Neoliberalismo para todos los públicos

Neoliberalismo para todos los públicos

Si hay algo transversal en la sociedad española es el aprecio hacia ciertas palabras que generalmente operan como sortilegios, con un indudable poso mágico. Una de ellas es emprendimiento. Cuando se habla de emprendedores, no se estila poner el foco en la complejidad del asunto. Menos aún en el fracaso: cuántos se tragaron el cuento de que esto iba de talento y voluntad y se dieron de bruces con la cruda realidad. Se tira de recurso fácil: el tipo en el garaje, la cultura del individuo hecho a sí mismo. La imagen representa más bien un gag cómico que algo verosímil y serio, pero vende bien. Entronca con una sociedad inmediatista, aquella en la que entre estímulo y resultado median escasos segundos. En la sociedad líquida del espectáculo, hablar de ingentes sumas de dinero público, de Estados que, a veces a través de su industria militar, contribuyeron a hacer posible esos procesos de creatividad empresarial, allá donde el capital privado no podía o quería llegar, tal vez venda menos.

Otro tanto acontece con la apelación hueca al voluntariado. Ponerse en frente tiene  mala fama. ¿Quién iba a estar en contra del espíritu altruista en plena nevada? ¿Por qué te molesta que los vecinos cojan una pala para recoger la nieve de la calle? ¿Cuán amargado tienes que estar? Todo se psicoanaliza y se proyecta a un plano sentimental por si alguien quisiera extraer una lectura política. Pero ni siquiera hace falta extraerla, la lectura va de suyo. Lógicamente para que haya sociedad tiene que existir monopolio de la fuerza por parte del Estado y coerción aceptada por todos a través de las leyes: sin ellas no hay cauce para el bien común. El altruismo personal puede ser complementario pero nunca suplementario de los mecanismos sociales que, nos guste más o menos, gestiona el Estado. Los servicios públicos no son un capricho. El mundo del trabajo no es una quimera. A quien reprocha nostalgia por regresar a parámetros  fordistas a los que defendemos el trabajo y el derecho laboral, yo les contesto diciendo que no hay nada más anacrónico que tratar de blanquear un contenido de esclavitud descarnada a través de un continente tecnológico e hipermoderno. La neo-esclavitud tecnológica no deja de ser esclavitud. Hoy sin fábricas dickensianas, pero con repartidores y kellys.

Cuando se apela a la libertad entre desiguales, al sálvese quien pueda más crudo, y se presenta esa alternativa como imperativa frente a una presunta amenaza comunista en verdad inexistente, se vierte un mensaje tendencioso, ideológicamente maniqueo, profundamente polarizador de la sociedad y eminentemente falso.

El corto siglo XX, como lo llamó el historiador Hobsbawn, terminó con la caída del muro de Berlín en 1989 y de la URSS en 1991. El bloque del Este cayó con estrépito dejando a su paso un reguero de oscuridades, pero también algunas luces esenciales que ahora tratan de ocultarse, al servicio de la conveniencia ideológica hegemónica. Entre otras, un fuerte entramado de derechos sociales, económicos y políticos para la clase trabajadora de Europa occidental. Una verdadera transformación, desconocida antes y después en la Historia, en las condiciones materiales de vida de millones de personas, inentendible sin el movimiento obrero y sin el socialismo. Tampoco sin el bloque del Este. Guste más o menos, esa es la realidad, y ésta choca con los prejuicios, no entiende de mantras de campaña electoral o de tuits para perpetuos adolescentes políticos y vitales.

Las vacaciones pagadas, la prohibición del trabajo infantil, el derecho de huelga, el descaso semanal, las jornadas laborales de 8 horas, los sistemas de seguridad social y todos y cada uno de los cimientos del Estado de Bienestar responden a un concreto pacto capital-trabajo, que se cimenta en los postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, que se consolida en la Guerra Fría por el choque de bloques y el temor real del capital a un contagio revolucionario en la Europa occidental, y que empieza a resquebrajarse claramente con el ocaso de la Unión Soviética y el desembarco de la contrarrevolución neoliberal que, desde los años 70 y 80 del corto siglo XX, empieza a permear todas las capas de la sociedad occidental, con una traslación efectiva en políticas públicas muy regresivas.

Cuando en las homilías de las ondas nos animan a ser emprendedores, frente a la asfixia de un Estado burocratizado e inhabilitante en el que sobran funcionarios y su mentalidad conservadora (la de conservar derechos, se entiende), aunque se presente de forma aséptica y neutral, se vende ideología. Se apela a un individuo desligado de sus condiciones materiales, a un individuo autónomo cuya acción empresarial depende en exclusiva de él, y en la que su contexto social no importa o no debe importar, porque de importar lo haría de forma nociva, en la forma de un Estado que bloquea y desangra a través de los impuestos, tantas veces presentados como un desfalco a un individuo con legitimidad primigenia, cuyos derechos al parecer flotan en el vacío.

Todo ello es ideología y no es inocua. Como también lo es la sibilina adulación al fenómeno de ese oxímoron que responde al nombre de trabajo voluntario frente al cual, quien ose discrepar, se convierte en un egoísta, un raro o un peligroso rojo. Términos como ayudar o colaborar –he ahí el fenómeno de ensuciamiento que se ha hecho sobre la presunta economía colaborativa, que hoy encubre dinámicas descarnadamente competitivas– se utilizan al servicio de causas con frecuencia espurias. En el caso del voluntariado para socavar puestos de trabajo. Coge tu pala o echa una mano en la limpieza de la ciudad, mientras se externalizan contratos para pagar lo menos posible o se recorta en servicios públicos.

En algunas tertulias me he encontrado a profetas del libre mercado pedir que profesores jubilados dieran clase en plena pandemia. Lo que fuera antes que contratar a nuevos funcionarios. Aquí el mito negativo del funcionario sigue operando: sobra, es un vago, es ineficiente. Curiosamente dicha apología de un mercado presuntamente libre descarrilla por las vías de la incoherencia cuando se exige al Estado –¡a quién si no!– la prórroga de los ERTEs sine die –con sus bonificaciones a las cuotas empresariales de la Seguridad Social, que aumentan la deuda estatal– o, incluso, ayudas directas a las empresas. ¡Mientras que se solicitan rebajas fiscales! ¿Ayudas directas del Estado y rebajas fiscales? Tarifa plana para que Amazon, Facebook y Google sigan sin pagar un mísero impuesto en nuestro país mientras manejan a discreción nuestros datos personales e información, mientras que se exige del pérfido Estado – con una deuda galopante e hiperbólica – ayudas directas y menos ingresos tributarios. Un genuino disparate.

La sustitución del derecho laboral como esfera ordinaria de la estructura productiva de un país por una suerte de introducción con calzador del derecho mercantil en las relaciones laborales no es una propuesta inocente. Se trata de aplicar criterios de mercado que entronicen la libertad entre desiguales, donde deberían primar los derechos laborales, la representación sindical y la protección de la parte más débil. Con el auge de un concepto falaz e ideológico de emprendimiento, que está dejando por el camino a demasiados bienintencionados que compraron el cuento de hadas del individuo ajeno a condicionantes sociales que podía valerse por sí solo, se arrincona la aplicabilidad del derecho del trabajo, crecientemente estigmatizado como un residuo de una época superada. Reclamar su vigencia hoy te ubica en la nostalgia de un tiempo muerto, presuntamente, y que sin embargo pretende ser reemplazado por un preocupante y distópico matrix que conjuga progreso tecnológico con pingües ganancias para unos pocos y dramáticas condiciones laborales para la mayoría. Mientras se impugna la solidaridad real garantizada a través de impuestos progresivos y servicios públicos –presupuesto ineludible para una noción de libertad que sea algo más que la caricatura electoral– se lava la mala conciencia de los próceres del sálvese quien pueda alentando un voluntariado torticero en el que el trabajo se convierte repentinamente en una prestación gratuita. Después de la buena obra, a tratar de sobrevivir y cubrir tus necesidades materiales más acuciantes. Porque tal vez mañana seas tú el que precise de la dádiva altruista y sustitutoria de verdaderos derechos, en una sociedad cada vez más injusta.

El neoliberalismo para todos los públicos suele lucir con una mueca cruel aunque nos cuenten que es una sonrisa y que hay motivos para sonreír.

 

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