Sombras del pasado y ruinas de nuestra época. Entrevista a Higinio Polo.

Miguel Riera

Lugares adonde no quiero regresar
Cada mes esta revista publica un artículo de Higinio Polo. Así ha sido durante mucho tiempo, y confiamos en que seguirá siendo así mucho tiempo más. Polo acaba de publicar un libro, Lugares adonde no quiero regresar, producto de su experiencia como impenitente viajero.

 

—Ni siquiera me acuerdo de cuándo empezaste a publicar artículos en El Viejo Topo. Haz memoria…

—Lo recuerdo con precisión. Fue en el verano de 1997. El diario El País, donde yo colaboraba ocasionalmente, me rechazó un artículo titulado “Vindicación de la república”, sin más explicaciones, aunque un responsable de la redacción, Fancelli, me confesó semanas después que les había llegado una orden taxativa desde Madrid: “A los comunistas, ni agua”. Aquella anécdota intrascendente se dio en el contexto de la llamada “guerra del fútbol” que llevó a Izquierda Unida, dirigida por Julio Anguita, a oponerse a las pretensiones que tenía PRISA, la empresa editora del diario, sobre derechos de televisión, y que motivó una dura refriega en el Parlamento y dio lugar a una feroz campaña de El País contra Anguita, Izquierda Unida, el Partido Comunista de España y todo lo que tuviese que ver con los comunistas. El País funcionaba en esos años como altavoz del PSOE, y contribuyó decisivamente a aquella infamia de la pinza: una calumnia según la cual Izquierda Unida realizaba una suerte de alianza con el PP para combatir al PSOE. El diario que, entonces, todavía conservaba algún prestigio, lo fue perdiendo con rapidez: en nuestros días ha terminado por convertirse en un portavoz de las mentiras más grotescas de la derecha, de la OTAN y de las guerras norteamericanas, además de alentador de la rusofobia. En fin, supongo que los lectores recuerdan la campaña contra Anguita e Izquierda Unida, y cómo nos afectó, en todos los sentidos, y aunque hoy es agua pasada, ya se sabe lo que dijo el filósofo Nino Bravo: “Lo que nos es querido, siempre queda atrás”.

Así que, comentando el asunto con Ferran Gallego, me sugirió que enviase el artículo a El viejo topo, que, entonces, contaba con una sección llamada Injerencias, y así lo hice, con la sorpresa de que fue publicado de inmediato, y me telefonearon desde la redacción. ¡En 1997, por el dios de los sóviets! Pero, vaya, veinte años no es nada, qué febril la mirada.

—A los comunistas, ni agua… Eso fue hace 21 años. ¿Sigues considerándote comunista?

—Por supuesto. Es más, soy miembro del PSUC, y, por extensión, del PCE, y el partido me honra dejándome escribir en su periódico, Mundo obrero, hasta el punto de que ha decidido ofrecerme una sección fija, a la que denominaré “Caldo de pollo” o “Llamada de servicio”, no sé, ya veremos. Recuerdo que el añorado Francisco Fernández Buey decía, poco antes de morir (nos dejó en 2012): “¿Ser comunista? ¿Qué otra cosa más digna podemos ser?” Unos años antes escribió un artículo que tituló: “Ser comunista, ahora”, donde recogía la hermosa idea del comunismo, sin obviar los graves errores cometidos y las trampas que el poder impone, también a los comunistas; y cuando lo escribió tampoco eran tiempos fáciles.  Me gusta recordar también a la excepcional y memorable Lise London que, en sus imprescindibles memorias, Roja primavera, escribió: “En La Confesión, Gérard [Artur London] había descrito las facetas más sombrías de la historia del comunismo en el siglo XX. Pero también habíamos pensado contar las otras, luminosas, que habían deslumbrado y arrastrado a nuestra generación.”

Lugares adonde no quiero regresar—¿Piensas que el comunismo puede aún jugar un papel en esta sociedad?   

—El comunismo sigue siendo imprescindible. Es más, mantengo, contra todas las supuestas evidencias posmodernas, y frente a esas organizaciones que han surgido por doquier (del M5 Stelle a Syriza, por poner ejemplos fuera de España) y que, en el mejor de los casos,  tienen vagas posiciones progresistas sin que impugnen el capitalismo, que una de las urgencias de nuestros días es el reforzamiento de los partidos comunistas, para hacer frente a la despiadada ofensiva neoliberal y para levantar un bloque progresista que luche por el socialismo. Comunismo, claro que sí, con la mirada despierta, sin sectarismos, colaborando con otras fuerzas de izquierda.

Muchas cosas han cambiado en el siglo transcurrido desde el triunfo de la revolución bolchevique, y no de todo podemos enorgullecernos, pero soy de los que creen que, además de críticos, debemos ser rigurosos, firmes, dignos, para formar parte de esa larga marcha del movimiento obrerista que se reconoce en la Comuna, en la revolución bolchevique, en la sencillez de Ho Chi Minh, en la valentía de Guevara, en la sabiduría de los campesinos chinos que impulsaron la revolución de 1949, pero, al mismo tiempo, debemos estar atentos a los cambios de la vida, aprendiendo de los errores, con la constancia que han demostrado los cubanos a lo largo de seis décadas, pero sin caer en la nostalgia ni la grandilocuencia: en La Habana (donde el concepto de patria tiene tanta importancia, aunque a mí me rechina, sin que olvide que en Cuba y América Latina tiene otra significación por su contenido antiimperialista) me contaron que durante una visita de Castro a una escuela, ante el tradicional grito revolucionario cubano de “Patria o muerte”, una maestra le dijo al comandante: “Oye, compañero, ¿y no puede ser, patria o heridas leves?” Pues, eso.

—Heridas no tan leves describes en tu último libro, “Lugares adonde no quiero regresar”. ¿Qué clase de lugares son esos? ¿Por qué no volver?

—Estados Unidos ha convertido Oriente Medio en un gigantesco matadero. Su ambición de dominio global, tras la desaparición de la URSS, le llevó a la invasión de Afganistán, en 2001; a la guerra en Iraq, en 2003; a impulsar la guerra en Siria, en 2011;  a apoyar la agresión de Arabia en Yemen; al derrocamiento e invasión en Libia, a los bombardeos regulares en Pakistán. Fuentes humanitarias calculan que, solo en Iraq, la guerra ha causado ya un millón de muertos; y en Siria, quinientos mil, y millones de refugiados. Además del enorme sufrimiento de la población, las guerras norteamericanas han destruido ciudades enteras: Mosul, Faluya, Raqqa y tantas otras; Washington ha bombardeado a la población civil con fósforo blanco, ha destrozado a generaciones, ha hecho posible que decenas de miles de mujeres fueran violadas, y decenas de miles de niños vieran su infancia devastada. Quien, antes de las guerras, haya respirado los días de Bagdad, Damasco o Alepo, y se haya asomado a la historia de la humanidad en las ruinas de Babilonia o de Palmira, no puede sino estremecerse hoy ante la miseria de Bagdad o de Basora, donde ni siquiera hay agua potable en muchos barrios; ante la visión del horror, la destrucción y la muerte que cada día vemos en las pantallas de televisión: por eso, surge la tentación, tan humana, de apartar la vista, de evitar ese espanto, de no querer regresar a esos lugares, aunque sé bien que nuestro deber es acompañar a las víctimas, protestar contra la guerra, denunciar el imperialismo norteamericano, luchar por la paz. Porque ese deseo de no regresar es solo una debilidad, porque hay que volver: para escuchar el dolor, para apoyar la reconstrucción y acompañar la vida.

—A menudo colaboras con medios extranjeros en calidad de analista político. Como tal, y poniendo el foco en ese Oriente medio tan castigado, ¿hacia dónde crees que camina el mundo?

—El proyecto neoconservador norteamericano, que nació con Bush, ha fracasado, aunque haya incendiado todo Oriente Medio. Desde la invasión de Afganistán, en 2001, se han producido dos procesos paralelos: el rápido fortalecimiento de China, y el inicio de la reconstrucción de Rusia, tras el desastre de la etapa de Yeltsin. La ambición estadounidense de un mundo unipolar (expresión del viejo imperialismo) está dejando paso a una realidad de tres superpotencias mundiales: China, Estados Unidos y Rusia, ésta última con problemas por su menor relevancia económica que las otras dos. Junto a ellas, un grupo de potencias regionales: India, Japón, la Unión Europea, tal vez Brasil. Esa es una simple descripción geopolítica, que no debe hacer olvidar los grandes problemas del mundo: la quiebra ecológica, la desigualdad, el hambre, el desarme atómico y la paz, y la marginación de media humanidad: las mujeres. Al mismo tiempo, en ese escenario de quiebra ecológica cobra más urgencia la necesidad de poner fin a un sistema, el capitalismo, que ha llevado al planeta a una situación límite, de difícil retorno, y, también la urgencia de un proyecto socialista para toda la humanidad, donde China debe tener mucho que decir.

Washington no se resigna a ceder su primacía ante Pekín, aunque poco puede hacer para evitar el fortalecimiento económico progresivo de China, quien, por su parte, asegura que no pretende desempeñar la función que hasta ahora ha impuesto Estados Unidos: Pekín defiende un mundo multipolar, como Moscú, y ambos apuestan por la paz y la estabilidad internacional. Sin embargo, las potencias dominantes como Estados Unidos, acostumbradas a imponer su imperialismo, no se resignan a su decadencia y actúan con agresividad y violencia, y esa circunstancia puede hacer estallar la guerra, una hipótesis inquietante a la vista de la política exterior norteamericana de los últimos años: el “giro a Asia” que anunciaron Obama y Hillary Clinton y que continúa Trump, y que es, sencillamente, una política de “contención de China”; la presión sobre Pekín en el Mar de China meridional y en la península de Corea; el golpe de Estado en Ucrania de 2014, y la expansión militar de la OTAN y de Estados Unidos hasta las fronteras rusas, y los patrullajes agresivos en el Mar Negro, y, por supuesto, el gran incendio de Oriente Medio, con la amenaza de que se extienda a Irán, a causa del deseo explícito de Trump de romper el acuerdo nuclear 5+1 con Teherán, son rasgos del momento que no invitan precisamente al optimismo.

Lugares adonde no quiero regresar—Regreso al libro. De todos esos lugares a los que no quieres regresar, ¿cuál es el que te produce mayor dolor?

—Es difícil contestar. También, elegir un solo lugar. Me conmovieron profundamente los niños enfermos en los pobres hospitales de Basora, en el sur de Iraq, destruidos por la ferocidad norteamericana; a consecuencia de los bombardeos con uranio enriquecido, muchos niños habían nacido con malformaciones espantosas: casi no podía mirar, y tuve que salir a la calle.

Igualmente, aunque hayan pasado tantas décadas, estremece contemplar, en Hiroshima, la sombra de las personas que fueron, literalmente, desintegradas por el calor espantoso de la bomba atómica: en el museo de la paz, se conserva la piedra del umbral de una puerta con la sombra de la persona que murió allí. O ver hoy el río Sumida, en Tokio: el bombardeo de Estados Unidos (el 10 de marzo de 1945, el más mortífero de la historia, que mató a cien mil personas en una sola noche) convirtió la ciudad en una gran hoguera; quienes huían del fuego se arrojaban a las aguas del río, sin saber que hervían: casi todos murieron. Fui allí con el doctor Hideo Fujita, que entonces era un niño de trece años y pudo salvarse; cuando me hablaba de su escuela destruida, o del olor de las hogueras donde quemaban los cadáveres tras el bombardeo, cuando recordaba las personas carbonizadas, o la mujer muerta que había metido su cabeza en una tina con agua, tenía que detenerse, y se refugiaba en un tembloroso silencio.

Por no hablar del horror que los norteamericanos desataron en Laos o Vietnam. Recuerdo la mujer que atravesaba el puente de Long Biên, en Hanoi: tenía el rostro quemado por el napalm que lanzaban los aviones estadounidenses y que le alcanzó siendo una niña.

Sin embargo, para aliviar al lector, tengo que añadir que el libro no es sólo eso, aunque sea muy importante: otros capítulos abordan algunos aspectos de la larga y conmovedora lucha de quienes, en la India o en Palestina, en el Líbano o en Indonesia, perseveran en el empeño de acariciar la justicia y la libertad.

—Por lo dicho hasta ahora, un lector despistado puede llegar a pensar que el libro es un panfleto militante, un libro de combate. En cierto modo todo libro lo es, y éste desde luego también, pero en este caso, déjame que lo diga, estamos ante un conjunto de textos breves, hermosos, de notable calidad literaria, que también narran lugares a los que quizás sí podrías regresar. Pienso en Petra, Hong Kong o Pekín, por citar solo algunos.

—Sin duda. Norman Lewis, que era agente del Servicio de Inteligencia británico durante los días de la Segunda Guerra Mundial, llegó destinado a Nápoles, en 1944, con el ejército estadounidense; la situación era tan difícil, tan dura, que, además de una prostitución que esclavizaba a la tercera parte de las mujeres, además del hambre, de la miseria, de las extorsiones de la mafia y de la más increíble picaresca para sobrevivir, comprobó que las familias napolitanas que podían hacerlo se dedicaban a vender negros norteamericanos, por supuesto sin que éstos lo supiesen. Era una Italia atroz. Y, pese a esas durísimas circunstancias, con la guerra en curso, Lewis, cuando llegó a Paestum, se emocionó frente a los templos griegos, iluminados por el sol del atardecer; años después, describió ese momento: “Fue como una revelación, una de las grandes experiencias de la vida.”

Con frecuencia, la emoción ante lugares únicos va de la mano de la inquietud y el desasosiego  por hechos de los que no puede desprenderse el espectador. La maravillada impresión ante Petra, cultivada incluso por los aventureros de Hollywood, está justificada, claro, pero no puede desligarse del recuerdo de la dura vida de los palestinos en Jordania, eternos perseguidos que a menudo tienen que huir incluso de los campos de refugiados, como ocurrió en el Líbano de Shabra y Chatila, o, recientemente en el Yarmuk sirio ocupado por Daesh. El paisaje humano de la bahía de Hong-Kong, con los rascacielos de la modernidad china, es una de las visiones más hermosas de la tierra, pero no puede hacer olvidar que bajo la dominación colonial británica los chinos eran tratados como perros, tenían prohibido pasear o entrar en muchos sitios, mientras  los ingleses, indiferentes, tomaban el té en los lujosos salones del Península. Pese a esas circunstancias, desde luego, cualquiera que haya visto la gran muralla china, el Registán de Samarcanda, la ciudad púrpura prohibida pekinesa o los minaretes tras las fortificaciones de Jiva, por citar algunos lugares, no puede quedar indiferente, y acaricia la idea del retorno.

—Desprendes pasión por el viaje. Me pregunto qué significa para ti.

—Me gustaría saberlo, sí. Goethe sentenció: “No se viaja para llegar, sino por viajar”, aunque él mismo, contradictorio, estaba tan obsesionado por llegar a su destino, Roma, que recorría a uña de caballo Italia, hasta el punto de que ¡sólo se detuvo tres horas en Florencia! Hijo de su tiempo, como todos los seres humanos, publicó después su Viaje a Italia, lugar donde, según él, buscaba la belleza en la “nueva Jerusalén de los hombres ilustrados”. Sin embargo, a diferencia de la satisfactoria certeza de los ilustrados, yo no estoy muy seguro de la empresa. Tal vez sea esa ambición, imposible de satisfacer, de conocer el mundo, de ver la diversidad de nuestros semejantes, y, al mismo tiempo, la semejanza, porque todos somos iguales y distintos, más allá de culturas y tiempos históricos; y, también, de ver las sombras del pasado y las ruinas de nuestra propia época, donde, a cada paso, se encuentran los estragos que causa el capitalismo en el planeta. La belleza imposible de la bahía de Ha-Long, en Vietnam, tiene entre sus miles de islas el recuerdo de la muerte, por las minas que dispersaban los norteamericanos durante la guerra: muchos niños vietnamitas que se bañaban en sus aguas, morían reventados.

En ocasiones, el impulso de salir de tu casa es inexplicable: Chéjov, que se lanzó a recorrer miles de kilómetros en Siberia para llegar a la isla de Sajalín, donde el zarismo encerraba a los presos condenados, dijo que era un “viaje al infierno”, y, pese a ello, tuberculoso como estaba, dejó la tranquilidad de Moscú y se embarcó en vapores, subió a coches de postas y carruajes que se arrastraban por Siberia, cuando aún no existía el tren transiberiano, atravesó ríos helados y bosques infinitos, ¡en un viaje que duró casi tres meses hasta llegar a su destino!

Para disfrutar, el imprescindible Sidney Perelman, insistente viajero y uno de los escritores más ingeniosos y divertidos de la literatura norteamericana, se aventuró con su familia a recorrer Asia, y nos cuenta que el barco President Cleveland los dejó en una costa paradisíaca y extraña… para convertirlos en blancos de la malaria, de la disentería, las úlceras tropicales, de la psilosis y las llagas de Delhi, de la diarrea de Singapur. Después de todo, cuando antes de partir Perelman explicaba a sus amistades neoyorquinas su proyecto de viaje, le parecía oír ya los cotilleos que sostenían que su verdadero destino era “la colonia de leprosos de Molokai”.

—A veces, viajar es también una forma de huir. Siendo un impenitente viajero, cabe preguntarse si alguna vez emprendiste el viaje huyendo de algo.

—No, aunque con frecuencia no faltan motivos para hacerlo. Solo hay que pensar en esta monarquía impuesta, inútil, ridícula y costosa; en esa iglesia católica que sigue reclamando privilegios y subvenciones y se atreve incluso a decir, con desfachatez, lo que deben hacer las mujeres; en este gobierno que nos aplasta, que se ha aplicado durante años a hacer una merma de todo tipo de derechos de los trabajadores, y de los ciudadanos en general, imponiendo las recetas de unos empresarios que tienen alma esclavista si atendemos a los salarios de miseria que fuerzan, mientras ponen la mano para recibir subvenciones del Estado. Un gobierno capaz de infamias como la de El Tarajal, donde la policía disparó contra los inmigrantes que se encontraban en el mar, y donde murieron ahogadas al menos quince personas, crimen que sigue impune. Un gobierno, en fin, capaz también de colaborar con el imperialismo norteamericano, con la máquina de guerra del Pentágono, accediendo a que se atacase a Siria desde las bases norteamericanas en España. El gobierno de Rajoy es una vergüenza para España.

Por no hablar del disparate nacionalista que tenemos en Cataluña, donde se ha levantado un movimiento profundamente conservador, anclado en las tradiciones de la iglesia católica, una corriente identitaria, con evidentes rasgos xenófobos, un movimiento que saquea y manipula a su antojo la historia, y del que no se conoce ninguna propuesta que favorezca a los trabajadores, aunque sus propagandistas nos vendan el cuento para infantes de la “democracia” ante una “ocupación militar que dura ya trescientos años”, nos coloquen la fábula del “España nos roba”, y se muevan entre la convicción de superioridad, el desprecio y la condescendencia, mientras agitan la “revuelta de las sonrisas” y cursiladas semejantes, que, encima, han cautivado a una parte de la izquierda (por fortuna, minoritaria), que, por lo visto, cree que levantar nuevas fronteras, impulsar la fragmentación del país e ir de la mano de un partido de corruptos como el de Puigdemont y Mas es progresista. En fin, ya se sabe que el nacionalismo es veneno.

Lugares adonde no quiero regresar— ¿Qué antídoto propones?

—Ojalá lo tuviera, porque en muchos países europeos el nacionalismo levanta otra vez la cabeza, y eso siempre es inquietante, como manifestaron en su tiempo Remarque, Barbuse o Rolland. Stefan Zweig fue tajante, y preciso, cuando denunció “la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. En España, estamos atrapados entre un gobierno de derechas, conservador, dirigido por un presidente mendaz, que se niega a asumir su responsabilidad y envenena las disputas políticas, la moderación extrema del PSOE, que no se desprende del corsé liberal que le impuso González, y esa tensión nacionalista (sobre todo, en Cataluña) que tan útil les resulta al Partido Popular, a Ciudadanos y al independentismo, para desviar la atención de las consecuencias de la crisis capitalista, y que impide afrontar los problemas reales de los trabajadores y los ciudadanos.

En Cataluña, en las últimas elecciones, la izquierda dejó abandonados a los trabajadores, y los barrios obreros acabaron votando a Ciudadanos: no porque se hubieran hecho conservadores y de derecha, sino porque identificaron a ese partido de oportunistas como la opción más eficaz para oponerse al independentismo. La opción de los “comunes”, cuyos entusiastas auguraban unos resultados que, a la hora de la verdad, quedaron muy por debajo de la coalición ICV-EUiA, ni siquiera supo definir con claridad una propuesta de izquierda para combatir al nacionalismo. Defender la realización de un referéndum (opción que, por otra parte, no soluciona nada, a pesar de lo que dicen sus defensores), situándose en un terreno de nadie, era apostar por el fracaso, aunque ninguno de sus dirigentes supo verlo; en vez de articular un nítido discurso de izquierda, solidario, republicano, contrario al nacionalismo y al independentismo. Soy muy crítico con los “comunes”: casi siempre acaban cediendo a los reclamos del independentismo, y aceptar situarse en el terreno ideológico del nacionalismo no lleva a ninguna parte. No me parece mal la colaboración con otras formaciones de la izquierda, por supuesto, pero la historia está llena de esas agrupaciones confusas, vagamente progresistas, que viven unos años, para acabar olvidadas.

—Y, en este contexto, ¿qué debería hacer la izquierda?

—Es obvio que el proyecto de la izquierda no puede ser ni el nacionalismo ni esa España conservadora que ofrecen el Partido Popular y Ciudadanos, que surgen del viejo conservadurismo que nos llega desde Donoso Cortés y Cánovas, y que atraviesa la restauración, las dos dictaduras, y acaba estructurando el Partido Popular, un hijo bastardo del franquismo que ha adoptado las hechuras de la derecha europea configurando un nacionalismo español que demoniza a quienes no se identifican con él, y que, al mismo tiempo, estimula el nacionalismo periférico: se alimentan mutuamente, y ese es un matrimonio de conveniencia muy ventajoso para ambos, pero que deja a la izquierda fuera de combate. El plan de la izquierda no puede ser tampoco el proyecto del nacionalismo conservador que se forma desde Torras i Bages, Prat de la Riba y Cambó, y acaba en Pujol, Mas y Puigdemont para configurar un movimiento independentista que bebe en el más rancio conservadurismo, por mucho que algunos despistados vean en ese nacionalismo rasgos progresistas, y que, haciendo de la necesidad, virtud, ha levantado una bandera republicana… que jamás había defendido; como es obvio que la secesión no se puede inventar una monarquía, debe ser obligatoriamente una república, porque les interesa la independencia, no la república: ese es un matiz obligado por las circunstancias. Una república que, por otra parte, nada tiene que ver con la tradición igualitaria y democrática de la II República española. Además, tanto el proyecto del Partido Popular, como el del nacionalismo catalán son profundamente corruptos: ven el espacio público como el lugar para impulsar sus negocios; el presupuesto del Estado o de la Generalitat  como un lugar propicio para el saqueo; y el gobierno, como instrumento para favorecer a los suyos, facilitar empleos e impulsar el clientelismo que les asegura poder político.

El proyecto de la izquierda catalana debe inspirarse en la España republicana, ilustrada, igualitaria, democrática, en aquella república de abril que aplastó el fascismo, con la obligada renovación que exige la vida y las necesidades del siglo XXI. La izquierda nunca ha sido nacionalista: cuando algún destacamento se define así, acaba siempre desempeñando un papel gregario de la derecha, y las ideas de izquierda pasan a ser poco más que un ornamento para mostrarlo cuando convenga, como de hecho vemos en Cataluña en esa izquierda que se define nacionalista, y que no sabe ver que la república catalana es la III República española. Deben recuperarse las relaciones fraternales con el resto de España, los lazos internacionalistas, la solidaridad: el proyecto de la izquierda debe ser la III República, federal, democrática, igualitaria.

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