Discurso en la cumbre Río+20

Autoridades presentes de todas la latitudes y organismos, muchas gracias; y muchas gracias al pueblo de Brasil y a su Sra. Presidenta, y muchas gracias a la buena fe que, seguramente, han manifestado todos los oradores que me precedieron.
Expresamos la íntima voluntad como gobernantes de acompañar todos los acuerdos que esta, nuestra pobre humanidad, pueda suscribir; sin embargo, permítasenos hacernos algunas preguntas en voz alta.
Toda la tarde se ha estado hablado del desarrollo sustentable, y de sacar a inmensas masas de la pobreza. ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo, es el actual de las sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes?
¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar? Más claro: ¿tiene el mundo hoy los elementos materiales como para hacer posible que 7 mil u 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales? ¿Será posible?, ¿o tendremos que darnos algún día, otro tipo de discusión?
Porque hemos creado esta civilización en la que estamos: hija del mercado, hija de la competencia y que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo; pero lo que fue “economía de mercado” ha creado “sociedades de mercado” y nos ha deparado esta globalización, que significa mirar por todo el planeta.
¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobier­na a nosotros? ¿Es posible hablar de solidaridad y de que “estamos todos juntos” en una economía que está basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?
Nada de esto lo digo para negar la importancia de este evento, no, es por el contrario: el desafío que tenemos por delante es de una magnitud de carácter colosal y la gran crisis no es ecológica, es política.
El hombre no gobierna hoy las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado lo gobiernan al hombre y la vida. Por­que no venimos al planeta para desarrollarnos en términos generales, venimos a la vida intentando ser felices; porque la vida es corta y se nos va; y ningún bien vale como la vida y esto es lo elemental.
Pero si la vida se me va a escapar, trabajando y trabajando para consumir un “plus” y la sociedad de consumo es el motor –porque, en definitiva, si se paraliza el consumo, se detiene la economía, y si se detiene la economía, aparece el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros– pero ese hiper consumo es el que está agrediendo al planeta. Y tienen que generar ese hiper consumo, cosas que duren poco, porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica no puede durar más de 1.000 horas encendida. Pero hay lamparitas eléctricas que pueden durar 100 mil horas, 200 mil horas, pero esas no se pueden hacer porque el problema es el mercado, porque tenemos que trabajar y tenemos que tener una civilización del “úselo y tírelo”, y estamos en un círculo vicioso.
Estos son problemas de carácter político que nos están indicando que es hora de empezar a luchar por otra cultura.
No se trata de plantearnos el volver a la época del hombre de las cavernas, ni de tener un “monumento al atraso”; pero no podemos seguir indefinidamente gobernados por el mercado, sino que tenemos que gobernar al mercado.
Por ello digo, en mi humilde manera de pensar, que el problema que tenemos es de carácter político. Los viejos pensadores –Epicúro, Séneca, los Aimaras– definían: “pobre no es el que tiene poco sino que verdaderamente pobre es el que necesita infinitamente mucho, y desea y desea y desea más y más”. Esta es una clave de carácter cultural.
Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que se hacen, y los voy acompañar, como gobernante. Sé que algunas cosas de las que estoy diciendo “rechinan” pero tenemos que darnos cuenta que la crisis del agua y de la agresión al medio ambiente no es una causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado, y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir.
¿Por qué? Pertenezco a un pequeño país muy bien dotado de recursos naturales para vivir. En mi país hay poco más de 3 millones de habitantes. Pero hay unos 13 millones de vacas de las mejores del mundo; y unos 8 o 10 millones de estupendas ovejas. Mi país es exportador de comida, de lácteos, de carne; es una penillanura y casi el 90% de su territorio es aprovechable.
Mis compañeros trabajadores, lucharon mucho por las 8 horas de trabajo y ahora están consiguiendo las 6 horas. Pero el que tiene 6 horas, se consigue dos trabajos; por lo tanto, trabaja más que antes. ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la motito que compró, el autito que compró y pague cuotas y cuotas y cuando quiere acordar, es un viejo reumático –como yo– y se le fue la vida. Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana?
Estas cosas son muy elementales: el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad, tiene que ser a favor de la felicidad humana; del amor arriba de la Tierra, de las relaciones humanas, del cuidado a los hijos, de tener amigos, de tener lo elemental.
Precisamente, porque eso es el tesoro más importante que tienes. Cuando luchamos por el medio ambiente, el primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad humana.
Gracias.

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