Freud y yo

Freud y yo

©Fotografía de G.H.

 

Ya les conté que unos jóvenes psiquiatras de Palencia, muertos de aburrimiento por las guardias nocturnas, se entretuvieron escribiéndome una carta impregnada de tecnología en la que terminaban por preguntarme: «Pero, bueno, Sixto, ¿te acuestas con Encarna o no?». Ahora me llega otra freudanada. Resulta que mis relaciones con Encarna traducen pulsiones de copulación con la extrema izquierda, que yo reprimo, y aquí empieza el problema: ¿por qué las reprimo?
—Tal vez— aventura mi interlocutora —se reconoce usted «a priori» impotente, y, condicionado por un fuerte sentimiento estético, no quiere ponerse en ridículo. Recuerde el Falstaff de Shakespeare: «¿Por qué el deseo sobrevive a la potencia? ¿Qué humana condición está?».
—¿Y cómo se copula con la extrema izquierda?
—Muy interesante su pregunta, muy interesante.
—Si quiere me tumbo en el sofá.
—No le vendría mal un tratamiento terapéutico a base de psicoanálisis.
—Señora, sólo acepto una enfermedad psicológica: la depresión, y la acepto porque la conozco, porque la tengo. Y creo que hay terapias elementales para combatirla.
—¿Por ejemplo?
—Comprarse una corbata.
—Interesantísimo. La corbata es un símbolo fálico por excelencia.
—No. Yo no me compro una corbata. Pero tengo un amigo crítico literario que en cuanto se deprime se compra una corbata. Yo me guiso unos riñones al jerez o una merluza a las uvas. Otras veces me da por tomarme una botella de Barolo a las tres de la madrugada o dos copas de oporto de diez años. Le aseguro que se me pasan las depresiones. En definitiva, es siempre una cuestión de tacones postizos, y no es indispensable tumbarse en un sillón y rescatar de la mediocridad recuerdos que adquieren una importancia prefabricada.
—Muy bien. Su frustración al autorreconocerse insuficientemente de izquierdas…
—¿Qué quiere decir ser suficientemente de izquierdas? El día en que aceptamos que a partir de utilizar un vocabulario de más de cinco mil palabras estamos en condiciones de mentirnos mejor a nosotros mismos mintiendo a los demás, habremos dado un gran paso. La estética-ética legisla lo que es suficiente o insuficiente en el compromiso político. Comprendo que sea ético-estéticamente más estimulante ser un clochard maoísta que un miembro de la célula de farmacéuticos del PCF, sección territorial del Marais.
—No hay duda, usted también es de los que están por encima de las cinco mil palabras.
—Debo ir a por las nueve mil doscientas cuatro.
—Pero, dígame, en cuanto a Encarna se refiere…
—¿Qué?
—¿Se la tira o no se la tira?
Estos psiquiatras no saben pensar en otra cosa.

 

Fuente: Texto publicado en la revista Triunfo, el 5 de junio de 1976, bajo el seudónimo de Sixto Cámara.

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