Los peligros de la paz

Los peligros de la paz
Artículo publicado en Diario 16, noviembre de 1990 (durante la guerra del Golfo)

Nadie osaría hoy manifestar duda alguna acerca de la guerra: nadie en nombre de nada puede defender su causa. Y, en consecuencia, nadie, tampoco, puede dejar de depositar su voto en esa urna invisible que recoge las humanas voluntades, su voto por la paz. Pero resulta un tanto incierto saber si ese voto por la paz en muchos casos va acompañado de la conciencia, o del presentimiento al menos, de los problemas más hondos y serios que el “estado de paz” comporta.

Pues que se trata no solamente de que no haya guerra, esa que sería ciertamente la última de toda una historia, sino que se trata de establecer la vida en vista de la paz. Y la paz es ante todo la ausencia de la guerra, pero es algo más, mucho más, la paz es un modo de vivir, un modo de habitar en el planeta, un modo de ser hombre; la condición preliminar para la relación del hombre en su plenitud, ya que la criatura humana es una promesa.

Entrar en el “estado de paz” significa traspasar un umbral: el umbral entre la historia, toda la historia habitada hasta ahora y una nueva historia. Se trata pues de una verdadera “revolución”, el doble cumplimiento de ese sueño de revolución pacífica que tantos grandes espíritus han soñado; el doble cumplimiento porque además de ser pacífica la revolución, su contenido sería justamente la paz.

Retroceder ante este umbral no es posible. “Ser o no ser”, vivir en la paz o dejar de vivir es la cuestión. Pues que la necesidad obliga en este caso a la moral. Y, para bochorno nuestro, la paz viene impuesta, ante todo, no por las consideraciones de la conciencia moral ni por la repugnancia del corazón hacia los horrores y la existencia misma de la guerra, sino por la certeza de que la guerra traería, y en bien poco lapso de tiempo, la destrucción del mundo que llamamos civilizado, del mundo nuestro.

Más esta situación no es todavía del estado de paz, mientras sea el temor lo que determine la ausencia de guerra. Es un estado de no guerra simplemente. Un estado ambiguo y peligroso. Pues que la historia ha demostrado que los temores más fundados han sido abolidos en un minuto de locura. El que algo no se realice por temor, si sólo es por temer, no quiere decir que no se realice, aunque sólo fuera porque el hombre tiende a librarse del temor y olvida. La criatura humana puede anidar en las situaciones más absurdas y peligrosas, cosa que ha hecho posible tanto sublime heroísmo y también tanto terror y tanta bajeza, hasta que un día la catástrofe se presenta implacablemente.

Y, de otra parte, una situación sostenida solamente por el temor carece de sustancia moral, de esa sustancia moral que al hombre no está permitido el renunciar, pues que tanto ha intentado e intenta hacerlo, mas sin conseguirlo.

Y así, estado de paz verdadera no habrá hasta que surja una moral vigente y efectiva a la paz encaminada, hasta que aquellas energías absorbidas por la guerra se encaucen, hasta que el heroísmo encuentre vías nuevas, el heroísmo de los que cifran en la guerra el cumplimiento de su vida, hasta que la violencia no sea cancelada de las costumbres, hasta que la paz no sea una vocación, una pasión, una fe que inspire e ilumine. Y, ciertamente, que fundamentos religiosos y morales para todo ello no le faltan a nuestra cultura en Occidente.

Fuente: Café Afrodita.net

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