El universo heliocéntrico

universo heliocéntrico

Fue otro eclesiástico, el canónigo polaco Nicolás Copérnico, quien finalmente desalojó a la Tierra de su lugar en el centro del universo. Con su libro Sobre la revolución de las esferas celestes, publicado en 1543, justo antes de su muerte, Copérnico modificó completamente el rostro del universo e   inauguró una revolución intelectual cuyas consecuencias todavía estamos experimentando hoy mismo. Los principios aristotélicos, considerados evidentes durante dos mil años, fueron puestos en entredicho. En el universo copernicano, el centro estaba situado cerca del Sol. La Tierra fue relegada al mismo rango que los demás planetas. Perdió su inmovilidad y se dotó de movimiento para poder llevar a cabo su revolución anual en torno al Sol, como los demás planetas. Los planetas adquirieron el orden al que estamos hoy acostumbrados. A distancias crecientes del Sol venían por turno Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno, los seis planetas conocidos del sistema solar. La Luna era la única que seguía teniendo a la Tierra como su centro. La Luna acompañaba a la Tierra en su viaje anual en torno al Sol al tiempo que efectuaba su vuelta mensual en torno a la Tierra (fig. 7). Al estar la Tierra en movimiento, los movimientos retrógrados de los planetas, que se producían cada vez que la Tierra era adelantada o ella misma adelantaba a otro planeta, podían explicarse fácilmente sin tener que recurrir a los epiciclos imaginados por Ptolomeo. Sin embargo, ni el propio Copérnico podía hacer tabla rasa de todos los conceptos aristotélicos. No era nada fácil desactivar unas ideas que habían predominado durante dos mil años. En el universo copernicano, los planetas seguían estando en las esferas cristalinas impulsadas por los ángeles, y sus órbitas, alrededor del Sol, conservaban la circularidad perfecta tan apreciada por los griegos, y una uniformidad de movimiento igualmente perfecta, que, según Aristóteles, solamente era posible en las altas esferas. Pero, dado que las órbitas de los planetas no son exactamente circulares, y sus movimientos no exactamente uniformes, Copérnico tuvo que echar mano de todos modos a los epiciclos para explicar los movimientos de cada planeta. Cada uno de ellos se desplazaba sobre un pequeño círculo, el epiciclo, cuyo centro describía a su vez otro círculo sobre la esfera cristalina correspondiente, durante el curso de la rotación diaria de esta última en torno al Sol. Las esferas cristalinas no tenían exactamente su centro en el mismo Sol, sino en un punto muy cercano al mismo entre el Sol y la Tierra.

El universo heliocéntrico asestó un golpe muy duro a la psique humana. El hombre había perdido su posición central en el cosmos. Ya no era el centro de la atención de Dios. El universo ya no giraba a su alrededor ni había sido creado para su exclusivo disfrute y beneficio. Por otra parte, en el nuevo universo, la Tierra se había convertido en una alta esfera como los demás planetas. Y según Aristóteles, todo lo relacionado con las altas esferas tenía que ser perfecto, inmutable y eterno, en contradicción con los objetos terrestres observados, imperfectos, cambiantes y efímeros. ¿Significaba esto que los cielos eran imperfectos? La fe en la perfección de los cielos había sido seriamente sacudida.

Fig. 7. El universo heliocéntrico de Copérnico. Copérnico y su universo heliocéntrico tal como lo publicó en 1543, en su obra titulada Sobre la revolución de las esferas celestes (fig. inferior). Las esferas planetarias en rotación y la esfera inmóvil de las estrellas tienen su centro en el Sol (fotografía, Bibliothèque Nationale. París).

 

El universo infinito 

Y como golpe definitivo asestado a la conciencia humana, el universo había crecido considerablemente, reduciendo con ello el tamaño y la importancia de la Tierra respecto al resto del universo. Cierto que el universo copernicano seguía siendo finito y estando limitado por la esfera exterior de las estrellas, que era rígida y no giraba. Como había presentido Nicolás de Oresme, el movimiento aparente de las estrellas se debía a la rotación diaria de la Tierra sobre sí misma, y no a la rotación de los cielos en torno a la Tierra. En el universo aristotélico, la esfera exterior de las estrellas estaba apenas algo más lejos que la esfera de Saturno. Pero incluso a esta distancia relativamente modesta, se planteaba un problema, pues el perímetro de un gran círculo sobre la esfera exterior era ya tan grande que las estrellas tenían que girar a una velocidad inimaginable para recorrer toda esta distancia en una sola jornada. Copérnico resolvió el problema asignando movimiento a la Tierra e inmovilidad a las estrellas, pero con ello se vio obligado a hacer retroceder la esfera exterior de las estrellas a una distancia enorme de la Tierra. Redujo el sistema solar, que hasta entonces ocupaba el universo casi entero, a un pequeño rincón del mismo. Copérnico tuvo que situar muy lejos la esfera de las estrellas, pues  estas últimas permanecían obstinadamente fijas las unas respecto de las otras a pesar de la rotación anual en torno al Sol que había asignado a la Tierra.

Ahora bien, si una estrella está relativamente cerca y es observada en dos momentos diferentes de esta rotación, tiene que parecer que ha cambiado de lugar respecto a las estrellas más lejanas, como lo confirma la simple experiencia siguiente. Apúntese hacia arriba con un dedo extendiendo el brazo hacia delante y obsérvese el dedo primero con un ojo y luego con el otro, cerrándolos y abriéndolos rápidamente. El dedo parecerá moverse respecto a los objetos más alejados. Este fenómeno se debe a que nuestros ojos están a cierta distancia uno del otro, del mismo modo que la distancia entre dos posiciones sucesivas de la Tierra en el momento de las observaciones provoca un cambio de posición de una estrella próxima respecto a las más lejanas. El ángulo correspondiente al cambio de posición se llama paralaje, y este ángulo es tanto más pequeño cuanto mayor es la distancia a la estrella (véase también la figura 14). Dado que las estrellas tenían unas paralajes demasiado pequeñas como para poderlas calcular, Copérnico concluyó que tenían que estar muy  distantes.

De un solo golpe, Copérnico había desalojado al hombre de su posición central, había sembrado la duda en su espíritu en cuanto a la perfección de los cielos, y lo había vuelto más insignificante. No es, pues, nada sorprendente que al preconizar un universo heliocéntrico con estas consecuencias, Copérnico hubiese provocado un grave altercado con la Iglesia, que defendía el universo geocéntrico de Aristóteles y Tomás de Aquino. Esta aquiescencia por parte de la Iglesia podía explicarse de diferentes maneras. Para empezar, el propio Copérnico era un hombre de Iglesia. Además, él no había autorizado la publicación de su libro hasta muy tarde (tres años antes de su muerte; la leyenda sostiene que él vio el primer ejemplar impreso el mismo día de su muerte). Y, sobre todo, el prefacio del libro insistía en el hecho de que su autor no pensaba que el universo que allí se postulaba correspondiese al universo real, sino que era un simple modelo matemático que permitía predecir los movimientos de los objetos celestes y los eclipses de un modo mucho más cómodo que el modelo de Ptolomeo. Este prefacio, que no estaba firmado, lo redactó probablemente Andrew Osiander, que fue el encargado de la publicación del libro. En todo caso, la Iglesia se dio por satisfecha con la interpretación del universo copernicano como simple modelo matemático. Se preservaba de este modo el universo aristotélico de Tomás de Aquino y la Iglesia no tuvo que excomulgar a  Copérnico.

Las semillas plantadas por Copérnico empezaron a germinar en los años posteriores a su muerte. Dos hombres retomaron por su cuenta el universo ya muy vasto de Copérnico e hicieron estallar sus fronteras. En 1576, el astrónomo inglés Thomas Digges propuso suprimir la esfera exterior de las estrellas. El universo se volvía infinito, con las estrellas repartidas por la morada ilimitada de Dios. El monje dominico Giordano Bruno pobló este universo infinito con una infinidad de mundos habitados por una infinidad de formas de vida, todas las cuales celebraban la gloria de Dios. Esta última proposición fue la gota que colmó el vaso y en el 1600 Giordano Bruno fue acusado de herejía y condenado por la Iglesia a morir en la  hoguera.

 

Fuente: Epígrafes del capítulo primero del libro de Trinh Xuan Thuan  La melodía secreta… Y el hombre creó el universo.

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