El sermón: La gran mentira de los valores europeos

Miguel Riera

Como es sabido, los europeos atesoramos grandes valores. Frente a civilizaciones desalmadas, o fracasadas, o ignoradas, los europeos hemos construido la nuestra basándonos en valores humanísticos, que se han traducido en nuestros tiempos en una defensa acérrima de los derechos humanos a nivel universal, y en la cooperación y el acuerdo por encima de la dominación y el conflicto.

La nuestra, sabido es, es una tradición que hunde sus raíces en la Grecia clásica y llega a nuestros días no ya incólume, sino mejorando en cada salto cualitativo de los muchos que hemos dado hasta hoy. Ahí es nada contemplar esa cadena que arranca en Platón y Aristóteles y continúa con Séneca, Dante, Rousseau, Goethe, Bertrand Russell, Einstein… por citar a unos pocos. Somos, definitivamente, una cultura superior….

Pero, parece que algo falla en el relato que supone a los europeos unos valores superiores. Sobre todo si contemplamos la indiferencia de los poderes públicos y privados ante el drama que se desarrolla cotidianamente en la Gran Fosa Mediteránea.

El sermón: La gran mentira de los valores europeos

El rapto de Europa, de Rembrandt, 1632

Miles y miles de muertos nos recuerdan con su silencio que los valores hay que demostrarlos, y que los gobernantes europeos son, simplemente, impávidos guardianes de cementerio, gélidos témpanos bien alimentados, que temen quizás el vociferío de parte del pueblo europeo, aterrorizado este a su vez porque la “invasión” de foráneos pueda acabar subvertiendo sus “valores” y su forma de vivir. ¡Ah, la cristiandad se siente amenazada! Menuda estupidez.

Digamos que, ante el macabro espectáculo que este mar nuestro ofrece, unas pocas buenas gentes hacen lo que pueden ante la tragedia; otros miran hacia otro lado, tal vez conmovidos puntualmente por la imagen del cadáver de un niño depositado en la arena o la mirada desesperada de quien teme ahogarse; y la mayoría opta por suspirar y resignarse a lo que está sucediendo, como si esos millares de víctimas estuvieran sometidos a un destino inapelable. Sin remedio. Y hay que tener muy endurecido el corazón para no sentirlo herido no ya viendo, sino simplemente sabiendo lo que está pasando. Y todos lo sabemos.

Así pues, parece que Europa está perdiendo sus valores. Pero… ¿alguna vez existieron?

Retrocedamos en el tiempo. No mucho, porque en el medioevo lo corriente –y moralmente justificado, incluso por las diversas religiones– era la conquista, es decir, liquidar a alguien –o esclavizarlo– para robar sus posesiones, por miserables que estas fueran. No, dejemos esa época oscura y viajemos a la luz: la Revolución Francesa. Igualdad, libertad, fraternidad… hermosas palabras que recorrieron Europa. Pero que duraron poco: Napoleón, el dictador ilustrado, acabó con ellas en un plis plas, imponiendo los nuevos valores a cañonazos por toda Europa. Ya se sabe: para algunos, la guerra es el mejor método para ganar la paz. Y la fraternidad no es buena para los negocios.

Y casi empalmando en el tiempo, los cultos y educados europeos, supuestamente orgullosos de sus valores, descubrimos que quedaba aún mucho mundo que conquistar, y nos dimos a ello con entusiasmo. Los ibéricos seguimos explotando las colonias. Los atildados británicos se hicieron con la India, además de participar en el reparto de África, un reparto que incluso tuvo un momento pintoresco: cuando el rey Leopoldo de Bélgica se adjudicó el Congo a título personal, como si fuera una pequeña finca a las afueras de Bruselas. No hubo genocidio (que sí lo hubo en la conquista del Oeste norteamericano) porque hacía falta mano de obra autóctona para cavar en las minas. Por cierto, la esclavitud persistió en América (y en España y sus colonias) hasta la segunda mitad del siglo XIX. ¿Dónde estaban por aquel entonces esos valores que nos confieren superioridad moral ante otros pueblos?

El sermón: La gran mentira de los valores europeos

La Gran Fosa Mediteránea

Además, con el paso del tiempo no parece que las cosas mejoraron: ahí está la primera guerra mundial, con las masas europeas marchando alegres al frente, a matarse entre ellos, tal vez creyendo cada uno en sus valores, dejando al menos 10 millones de muertos y más de 20 millones de heridos. Y, en nombre de valores europeos (arios, según Hitler) los nazis inventaron las cámaras de gas para exterminar como insectos molestos a judíos europeos, comunistas y gitanos, y provocaron una nueva guerra que dejó entre 60 y 70 millones de muertos. Aquí, en España, además de embarcarnos en una sangrienta guerra civil, tenemos el deshonor de ser el segundo país del mundo –tran Camboya– en número de desaparecidos. Y no podemos olvidar el racismo en Occidente, presente durante tantos años, siglo XX incluido, en Estados Unidos y Sudáfrica, y latente en muchos otros países.

Claro está que los tiempos han cambiado, y ahora mismo los europeos –e incluyo aquí a los estadounidenses, esos hijos de la cultura europea– proclamamos en voz alta nuestra defensa de la paz y los derechos humanos. Somos pacíficos, tolerantes, compensivos. Contribuimos, quien más, quién menos, a sostener a alguna ONG. ¡Ah, sí, nosotros somos diferentes! ¡Diferentes! Por eso destruimos Iraq, bombardeamos Serbia, arrasamos Libia y ahorita mismo casi hemos conseguido la extinción de Siria. Un éxito tras otro.

Esa es nuestra historia. La verdadera. Dejémonos de pamplinas.

En definitiva, y para acabar: que los famosos valores europeos son una mandanga, una gran mentira, un cuento chino que solo sirve para darnos autobombo, mientras los cadáveres siguen alfombrando el mar. Y sin que nadie ponga fin a este asesinato colectivo.

 

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