo, no solo la de este o aquel país. Como la crisis que comenzó en 2008, estamos ante una crisis económica mundial. Según estimaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), las políticas actuales de distanciamiento afectarán a sectores que representan hasta un tercio del producto interno bruto (PIB) de las principales economías. Por cada mes de distanciamiento físico para interrumpir la transmisión del virus, la OCDE estima que habrá una pérdida de 2 puntos porcentuales del crecimiento anual del PIB.

Es prácticamente imposible predecir cuánto afectará esta crisis económica mundial vinculada a la pandemia de coronavirus a cada economía nacional. Con la actividad económica fuertemente deprimida por las medidas contra el contagio, los ingresos están disminuyendo en todos los ámbitos y el número de personas que se registran como desempleados se ha disparado hasta cifras sin precedentes. Los gobiernos preparan paquetes de medidas económicas para hacer frente a la crisis de la pandemia. En EEUU el gobierno y el congreso han aprobado un gasto enorme en comparación con los paquetes económicos de otras ocasiones, pero pequeño en comparación con el volumen de la economía del país, por lo que a efectos macroeconómicos su efecto probable es dudoso, en todo caso moderado o escaso. Por supuesto que es positivo que se aprueben políticas para proteger el ingreso de los efectos del desempleo, esas medidas darán alguna protección a los más vulnerables de la sociedad, ahora sin trabajo y sin perspectivas, además de enclaustrados a menudo en viviendas hacinadas. Pero según informes preliminares, el paquete aprobado por el Congreso también es un donativo glorioso a las grandes empresas, lo cual no es sorprendente dada la situación política actual. Están todavía en discusión políticas específicas para las empresas pequeñas y los negocios familiares. Es dudoso que todas esas políticas económicas puedan estimular significativamente la economía, porque las trabas que hoy tiene la actividad económica son tanto la caída de los ingresos en general como la imposibilidad de producir y la falta de oportunidades para gastar debidas al distanciamiento. A eso se añade un enorme endeudamiento de las empresas que venía de antes.

En cualquier caso, las políticas keynesianas, es decir, las intervenciones para estimular la economía, tienen un efecto obvio solo cuando son masivas, por ejemplo, cuando la economía de libre mercado de EEUU fue transformada en pocos meses en una economía en gran parte planificada y dirigida por el Estado en los primeros meses de 1942. Ahí fue cuando se acabó el desempleo masivo de la década de la Gran Depresión. Porque incluso a fines de la década de 1930, después de años de políticas del New Deal, el desempleo seguía en niveles altísimos y la miseria social era generalizada. Entre el comienzo de la Gran Depresión en 1929 y la Segunda Guerra Mundial, la tasa de desempleo tuvo dos picos en EEUU, uno en 1933, cuando el desempleo alcanzó su máximo histórico de 24,9%, otro en la llamada recesión de Roosevelt, en 1938, cuando el desempleo llegó a 19,0%; pero aún estaba en 9,9% en 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial ya llevaba dos años asolando Europa y Asia y EEUU, todavía no beligerante, había comenzado a aumentar considerablemente sus preparativos militares. Solo tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 el gobierno estadounidense puso la mitad de la economía de EEUU bajo su control para satisfacer las necesidades militares y la tasa de desempleo cayó dramáticamente a 4,7% en 1942.

Tras más de diez semanas de pandemia de COVID-19 ya sabemos que la infección afecta más a los varones que a las mujeres y, a diferencia de la pandemia de 1918 que concentró sus víctimas entre los adultos jóvenes sanos, la presente pandemia es más grave y más letal cuanto mayor es la edad del paciente y cuando tiene enfermedades crónicas previas. Pero esas enfermedades tienen un gradiente social, son más frecuentes a medida que se baja en la escala de status socioeconómico indicado por ejemplo por el nivel de ingreso, el nivel educativo o la calificación profesional. En los niveles bajos de ingreso son más frecuentes el tabaquismo y las enfermedades respiratorias crónicas, a menudo consecuencia de exposiciones profesionales; también son más comunes el alcoholismo, la obesidad, la hipertensión arterial, la diabetes. Todo ello hace que el COVID-19 sea más grave y más letal. Es de esperar entonces que el COVID-19 afecte menos a quienes tienen mejores empleos o mayor nivel de renta que, además, viven menos hacinados y tienen en general menos enfermedades crónicas.

En países como EEUU donde no hay un sistema nacional de salud y la sanidad es básicamente privada, la atención médica será además tanto peor para quienes están más abajo en la escala social, los trabajadores de la economía informal, los emigrantes indocumentados, los afroamericanos. Ya hay datos que muestran cómo los afroamericanos están sufriendo mucho más que los blancos las infecciones graves y en ellos la tasa de letalidad, es decir, la probabilidad de defunción del que enferma, es significativamente mayor que en los blancos. Muy probablemente, y con diferencias no muy grandes de unos países a otros, la tasa de letalidad será tanto mayor cuanto menor sea el nivel de ingreso de los pacientes. En resumen, esta pandemia muy probablemente afectará menos a quienes están más arriba en la escala social y contribuirá así a mantener y aumentar las desigualdades de salud.

Por otra parte, como mostró muy bien Thomas Piketty en El Capital en el Siglo XXI, la desigualdad económica es procíclica, es decir, aumenta en las expansiones y disminuye en las recesiones, cuando la economía se estanca o se contrae. Esto es fácil de entender porque en una economía capitalista los dos flujos principales de ingreso son las rentas del capital, es decir, los intereses financieros y las ganancias empresariales, y las rentas del trabajo, los salarios. Ambos flujos aumentan en las expansiones y disminuyen en las recesiones, pero las ganancias lo hacen mucho más que los salarios. Por tanto, la desigualdad de ingreso aumenta en las expansiones y disminuye en las recesiones. Si en lugar de la desigualdad de ingresos, consideramos la desigualdad de la riqueza, su disminución durante las crisis económicas es aún más obvia, ya que todos los activos, incluidos los bienes de capital, tienden a perder valor en tiempos de turbulencia económica. Además, un porcentaje muy grande de la población posee poca o ninguna riqueza y no se puede perder lo que no se posee. Por lo tanto, tal vez como resultado de esta crisis podría verse una reversión temporal del crecimiento de la desigualdad económica que ha crecido en casi todos los países en las tres o cuatro últimas décadas.

En casi todos los países una proporción importante de la población obtiene hoy sus ingresos de los contratos “en negro”, del autoempleo y de toda la economía informal que se ha desmoronado como un castillo de naipes por el distanciamiento físico impuesto por la pandemia. No cabe la más mínima duda de que durante el pasado mes de marzo y lo que va de abril se han perdido decenas de millones de empleos formales e informales en todo el mundo. Con algunas excepciones y diferencias menores, desde las últimas décadas del siglo pasado tanto en las economías avanzadas como en los países de la periferia las fuerzas políticas han ido modificando las regulaciones de los mercados laborales en general hacia condiciones de empleo más desreguladas y precarias. La reciente película Sorry We Missed You trata sobre una familia inglesa, pero podría representar a una familia de la clase trabajadora, ya ni siquiera asalariada, de casi cualquier país. En nuestro sistema de libre empresa la mayoría de los trabajos dependen no de la necesidad social sino de la capacidad de aquellos que poseen activos para obtener ganancias y las protecciones sociales a menudo se eliminan (porque crean “rigideces del mercado de trabajo”) cuando interfieren en la capacidad del dinero para producir más dinero, es decir, en la acumulación del capital. Esa es la tendencia general bajo el capitalismo. Cuando los mercados laborales son más formales y están más regulados, hay alguna protección temporal contra el desempleo inmediato. En los meses de esta primavera en los países donde aún hay restos del estado de bienestar muchos millones caerán en las filas de los protegidos por el seguro de desempleo, que en otros muchos países, sobre todo de la periferia, es escaso o inexistente. Pero es inimaginable que una fracción importante de la población (¿la mitad, las dos terceras partes?) viva más allá de pocas semanas de ingresos proporcionados por el Estado, privado ahora también por la crisis de gran parte de su recaudación tributaria. ¿Hasta donde podrá estirarse la cuerda? Es difícil de saber.

Lo que es obvio es que durante esta primavera, el mundo evolucionará hacia una depresión económica sin precedentes combinada con una pandemia que a 16 de abril ha causado 130.000 muertes en todo el mundo. ¿Cuántas más causará? En años recientes han muerto unos 70 millones de personas cada año, la pandemia de gripe de 1918-1919 se estima que pudo causar entre 50 y 100 millones de muertes, pero en 1918 la población mundial no llegaba a 2000 millones, ahora somos casi 8000 millones de seres humanos. En EEUU la pandemia de 1918 causó unas 550.000 muertes en una población de 103 millones. En España pudieron ser unas 300,000 muertes en una población de 21 millones. Las tasas brutas de mortalidad debida a la pandemia de gripe 1918 son entonces 0,55/103 =  0,005 = 0,5% para EEUU y 0,3/21 = 0,014 = 1,4%, casi tres veces mayor, para España. Si en la presente pandemia murieran proporciones similares a las que se observaron en la pandemia de 1918, los totales nacionales de defunciones podrían ser millones o decenas de millones y el total mundial, cientos de millones (seguramente concentrados en los países más pobres y poblados del mundo: India, Indonesia, Brasil, Nigeria…). Esperemos que las acciones de la comunidad mundial para atenuar los efectos de la pandemia lo eviten.

Donald Trump, en uno de sus comentarios magistrales sobre la pandemia, cuando decía que para finales de Semana Santa EEUU podría volver a abrir las puertas de los negocios, comentó que el remedio no puede ser peor que la enfermedad y que la economía no puede estar congelada mucho tiempo porque la recesión consiguiente podría provocar millones de suicidios y así muchas más muertes de las que podría provocar la pandemia. Ahora bien, durante la Gran Depresión los suicidios aumentaron ligeramente, pero la mortalidad total en realidad disminuyó, sorprendiendo a muchos profesionales de la salud e investigadores sociales. En EEUU en la década de 1920 la tasa de suicidios fue de unos 13 suicidios por 100.000 personas, con la depresión que comenzó en 1929 subió a 15,6 en 1930 y siguió creciendo hasta un máximo de 17,4 en 1932. En números redondos el exceso anual de suicidios debido a la Gran Depresión serían entonces 4 suicidios por 100.000 habitantes y en una población como la de EEUU en 1930, de unos 125 millones, esto es un exceso anual de 5.000 suicidios, unos 20.000 en cuatro años. Comparados con la mortalidad provocada por una pandemia, los suicidios de una recesión económica son como un vaso de agua comparado con el Mediterráneo.

Además, pese a los disparates de Trump y los prejuicios de muchos intelectuales, la tasa general de mortalidad por todas las causas realmente tiende a aumentar en las expansiones y a disminuir en las recesiones. Y de hecho disminuyó en todos los países europeos, en España especialmente, a partir de 2008. En la Gran Depresión la tasa de mortalidad en EEUU, que fueron 11,9 muertes por 1000 habitantes en 1929, disminuyó a 11,3 por 1000 en 1930 y siguió disminuyendo hasta 10,7 defunciones por 1000 habitantes en 1933. Las defunciones totales en EEUU fueron 1,45 millones en 1929, pero disminuyeron a 1,39 millones en 1930 y continuaron bajando cada año hasta 1,34 millones en 1934. Esto contrasta con la pandemia de gripe de 1918 que causó más de medio millón de muertes. Sin embargo, aquella pandemia no se combinó con una crisis económica, de hecho, la economía estadounidense estaba en auge en aquel entonces produciendo armas y material para los soldados que embarcaban a Europa para ayudar a los británicos y los franceses a luchar contra “los boches” y los bolcheviques.

¿Qué podemos esperar entonces cuando una pandemia de gripe se combina con una gran crisis económica? La verdad es que estamos en tierras desconocidas y sin mapa. Las predicciones basadas en experiencias históricas anteriores son mejores que nada, las viñetas históricas ilustran algunos paisajes similares, pero probablemente las predicciones basadas en ellas no sean muy fiables.

 

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