El viejo topo, una revista hija del 68, cumple 400 números

una revista hija del 68, cumple 400 números

Este próximo mes de mayo la revista El viejo topo llega a su número 400. Al tratarse de una publicación de izquierdas, cuyo nacimiento data de 1976 y se edita en papel desde su primer número, bien merece consignación cuando tantas y magníficas cabeceras se vinieron abajo desde entonces. La de esta revista debe su nombre a Carlos Marx, cuando en un discurso pronunciado con ocasión del aniversario de People’s Paper (abril de 1856) dice: “En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los pobres profetas de la regresión reconocemos a nuestro buen amigo Robin Goodfellow [personaje de la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano], al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución”.

Según  cuenta su editor y director Miguel Riera, que antes de El Topo era químico de profesión e investigador del CSIC, el proyecto inicial fue una gran ingenuidad, “porque fuimos una generación muy ingenua que quería cambiar el mundo, pero no sé si teníamos mucha idea de cómo hacerlo. Yo le dije en un pasillo a mi amigo Josep Sarret que por qué no hacíamos una revista donde la izquierda pudiera discutir, porque en esos momentos había muchos grupos de extrema izquierda y mucho odio entre ellos. La idea era esa: un medio para debatir ampliamente y con un componente cultural. Y él, con la misma ingenuidad, me dijo que sí. Entonces pensamos que necesitábamos a alguien que cubriera el campo de la contracultura y recurrimos a Claudi Montañá, que estaba en la revista Vibraciones”.

La idea en principio era hacer una revista semanal en papel de periódico, para lo cual se tenía que pedir el correspondiente permiso al Ministerio de Información y Turismo. “Llevé el proyecto a principios de 1975, no nos lo daban, fui a hablar con el director general y nos comunicaron que no nos lo autorizaban porque estábamos intentando colarles una revista política como si fuera una revista cultural. Empezaron las discusiones, las modificaciones del proyecto y al final nos autorizaron, siempre y cuando la revista no costara menos de setenta y cinco pesetas. Con ese precio ya no podía ser en papel de periódico, así que la convertimos en una revista mensual. Como yo tenía la experiencia de Vibraciones, le pusimos colorines, y ese yo creo que fue el secreto del éxito de El viejo topo”.

A esa singularidad había que añadir otras dos características muy respetables y dignas de encomio: ”El Topo estaba totalmente abierto a todas las corrientes de izquierda, cuyo diálogo tratamos de fomentar cuando se tiraban los trastos entres sus respectivas publicaciones, y la cultura tuvo un papel fundamental, así como los asuntos asuntos relacionados con la vida cotidiana, desde la defensa de los derechos de los homosexuales (todavía con responsabilidad penal) al feminismo o la crisis de la militancia. El viejo topo fue en cierto modo una revista hija de 1968”.

Primer número del Viejo Topo.

El nombre fue cosa de Josep Sarret, que formó parte del  primer equipo directivo al frente de la publicación, entre 1976 y 1982 (con Claudí Montañá y Miguel Riera), a los que se les recuerda como fundadores en el staff: “A mí me pareció un nombre horrible. El tiempo le ha dado la razón a Sarret, aunque al principio resultó divertido: ibas a un quiosco pidiendo la revista y te preguntaban si trataba de perros, gatos u otros bichos”. Para  segunda etapa -con la misma cabecera, pues no se habían abonado los derechos de propiedad de la misma en los años en que dejó de publicarse- se juntaron Jordi Dauder, José Sanchís Sinisterra, Enrique Helguera, Santiago Palacios, Esther Mañé, la compañera de Miguel y él mismo.

Las razones que movieron a sus creadores en 1976 siguen siendo las mismas que ahora mantienen a la publicación en la calle, a juicio de Riera,  porque “pervive la diferencia entre los de arriba y los de bajo, la explotación. En realidad, la intención fundamental de aquel primer Topo fue la de ofrecer un ámbito de discusión y encuentro a todas las izquierdas, que en aquellos tiempos se tiraban con encono los trastos a la cabeza”. Llama la atención que el dinero inicial para la empresa lo pusieron la madre del propio Miguel Riera y su esposa, Elisa Nuria Cabot. “Los varones estábamos sin blanca”.

La interrupción en la publicación de la revista entre 1982 (año de la victoria electoral del PSOE) y 1993 se debió a que Miguel Barroso, uno de los tres que codirigían El viejo topo en 1980 “intentó un golpe de estado interno para apropiarse de la revista y ponerla al servicio de ese partido. El golpe fracasó, Barroso tuvo que irse con el rabo entre las piernas, pero Sarret y yo quedamos tan tocados por aquella indignidad que ambos decidimos dejarlo en manos de Pep Subirós. Además, yo tenía la sensación de que el objetivo estaba cumplido y que en cambio había mucho que hacer en el campo cultural, de modo que fundé la editorial Montesinos y la revista literaria Quimera, que dirigí durante 18 años”.

Quimera, como El topo, siguen en el mercado, impresas en papel. La continuidad de la segunda fue posible en 1993 porque el objetivo que se marcaron sus promotores en la primera etapa,  pasados once años,  estaba lejos de ser cumplido: “El terrorismo de Estado y la corrupción en el Partido Socialista lo demostraban. Si bien, la revista no alcanzó las extraordinarias tiradas que logró en los dos primeros años, cuando se llegaron a imprimir 35.000 ejemplares y en alguna ocasión hasta 50.000”. Claro que en aquellos años transicionales el país estaba más abierto a ideas y creencias de transformación. De ello da idea el gran encuentro organizado por la publicación en Barcelona en 1978: “Para cambiar la forma de producir, de vivir, de consumir. I Encuentro El viejo topo”, decía el cartel anunciador.  Los actos discurrieron entre los días 29 de septiembre y 1 de octubre en el Pueblo Español de Montjuic. El programa fue muy nutrido, con la presencia de políticos, escritores y periodistas que debatieron sobre los asuntos que más importaban entonces a la izquierda. Hubo además  proyección de políticas y actuaciones de cantantes:

“Fue un exitazo, recuerda Miguel Riera. Si no recuerdo mal, vendimos 25.000 entradas. Con el dinero de la recaudación del viernes fuimos el sábado por la mañana a pagar las letras protestadas en poder de las notarías. Lo digo para valorar mejor aquel enorme esfuerzo. Ocupamos todo el Pueblo Español de Barcelona con mesas de debate, música, etc. El ciclo de cine franquista lo proyectamos en la Fundación Miró. Para que veas cómo cambian los tiempos: el ayuntamiento de Barcelona nos cedió entonces el recinto completamente gratis”.