PRIVACIÓN RELATIVA, IA Y ¿TECNO-FASCISMO?
En el clásico de 1970 de Ted Gurr “¿Por qué los hombres se rebelan?” se desarrolló la llamada teoría de la Privación Relativa. En ella se comenta la manifestación de sentimientos de privación ante las expectativas frustradas, entendiendo esta privación no como una realidad objetiva sino relativa entre lo que los individuos tienen y lo que creen merecer. Estas expectativas frustradas no se limitarían a los aspectos materiales sino también a la participación política o el desarrollo personal.
Esta manifestación de privación no sólo sería individual, sería o pretendería serlo principalmente grupal, como una percepción de que como miembro de un grupo se está en posición de desventaja respecto a otro grupo. Gurr distingue tres tipos de privaciones. La primera sería respecto a las aspiraciones, es decir cuando las aspiraciones de un grupo en interrelación con otros grupos más favorecidos, crecen en mayor medida que las posibilidades de satisfacer las mismas. La segunda sería por decrecimiento, que aparecería cuando el grupo asiste al decrecimiento de su control efectivo sobre bienes y valores apreciados, mientras que las expectativas permanecen estables. Y la tercera sería la llamada privación progresiva, cuando un grupo tras un pasado inmediato de materialización de las expectativas ve como se bloquean las posibilidades de seguir viendo satisfechas esas expectativas.
Según Gurr, esto desembocaría en violencia política, aunque ese teórico final y ese supuestamente inevitable desenlace han sido ampliamente criticados por Miguel Ángel Río.
La teoría de Gurr en cualquier caso entroncaría con tesis defendidas por Luigi Salvatorelli y Renzo de Felice también en los años setenta del siglo XX, que argumentarían que el fascismo italiano era el vehículo de las clases medias, a las que se les ha negado una posición social entre la élite nacional con el fin de de forjar un nuevo sistema nacional que les proporcione un papel más sobresaliente. Por supuesto hay muchas más interpretaciones del fascismo como recoge Stanley G Payne. Así, entre ellas está la que argumenta que el fascismo es un subproducto de una descomposición cultural y moral, como piensan Benedetto Croce o Meinecke. O la que indica que era una forma de Bonapartismo, defendida por Thalheimer, y que defiende que el fascismo era producto de una crisis social y política en que las formas de dominación de clase ya no funcionaban y donde fuerzas competidoras se anulaban mutuamente, permitiendo una nueva forma de dictadura. En cualquier caso, la tesis de De Felice, el mayor experto en el fascismo italiano, es la más sugerente. El fascismo sería pues la consecuencia de una privación relativa de parte de las clases medias.
¿Y todo esto tiene algo que ver con la realidad actual? Sí que lo tiene. Y es que debemos analizar dos factores que en principio son contradictorios. En primer lugar, en todo Occidente, y en particular en España, se han reducido las cohortes de jóvenes nativos. Así número de jóvenes con padres de origen español, entre 15 y 34 años, ha descendido un 33 % en menos de 25 años. Así se desprende de las cifras del Instituto Nacional de Estadística, que cifraba el número de jóvenes españoles, en esas cohortes de edad, entre 15 y 34 años, en 12.565.052 en el año 1998. En el año 2022 esa cifra ha bajado a 8.429.301 españoles. En total ha descendido en 24 años en un tercio el número de jóvenes, en total 4.137.751 españoles, una cifra que podría ser mayor de no mediar la nacionalización de centenares de miles de inmigrantes en esas franjas de edad. Pdero, en segundo lugar, y en todo Occidente pero en particular en España, ha aumentado exponencialmente el número de jóvenes con titulación universitaria. Así, según Bernardi y Valdés, si entre los nacidos entre 1960 y 1969 podemos encontrar un 23 % de universitarios, esa cifra asciende al 30 % entre los que nacieron entre 1980 y 1989.
De los datos anteriores se desprende que si bien ha descendido la presión sobre el mercado laboral al disminuir en un porcentaje notable los aspirantes a empleos, por otro ha aumentado el número de universitarios que, de forma lógica, buscan empleos acordes a su formación y por lo tanto bien remunerados y con promoción social. Es decir, si bien los que accedieron al mercado laboral en España en los años 80 y primeros 90, los nacidos en los sesenta del siglo XX, se encontraron con tasas de paro elevadísimas, la presión sobre los puestos de trabajo bien remunerados y de prestigio, aunque con dificultades coyunturales de entrada, eran menores que en la actualidad. Ahora es fácil entrar en el mercado laboral y encontrar un empleo precarizado, pero los universitarios, que aspiran a buenos puestos de trabajo lo tienen más difícil. En ello ha influido la degradación del mercado laboral que sufre todo Occidente y también España. La desindustrialización, la financiarización, la automatización y la difusión de internet en el sector servicios en los últimos años ha llevado a una disminución más que evidente de los puestos de trabajo bien remunerados.
Es decir, se está dando lo que Peter Turchin ha llamado “sobreproducción de élites”. Según este autor, “el vértice de la pirámide está sobrecargado, y tenemos un exceso de aspirantes a la élite que compiten por un reducido número de puestos en los niveles superiores de la política y de los negocios”. Es decir, en el juego de la silla vacía, puede que haya más o menos los mismos jugadores, pero disminuyen las sillas.
Esto se traduce en unos crecientes sentimientos de privación relativa entre las llamadas por Guilluy clases aspiracionales, es decir, entre los aspirantes a formar parte de la élite, y que se concentran sobre todo en las llamadas ciudades globales, en las grandes metrópolis tipo Madrid o Barcelona.
¿Y en qué se traduce esto? Y sobre todo, ¿cómo va a evolucionar? Pues en principio, tenemos que admitir que las clases aspiracionales son eso, con aspiraciones, valga la redundancia. Es decir, no aspiran a cambiar nada. Aspiran a formar parte de la élite. De ahí que no cuestionen en absoluto el cosmopolitismo neoliberal, ni la globalización. Al menos sus portavoces. En lugar de eso, cargan contra los enfermos que están de baja médica, pero sobre todo contra los jubilados o que se van a jubilar “boomers”. Aunque, cabe insistir, en que habría que averiguar en qué medida estas quejas, amplificadas por medios y redes, están o no dirigidas por el algoritmo de los tecno-oligarcas. Y es que los sentimientos familiares siguen siendo fuertes al menos en España, y cargar contra tus padres es signo de descomposición moral y cultural, que diría Croce.
En cualquier caso, la sobreproducción de élites en relación a los puestos disponibles bien remunerados se va a elevar en pocos años de una forma exponencial. Es lo que ocurrirá con la IA. En breve desaparecerán enormes cantidades de empleo como consecuencia de la difusión de la Inteligencia Artificial. Según el World Economic Forum, la IA podría hacer desaparecer 92 millones de puestos de trabajo, aunque otros elevan ese número a centenares de millones. Randstad Research habla de 400.000 empleos perdidos en España en diez años como consecuencia de la IA. Estos puestos de trabajo destruidos se concentrarán en buena medida en los sectores que debían ocupar los aspirantes a la élite. Es decir, el número de sillas disminuirá radicalmente aún más.
Todo esto se traducirá en una “privación relativa” creciente. Y lo hará de forma exponencial. Una privación relativa creciente que se traduce en crecientes posibilidades de “violencia política”. Y desde luego, como no existen o no tienen voz contra-elites que cuestionen el sistema, la perspectiva más probable es que los tecno-oligarcas dirijan con sus algoritmos las iras no contra ellos, sino contra los de al lado, contra las personas mayores, contra los indefensos, contra los enfermos. Ya lo están haciendo. ¿Estamos asistiendo al nacimiento de un “Tecno-fascismo”? El tiempo lo dirá. Pero la verdad es que el horizonte está más que oscuro.













