Julio Anguita, metafísica de los héroes del pueblo

Durante mi paso por la Universidad de Murcia, en la segunda mitad de los tumultuosos años ochenta, tuve la oportunidad y la suerte de conocer a personas que tuvieron gran influencia en toda mi vida posterior. A todos nos marca la universidad, pero a mí, un chico del campo, me impresionó todavía más. Una de aquellas personas fue sin duda alguna mi profesor, maestro y gran amigo, Juan Moreno. Un hombre brillante, comunista hasta la médula. Yo, que venía del comunismo de los hombres del campo, del comunismo de mi padre y de mis tíos, con Juan me sentí cómodo desde el primer momento. Él me apoyó y me animó en mi loca idea de venir a Rusia. Lo conocí una tarde, en mi primera asistencia a sus clases de arte contemporáneo. Muy pronto, nos hicimos amigos y durante largos años mantuvimos fantásticas conversaciones.

Siempre decía que en caso de duda, la respuesta estaba en los grandes. Por ejemplo, en Velázquez, Goya o Picasso. Un día, al poco tiempo de que Julio Anguita fuese elegido Secretario General del Partido Comunista de España, mientras hablábamos de una de sus intervenciones públicas, me dijo: “Antonio, este hombre es uno de los grandes”. Y no se equivocó.

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Cuando llegué a la Unión Soviética me encontré en pleno debate de la Perestroika. En realidad, se estaba ventilando la derrota del socialismo soviético y nosotros, los más y los menos jóvenes, sin enterarnos de nada. Qué desastre.

Entre aquellos debates se ponían en duda los referentes de la memoria colectiva soviética, sus héroes y mitos. Me sorprendió, en especial, la campaña de descrédito a la que fue sometida por aquellos años Zoia Kosmodemianskaia, una joven de apenas 18 años que en los primeros meses de la guerra fue apresada, en plena misión de sabotaje tras las líneas enemigas, por los soldados alemanes, fieramente torturada y finalmente ahorcada en un improvisado patíbulo.

Zoia se convirtió muy pronto en uno de los referentes fundamentales del heroísmo del pueblo soviético en la lucha contra el fascismo y como tal se mantuvo durante largos años hasta que en la Perestroika fue «acusada» de padecer esquizofrenia. Resultaba que su acto de heroismo, como el de todo el pueblo soviético no había sido más que un acto de locura. Pero aquella campaña no pasó de ser un rabioso ataque de los medios de comunicación, ya en manos del enemigo, que nunca consiguió hacer mella en la conciencia colectiva soviética y rusa.

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A pesar de haber leído alguna de las obras de León Tolstoi en español, no llegué a entender su verdadera naturaleza hasta años después, ya en Rusia, cuando fui descubriendo su vínculo con el pueblo ruso, con el campesinado. La fuerza de la literatura de Tolstoi está precisamente en ese vínculo indestructible con el campesinado. No importa la cuna, o la procedencia social, para llegar a convertirse en expresión de las aspiraciones del pueblo. Los campesinos en Rusia entendieron ese vínculo del gran maestro Tolstoi con la causa popular y estuvieron siempre de su parte.

Eran los primeros años del cine y quizá por eso impresiona todavía más ver las imágenes de los últimos días del escritor y de su multitudinario entierro captadas por una linterna mágica. Su esposa, intentando entrar sin éxito en la casa del jefe de estación donde agonizaba el escritor. El propio Tolstoi le prohibió la entrada. Había roto todos los puentes con su clase y se marchaba a la muerte en compañía de los otros, de los campesinos, del pueblo llano.

La Iglesia rusa lo excomulgó y lo expulsó de su seno y Tolstoi no fue admitido en un cementerio ortodoxo. Su cuerpo está enterrado bajo unos árboles, a la orilla de un camino, en el centro de su Yasnaia Poliana. Allí, en su solitaria tumba, a través de las raíces de los árboles está en contacto directo con la tierra rusa, forma parte de ella, y de la mano de las cabalgadas y combates de sus héroes, como Jadzhi Murat, se extiende y se derrama en un todo telúrico por la inmensidad de Rusia. Y los campesinos, como expresión del pueblo, de lo popular, así lo entendieron.

Y también lo entendió Lenin. Tolstoi es el espejo de la revolución rusa, dijo el gran comunista. Y habló al mundo y dio un nuevo verbo, una nueva palabra para que las insurrecciones campesinas dejaran de serlo y se convirtieran en revoluciones transformadoras. El gran sabio Vernadski dijo que la actividad humana, por lo decisiva y contundente sobre todo el planeta, se había convertido en una actividad geológica. Esa fue la dimensión de la revolución de los campesinos, una revolución contundente, geológica, que puso en contacto la virulencia del choque de las placas tectónicas con la contundencia del conflicto social.

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La imagen de Zoia ha estado siempre acompañándome durante mi vida en Rusia. Hace años, en una de mis visitas a la casa de Serguei Kará-Murzá, cerca de la ciudad de Mozahisk, en un giro incorrecto en la carretera, me encontré de pronto con su museo en la aldea de Petrishevo. Siempre como un recordatorio. En otra ocasión, en un paseo por el cementerio de Novodievichi, en el centro de Moscú, me encontré con su tumba y el escorzo de su escultura. Y frente a ella, la tumba de su hermano Alexander, caído en combate y también Héroe de la Unión Soviética.

Una tarde, rebuscando entre las estanterías de una librería de viejo, me topé con un libro grande, delgado y de tapas rojas. Era la edición de lujo de “Zoia”, el largo poema épico de Margarita Aliger dedicado a la heroína, publicado en el año 1948. Pero la sorpresa me esperaba dentro del libro. Tras la portada, una página del periódico Pravda de 27 de enero del año 1942 con un artículo titulado «Tania» escrito por el corresponsal de guerra Piotr Lidov. La primera referencia escrita sobre la hazaña de Zoia que para ocultar su identidad se identificó ante los alemanes con el falso nombre de Tania.  Más adelante, una fotografía estremecedora de Zoia-Tania realizada por el también corresponsal de guerra Serguei Strunnikov y que fue publicada también en el periódico Pravda junto con el artículo anteriormente mencionado. De una belleza inusual que la muerte no había podido todavía arrancar de su rostro. Su cuerpo congelado sobre la nieve blanca, apuñalado, al que le faltaba uno de sus pechos rebanado por un cuchillo desdentado, un cuchillo fascista, la soga todavía en su cuello, apretando y tirando, forzando el escorzo luego recogido en su escultura.

Cuando los oficiales alemanes interrogaron a Zoia, le preguntaron, entre otras cosas: “¿Dónde se encuentra Stalin?” Una pregunta bastante absurda. ¿Cómo podía saber una joven de 18 años donde estaba Stalin? Un sin sentido. O no. Zoia les respondió… “Stalin está en su puesto”.

¿Y cuál era el puesto de Stalin? ¿Su despacho en el Kremlin? No. Ya en aquellos días Stalin trascendía su propia naturaleza y se había convertido en la expresión  por antonomasia de la revolución de los campesinos, en la revolución de todo el pueblo. Él, Stalin, ya era en sí mismo una dimensión geológica. “Camaradas, no me vengan con sus sueños y utopías campesinas y milenaristas”, decía con brusquedad. La revolución de los campesinos debía transformarse en la modernidad socialista.

Antes de ser ejecutada Zoia se dirigió a los soldados y oficiales alemanes: “No tengo miedo a la muerte… muero por el pueblo… no podréis matarnos a todos… Temblad porque vendrá Stalin y me vengará… acabará con todos vosotros”. Aquel Stalin al que se refería Zoia en las puertas de la muerte ya no era de carne y hueso. Era la fuerza vengadora del pueblo, su expresión geológica y al mismo tiempo cósmica. Y es cierto que llegó y vengó. Ordenó no hacer prisioneros entre los componentes de aquel regimiento de soldados alemanes. Al coronel que mandaba el regimiento, aun a pesar de no estar presente y no participar en la tortura y ejecución de Zoia, le acompañó toda la vida el pánico, el miedo a ser alcanzado por la venganza popular, telúrica. Miedo a que desde lo profundo de la tierra le alcanzara el brazo de la venganza.

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Moscú, año 1995, en pleno caos tras la desaparición de la URSS, el nueve de mayo se celebra el Día de la Victoria. Yeltsin está escondido y la convocatoria la hacen el Partido Comunista de Rusia y otras organizaciones patrióticas. Las calles de Moscú son un hervidero de gentes que tratan de confluir en la ruta de la manifestación convocada, desde la Estación de Bielorrusia hasta la Plaza Lubianka. Miles, cientos de miles de personas. Imposible e innecesario establecer una cantidad. Arrastrado por la multitud, entre miles de veteranos de la guerra me encuentro frente a un cordón de la milicia que trata de evitar el paso a la Plaza Roja. Frente a la plaza del Teatro Bolshoi, junto a la escultura de granito de Carlos Marx, una multitud de veteranos presiona el cordón de jóvenes milicianos. Sin violencia, empujan y empujan. Los chavales tampoco se atreven a golpear a los veteranos. Hasta que el cordón cede y la milicia se aparta y como en una gran avenida de agua, miles de personas se dirigen a la Plaza Roja y por detrás del mausoleo de Lenin van directos a la tumba de Stalin.

Sin prisa, miles y miles de personas pasan por delante de su tumba y van dejando claveles y más claveles. Se inclinan, hacen una reverencia. Muchos se santiguan. Una corresponsal de una televisión de los EEUU da las instrucciones a su cámara para que recoja todo con detalle. Los ojos de la joven periodista van aumentando poco a poco de tamaño hasta que parece que van a salirse de sus órbitas. No entiende nada. Quizá nunca lo entiendan. Quizá tampoco sea necesario.

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“Quiero escarbar la tierra con los dientes…” escribió nuestro gran Miguel Hernández, poeta cósmico de contundencia geológica. La tierra es por antonomasia el vínculo con lo popular. Por eso, ahora, tan urbanos todos, estamos huérfanos. Nos falta la madre tierra, la concreción física de la Patria. Hasta eso nos han robado. Dolores Ibarruri, nuestra Pasionaria, así lo entendió y eso le llevó a convertirse en la gran expresión del pueblo, la voz de la Patria y la nación española, la de verdad, la del pueblo trabajador. Esa tan diferente a la que pasean, cual fantochada imperial, nuestra oligarquía y sus secuaces instrumentales. Nuestra heroína y nuestra diosa en el Olimpo de los dioses populares llegó allí a través del vínculo telúrico con el pueblo. Vano empeño el del gran Manolo Vázquez Montalban cuando quiso desmitificarla y traerla de nuevo al mundo de los mortales. Para terrenales y mortales ya estamos los demás.

Nuestro querido y amado Julio que acaba de irse de este mundo, tan abundante en fariseos y traidores al pueblo, y también en «cabezas de chorlito», como dijo Pasionaria, urbanas y desnaturalizadas, fue desde el primer momento expresión y explosión de lo popular. Ahí estuvo siempre su grandeza. En algún momento de su rica y agitada biografía, quizá incluso antes de nacer, cuando se conjuntaron los astros y los átomos previos a su materialización en un cuerpo humano, se estableció en él esa indestructible conexión con el pueblo. Y ya nunca la abandonó.

Hay una fuente de la energía que nutre los conflictos sociales que se encuentra oculta tras lo aparente. Es un componente irracional que se encuentra en las profundidades de la conciencia del ser humano. Unos lo llaman el mal. Otros, el caos. Los grandes autores percibieron ese componente y algunos como Tolstoi, aterrorizados por su fuerza, trataron de elaborar una teoría de la no violencia para no enfrentarse al mal con el mal.

Pero la fuerza del pueblo se encuentra también en esa tensión espiritual, incluso en el mal, que es parte consustancial de su naturaleza y que se expresa en un continuo pulso. ¿Qué ocurre cuando el hombre, en permanente tensión entre el bien y el mal, se encuentra en un estado total de libertad, sin límites, sin el control que nos imponemos a través de la sociedad? El caos, en forma de rupturas y catástrofes. ¿Qué pasa cuando la libertad es utilizada por unos cuantos de miles para quitar el pan en la tierra a millones de personas?

Este es el gran problema de la humanidad. El equilibrio entre los límites de la libertad y la justicia social. A pesar de las grandes guerras que han asolado a la humanidad desde los primeros días en que el hombre comenzó a andar de forma erguida por las sabanas africanas, este conflicto, esta dicotomía, no ha sido resuelta. Y unos cuantos miles siguen arrebatando el pan de cada día a millones y millones.

En la resolución de este conflicto, el pueblo trabajador, aquel al que de una y otra forma le arrebatan de forma continua y casi eterna el pan, en la lucha permanente, ha ido forjando a sus héroes y dioses, ha ido forjando su propio Olimpo. Aquí es donde aparece nuestro Julio Anguita como la expresión de los intereses y del sentir popular, incluso cuando el pueblo anda ensimismado, sin noción del conflicto.

Julio entendió y expresó el gran conflicto todavía por resolver entre la libertad y la justicia social. En una época en que la sociedad y sus modelos se alejaron de los pensadores y de los líderes políticos, como la sombra se aleja de su dueño, él  consiguió apresar y retener la sombra del fetiche y nos habló alto y de forma permanente, continua, como la voz que surge una y otra vez de la tierra, desde las profundidades donde circulan las placas tectónicas.

Y se convirtió en uno de nuestros héroes. Porque a nosotros, al pueblo, los héroes y los dioses no nos han venido dados de arriba para solucionar nuestros conflictos terrenales y para perdonar nuestros terribles pecados. Nosotros, a los héroes y a nuestros dioses los creamos de tierra y sangre en la lucha continua. Julio Anguita es a la vez causa y consecuencia de la tierra, de la sangre, de los astros, de la razón y los sentimientos de millones de personas empeñadas en buscar una nueva realidad social, quizá en un salto cuantitativo, en una mutación que haga imposible ya para siempre la violencia, la guerra civil y la injusticia social.

Como dijo nuestro querido camarada Julio, quizá cuando más le dolía el corazón… “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”.

Moscú, mayo de 2020

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