Contra el horror, los palestinos siguen alzándose

El caos que se desarrolla sobre el terreno en Palestina-Israel es real, brutal y aterrador. Aviones de combate, cohetes, policías y turbas perpetrando linchamientos han invadido los cielos y las calles en los últimos cuatro días. El ejército israelí y militantes de Hamas continúan intercambiando fuego sin sentido, matando decenas e hiriendo a innumerables más, principalmente en la sitiada Franja de Gaza. En todo Israel multitud de grupos armados, muchos de ellos matones judíos acompañados por la policía, están vagando por ciudades y barrios destruyendo automóviles, invadiendo casas y tiendas, y buscando derramamiento de sangre en lo que muchos están calificando correctamente como pogromos.

Este descenso a la violencia incontrolada del Estado y de las turbas está ahogando trágicamente uno de los momentos más increíbles de la historia palestina reciente. Durante semanas, las comunidades palestinas, con Jerusalén en su epicentro, han estado organizando manifestaciones masivas que se han extendido como un reguero de pólvora a ambos lados de la Línea Verde. Desencadenadas por los acontecimientos en la Puerta de Damasco y su barrio adyacente de Sheikh Jarrah, han surgido protestas desde el campamento de refugiados de Jabaliya en Gaza hasta la ciudad de Nazaret en Israel y el centro de Ramalá en Cisjordania. Y hasta ahora, muestran pocas señales de disminuir.

A pesar de que los acontecimientos actuales toman un giro horrible, estas movilizaciones en las últimas semanas no se pueden pasar por alto. Si bien las y los palestinos de todo tipo son profundamente conscientes de su identidad común, muchos han temido durante mucho tiempo que la fragmentación violenta de su pueblo por Israel, instigada por líderes nacionales que hicieron imponer esas divisiones, hubiera debilitado su unidad irreparablemente. El hecho de que las y los palestinos hayan salido a las calles al unísono es un recordatorio desafiante de que, a pesar del inconmensurable número de víctimas, la política colonial de Israel aún no ha tenido éxito en imponerse. Esta perseverancia es más que una simple fuente de consuelo para la gente palestina; la ha galvanizado para que aprovechara este momento a fin de forjar un cambio radical y decisivo.

Esta no es la primera vez que se producen manifestaciones de este tipo: Solo en la última década, el Plan Prawer de 2013 para desplazar a las y los ciudadanos beduinos en Naqab/Negev, la guerra de 2014 contra Gaza y la Gran Marcha del Retorno de 2018 generaron acciones conjuntas similares. Sin embargo, cualquier persona palestina que haya asistido a las protestas actuales o seguido las noticias desde el extranjero no puede evitar sentir que esta ola es diferente a las demás. Algo se siente diferente. Nadie está muy seguro de lo que es o cuánto tiempo durará, y después de la locura de anoche [del 12 al 13 de mayo], tal vez ya no importe. Pero es angustioso de observar y resulta electrizante su contemplación.

No solo un eslogan

La centralidad de Jerusalén en este renacimiento nacional es una pieza vital de la historia. Han pasado años desde que la histórica capital estuvo en la mente de tantas y tantos palestinos —y de hecho, en la mente de millones de personas en todo el mundo— como ha estado en las últimas semanas. La última vez que esto ocurrió fue en julio de 2017, cuando, tras un ataque de militantes palestinos contra la Policía Fronteriza cerca de la mezquita de Al-Aqsa, las autoridades israelíes instalaron detectores de metales alrededor del complejo y se negaron a permitir que las y los fieles musulmanes entraran sin controlarles.

Rechazando esta imposición por parte de la potencia ocupante, las y los palestinos lideraron el boicot masivo de los detectores y protestaron por cualquier intento de alterar el statu quo del Haram al-Sharif [Nuestro Santuario]. Su desobediencia civil obligó a los actores regionales a intervenir, y finalmente obligó a Israel a retirar las instalaciones. Aunque de alcance limitado, fue una victoria inspiradora que ofreció una visión del potencial de la organización palestina en la ciudad, que muchos temían habría sido diezmada por la represión israelí durante y después de la Segunda Intifada [2000 a 2004-2005].

Esta vez, la movilización en Jerusalén es mucho más significativa. A diferencia de 2017, los manifestantes palestinos no se contentaron simplemente con levantar las restricciones arbitrarias de la policía a las festividades de Ramadán en la Puerta de Damasco[01]. En lo que resultó ser un momento fatal, las autoridades israelíes y los grupos de colonos intensificaron su presión para expulsar a las familias palestinas de sus hogares en Sheikh Jarrah, cuyos desalojos iban a ser decididos por la Corte Suprema este mes, al mismo tiempo que la policía intensificaba su violencia represiva en la Ciudad Vieja. El destino de Sheikh Jarrah, junto con otras áreas amenazadas como Silwan [barrio de Jerusalén Este], ha quedado íntimamente ligado al corazón de la Jerusalén palestina, no como una consigna desgastada, sino como un movimiento que emprende acciones masas para defenderlas.

Al hacerlo, las y los palestinos abrieron un camino tremendo para contrarrestar los intentos de Israel de separar los barrios de Jerusalén entre sí y aislarlos de sus hermanos de fuera de la ciudad. Impulsados por el despertar de la capital, las y los palestinos de otras ciudades organizaron sus propias protestas en apoyo de Sheikh Jarrah y Al-Aqsa, sin dejarse intimidar por las amenazas y actos de represión israelíes. El sábado pasado [8 de mayo], miles de ciudadanas y ciudadanos palestinos de Israel desafiaron los obstáculos policiales y viajaron en autobús y a pie al lugar sagrado, mientras rezaban por Sheikh Jarrah. Hasta que los pogromos de esta semana impregnaron el país, todos los ojos estaban fijos en Jerusalén con una energía ferviente que no había sido sentida por la gente palestina en muchos años.

Una característica extraordinaria de las manifestaciones es que están siendo organizadas principalmente no por partidos o personalidades políticas, sino por una juventud activista palestina, comités de barrio y colectivos de base. En efecto, algunos de estos y estas activistas rechazan explícitamente la participación de las élites políticas en sus protestas, considerando sus ideas e instituciones, desde la Autoridad Palestina hasta la Lista Conjunta, como domesticadas y obsoletas. Se están afirmando en las calles y especialmente en las redes sociales, alentando a otros sectores juveniles que nunca habían participado en protestas políticas a participar por primera vez. En muchos sentidos, esta generación desafía a su liderazgo tradicional tanto como está luchando contra el Estado israelí.

Resiliencia en medio del caos

No es de extrañar que Hamas haya decidido entrar en escena disparando miles de cohetes contra el sur y centro de Israel en nombre de la defensa de Jerusalén. Para algunas personas palestinas, esta es una intervención militar justificada para reforzar el movimiento sobre el terreno; para otras, es un intento flagrante de secuestrar las protestas en beneficio de Hamas, como lo hizo con la Gran Marcha del Retorno de Gaza. Aún así, con el presidente Mahmoud Abbas posponiendo indefinidamente las elecciones palestinas de este verano, el liderazgo político de ambos lados de los territorios ocupados han demostrado que tiene poco que ofrecer, excepto viejas estrategias y un gobierno más autoritario.

La cooptación no es la única amenaza a la que se enfrenta el floreciente movimiento. En las llamadas «ciudades mixtas» como Lod, Jaffa y Haifa, pueblos históricamente palestinos que se convirtieron por la fuerza en localidades de mayoría judía por medio de la expulsión y el aburguesamiento, las turbas judías de derechas, muchas custodiadas y ayudadas por la policía, están linchando a las y los palestinos y aterrorizando sus barrios. Bandas judías armadas provenientes de colonias en Cisjordania, donde los ataques violentos contra las y los palestinos son moneda corriente, están convergiendo en estas ciudades para unirse a la refriega. Alguna gente palestina también está atacando a personas judías israelíes e incendiando sus vehículos y propiedades, incluidos ataques incendiarios contra sinagogas. Sin embargo, solo uno de estos grupos [los no “árabes-israelíes”] tiene pocas razones para temer a las autoridades y, en todo caso, incluso puede confiar en la policía para su protección.

Estos desgarradores acontecimientos probablemente empeorarán en los próximos días a medida que Israel y Hamas intensifiquen su guerra asimétrica, con la gente palestina de Gaza sometida a bloqueo pagando el precio más alto. El gobierno israelí está considerando ahora desplegar al ejército para ayudar a la policía a establecer el «orden» en el país, una medida que impondrá más tiranía a la ciudadanía palestina del Estado. Mientras tanto, mucha gente palestina que apoya las protestas tiene miedo a salir a las calles por el riesgo a ser herida, arrestada o cosas peores. Otras personas se han resignado a creer que, después de décadas de levantamientos, inacción internacional e impunidad israelí, hay pocas esperanzas de que este episodio produzca algún cambio significativo.

Y, sin embargo, incluso si la violencia parece escapar a todo control, no debe borrar las corrientes de orgullo, solidaridad y alegría que han dinamizado la ola de resistencia palestina de este mes. En una imagen simbólica el domingo 9 de mayo, un palestino en Lod subió a una farola para reemplazar una bandera israelí por una palestina, una escena desafiante casi 73 años después de que las fuerzas sionistas limpiaran étnicamente la ciudad durante la Nakba. Cuando la policía impidió la entrada de autobuses a Jerusalén para la noche santa de Laylat al-Qadr, las y los conductores que pasaban se ofrecieron para llevar a las y los palestinos que estaban dispuestos a caminar millas para llegar a Al-Aqsa. En el barrio de Haifa de Wadi Nisnas esta semana, las y los residentes palestinos se agruparon para rechazar a las turbas judías, sabiendo que era probable que la policía, más que intentar detenerlas, las ayudara.

En las redes sociales, un video viral mostró a grupos palestinos riendo y aplaudiendo mientras un coche de policía israelí pasaba sin darse cuenta de que una bandera palestina había sido enganchada a su puerta trasera. Otro video popular mostró a un niño palestino, expulsado de Al-Aqsa por una multitud de policías, lanzando hábilmente su zapato directamente a la cabeza de un oficial con casco. Otro mostró a un hombre palestino sonriendo cuando su hija, no consciente de que su padre estaba siendo arrestado por la policía en su propia casa, le preguntó impacientemente por su muñeca. Incluso en medio del caos, estos momentos de belleza y resiliencia no deben olvidarse.

Un motín nacional

No hay duda de que éste es un momento peligroso para toda la gente que vive en Palestina-Israel. La inestabilidad en las calles es aterradora, y los peligros que trae casi no tienen precedentes. Esta locura debería haber sido evitable, pero los poderes constituidos la hicieron casi inevitable. La comunidad internacional, incluidos los Estados árabes, han abandonado efectivamente la causa palestina; la derecha israelí ha consolidado su gobierno de apartheid entre el río y el mar; y las direcciones palestinas se han negado a dar voz a su pueblo sobre su futuro político.

Es precisamente este ambiente aislante y aplastante el que el naciente movimiento palestino está tratando de romper. Buena parte de la juventud activista que ha arriesgado sus cuerpos en las últimas semanas ha pasado su vida tratando de obtener sus libertades. Más segura y mejor equipada que sus generaciones anteriores, ha probado las redes sociales, la defensa pública, los programas de «convivencia», la práctica legal, incluso las amistades con compañeras y compañeros de trabajo judíos, solo para encontrar que permanece atrapada en las mismas cadenas que sus padres y abuelos antes que ella. Ante la privación de opciones, la desobediencia pública es ahora una de las pocas estrategias que las y los palestinos tienen para contener la implacable opresión de Israel, en particular en la lucha contra las expulsiones de Sheikh Jarrah y las de Jaffa y otras…

Este acto masivo de movilización no se puede clasificar simplemente bajo una falsa disyuntiva entre resistencia «violenta» o «no violenta». Es, para decirlo sin rodeos, un motín nacional. Aunque es una palabra profundamente estigmatizada, y una palabra usada más para demonizar y justificar la brutalidad contra quienes se manifiestan, los motines son una característica familiar de la resistencia popular contra la injusticia; las protestas de Black Lives tras el asesinato de George Floyd el año pasado fueron testigos de ejemplos prominentes de éstos. Y para muchas personas palestinas en la calle, cualquiera que sea la violencia que emane de estas protestas, por aborrecible y condenable que pueda ser, sigue siendo incomparable a la brutalidad diaria, directa y estructural ejercida por el Estado que les gobierna.

En efecto, junto con las guerras sísmicas de 1948 y 1967, el éxito del sionismo como proyecto colonial se deriva en gran parte de su enfoque rampante del despojo. Roba territorios pieza por pieza, desaloja a las familias casa por casa y silencia la oposición de persona a persona. El silencio es clave para socavar la resistencia colectiva, al tiempo que da a la gente crítica la ilusión de que tiene tiempo para cambiar el rumbo. Y como mostraron los acontecimientos en Jerusalén este mes, cuanto más descaradamente siga Israel sus políticas, más intensa será la resistencia.

Las y los palestinos que han salido a las calles en las últimas semanas lo saben muy bien, y es por eso por lo que no están interesados en dejar que Israel vuelva a la normalidad. Normalidad significa permitir que el colonialismo poblamiento y el apartheid continúen funcionando sin problemas, sin ser molestados por una vigilancia local o internacional. Esa condición violenta e inhumana forma la experiencia común de millones de personas palestinas, ya vivan bajo bloqueo, gobierno militar, discriminación racista o exilio. Todas y todos entienden que se enfrentan a una sola fuerza que está tratando de suprimirles, pacificarles y borrarles, simplemente por su identidad “original”.

Incluso al borde de una aterradora fase de guerra, mucha gente palestina no puede darse el lujo de esperar a la próxima crisis para librarse de esa fuerza opresiva. Hay un motín en curso ahora, e incluso si no libera a la gente palestina de sus cadenas, al menos, puede aflojar el control de Israel sobre su conciencia.

 

Publicado originalmente en la web de la revista israelí +972. Traducido del francés por Faustino Eguberri para Viento Sur.

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