En vísperas de una investidura

En vísperas de una investidura
Las revelaciones de la vista oral del caso Gürtel, la dimisión del ex ministro Soria y su frustrada designación al Banco Mundial o el blindaje en el Senado de Rita Barberá son sólo algunos recientes botones de muestra de la corrupción estructural del Partido Popular.

El hecho que, a pesar de ello, Mariano Rajoy cuente con todas las opciones de ser investido presidente de gobierno ha suscitado numerosas reflexiones de tono sombrío sobre la salud ética de una sociedad donde la corrupción no parece castigarse.

Unas consideraciones que deben matizarse por el hecho de que precisamente la lacra de la corrupción se ha convertido en uno de los factores de mayor peso para explicar la situación de bloqueo institucional, derivada de la pérdida de apoyos electorales del PP, pero también por el temor del resto de partidos al descrédito que comportaría pactar con una de las fuerzas políticas más corruptas de Europa Occidental.
No obstante, permanece sin resolver la cuestión de su amplia base electoral inmune a los escándalos. Así, tras la repetición de las elecciones, el PP fue la única formación de ámbito estatal que creció en número de votos y escaños. Por ejemplo, en la ciudad de Valencia, donde nueve de los diez miembros del grupo municipal están imputados por corrupción, se impuso como primera fuerza política. Ahora, todas las encuestas prevén, en unas hipotéticas e improbables terceras elecciones, un incremento de sus apoyos.

Una vía de explicación a este comportamiento radicaría, siguiendo a Max Weber, en el trasfondo católico de la sociedad española, donde impera la doble moral; aunque esto resulta –por parafrasear a Leibniz– una razón necesaria pero no suficiente para explicar el fenómeno. De hecho, en Italia, Silvio Berlusconi, quien no sólo estuvo involucrado en innumerables y graves casos de corrupción sino también en escándalos de depravación sexual, sólo pudo ser desalojado del poder a instancias de la Unión Europea, frente el reiterado apoyo mayoritario del electorado italiano. Tampoco la solidez electoral del PP puede explicarse por un liderazgo carismático, como en sus días ejerció Felipe González y a su manera Berlusconi. Rajoy es un personaje de una grisura aplastante que despierta escasos entusiasmos, incluso entre sus votantes.

Ciertamente, el PP ha sabido manejar con suma habilidad los temores del electorado conservador ante el impacto de la crisis económica, el ascenso de Podemos y la pujanza del independentismo catalán. También ha sabido vender, amparado por una poderosa maquinaria mediática, la imagen de buenos gestores, cuando ni siquiera han sido capaces de encarrilar el déficit público, considerado la prioridad absoluta de la política económica del gobierno. De modo que sobre el próximo ejecutivo planean las duras prescripciones de la UE que pueden derivar en más ajustes y recortes sobre unas sumamente baqueteadas clases asalariadas.

Alternativas bloqueadas

Las elecciones del 20D dibujaron un escenario donde era viable un gobierno alternativo para desalojar al PP del poder y emprender una senda regeneracionista que hubiera devuelvo al país una cierta confianza en las instituciones del actual sistema político. Ahora bien, esto sólo era posible mediante el pacto entre PSOE y Podemos que seguramente hubiera contado con el apoyo activo de los nacionalistas vascos y probablemente pasivo de los independentistas de la antigua CiU y más dudoso de ERC. Sin embargo, esta opción fue vetada por el aparato del PSOE en favor de un acuerdo con Ciudadanos que se reveló inviable.

El crecimiento del PP tras los segundos comicios ha doblegado a Ciudadanos que, contrariamente a todos sus compromisos electorales, se ha avenido a investir a Rajoy y mirar para otro lado en el tema de la corrupción, haciendo caso omiso y oídos sordos a las revelaciones del caso Gürtel. Esto augura un declive de esta formación como opción regeneracionista atractiva para las clases medias urbanas de matriz liberal-conservadora.

En vísperas de una investiduraEl aparato del PSOE, auténtica columna vertebral del régimen, como demuestra que a pesar de su caída electoral disponga de la clave de la gobernabilidad, ha debido recurrir a un “golpe de Estado” para impedir que Pedro Sánchez pudiese armar un gobierno alternativo. Según diversas fuentes, las negociaciones con Podemos, PNV y la antigua CiU para formar una mayoría parlamentaria estaban muy avanzadas, a expensas de la abstención de ERC y C’s. El aparato socialista, capitaneado por Felipe González y Susana Díaz, ha preferido reventar el partido antes que pactar con Podemos y formar un gobierno alternativo. La forma descarnada en cómo Sánchez ha sido apeado de la secretaría general ha provocado una fractura entre la dirección y las bases militantes y electorales del partido, que hacen prever no sólo grandes convulsiones internas, sino una pronunciada decadencia política y electoral. Esto tendrá profundas consecuencias en los equilibrios políticos del sistema de partidos vigente y resulta una expresión de la profunda erosión del actual régimen político.
La duración y profundidad de la crisis institucional ha revelado una triple fractura, generacional, sociológica y territorial, en las dos grandes fuerzas de ámbito estatal. En el primer ámbito, PP y PSOE se están convirtiendo en partidos de los segmentos de la población de una cierta edad y son cada vez menos atractivos para los jóvenes. En segundo término, sus bases electorales radican crecientemente en zonas rurales o pequeñas capitales de provincia, frente a las grandes ciudades. En tercera instancia, ambas formaciones siguen cediendo posiciones en País Vasco y Catalunya. Además, el PSOE está perdiendo a pasos agigantados su implantación en el norte del España, a expensas de Podemos, y su fuerza electoral podría verse cada vez más limitada a la España latifundista (Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha).

La más que probable investidura de Rajoy, con el voto positivo de C’s y la abstención total o parcial del PSOE, se asemeja, en una versión esperpéntica, a la coalición tripartita de las fuerzas constitucionalistas propuesta por el PP desde que perdió la mayoría absoluta. Ahora bien, este engendro tendrá profundos efectos sobre la actual correlación de fuerzas y el sistema de partidos, cuyo principal beneficiario podría ser Podemos, perfilando un escenario a la griega. En efecto, la formación lila, que atravesaba horas bajas tras el fracaso de la operación sorpasso, puede convertirse en la genuina fuerza de oposición y alternativa de izquierdas al gobierno del PP. Aunque, tanto C’s como PSOE se esfuercen por ejercer un férreo control parlamentario al ejecutivo de Rajoy, no podrán evitar el argumento de que si el PP está gobernando es gracias a su apoyo, por activa o por pasiva.

Todo ello hace pensar en una legislatura convulsa y breve. Únicamente el desarrollo de la hoja de ruta independentista catalana, que está entrando en su fase resolutiva, podría modificar este panorama y propiciar un reagrupamiento de las fuerzas constitucionalistas en defensa de una amenazada unidad nacional.

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