Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

CAPÍTULO I

INTRODUCTORIO, CONCERNIENTE AL LINAJE DE LA FAMILIA CHUZZLEWIT

Puesto que no hay dama ni caballero que se digan de buena crianza y puedan en absoluto simpatizar con la familia Chuzzlewit si antes no se les ha garantizado la antiguedad máxima de su linaje, es muy satisfactorio saber que, sin la menor duda, dicha familia descendía en línea directa de Adán y Eva; y que, en sus tiempos más tempranos, estuvo muy vinculada a intereses agrícolas. Si en alguna ocasión personas rencorosas y malévolas alegan que un Chuzzlewit hiciera gala, en cualquier período de la historia familiar, de una dosis excesiva de orgullo de familia, con toda certeza esa debilidad se considerará no solo perdonable sino loable, teniendo en cuenta la inmensa superioridad de esa casa sobre el resto de la raza humana en lo que a la antigüedad de su origen se refiere.

Es extraordinario que, de la misma manera que hay, en la más antigua familia de que se tenga registro, un asesino y un vagabundo, nunca dejemos de hallar, en los registros de todas las viejas familias, con innumerables repeticiones, esa misma fase de carácter. En efecto, como principio general puede afirmarse que, mientras más remota sea la ascendencia, mayor será el monto de violencia y vagabundeo; porque en los tiempos antiguos esas dos diversiones, que combinan una sana emoción con un medio promisorio para reparar fortunas destrozadas, eran al mismo tiempo la empresa ennoblecedora y el saludable recreo de la superior condición de esta tierra.

Por consiguiente, es fuente de consuelo y felicidad inefables descubrir que, en varios períodos de nuestra historia, los Chuzzlewit estuvieron muy implicados en diversas conspiraciones carniceras y luchas sangrientas. También existe registro de que, vestidos de la cabeza a los pies con acero a prueba de todo, en muchas ocasiones guiaron a sus soldados, apenas cubiertos con justillos de cuero, a la muerte, con un coraje insuperable, y luego regresaron airosos a casa, a sus relaciones y amigos.

No puede haber dudas de que al menos un Chuzzlewit ganó nuestras costas en compañía de Guillermo el Conquistador. Parece que este ilustre antepasado no “le sacó” nada a ese monarca, para emplear esta expresión vulgar, en ningún período subsiguiente, puesto que la familia no parece haberse distinguido mucho por la posesión de haciendas. Y es bien sabido que, para otorgar ese tipo de propiedad a sus favoritos, la liberalidad y gratitud del normando eran tan extraordinarias como susceptibles son de hallarse tales virtudes en los grandes hombres que regalan lo que pertenece a otros.

Charles DickensTal vez en este momento la historia pueda hacer una pausa para felicitarse por las enormes cantidades de valor, sabiduría, elocuencia, virtud, alta cuna y verdadera nobleza que parecen haber llegado a Inglaterra con la invasión normanda: una cantidad que la genealogía de cada familia antigua ayuda a engrosar, y que, más allá de cualquier impugnación, se habría mostrado igualmente grande, e igualmente prolífica en dar a luz a largas líneas de descendientes caballerescos, jactanciosos de su origen, aunque Guillermo el Conquistador hubiese sido Guillermo el Conquistado; cambio de circunstancias que, con toda certeza, no hubiera representado diferencia alguna a este respecto.

Incuestionablemente, hubo un Chuzzlewit en la Conspiración de la Pólvora(1), si no es que el architraidor, el propio Fawkes(2), fuese él mismo vástago de esa extraordinaria cepa; tal como habría podido serlo fácilmente, suponiendo que otro Chuzzlewit hubiera emigrado a España en la generación anterior y se hubiera casado con una dama española, por vía de la cual hubiera resultado un hijo de piel olivácea. Esta conjetura probable resulta reforzada, si no absolutamente confirmada, por un hecho que no puede dejar de interesar a quienes tengan curiosidad por trazar el curso de los gustos heredados a través de las vidas de sus herederos inconscientes. Notable es la circunstancia de que, en estos tiempos posteriores, muchos Chuzzlewit, fracasados en otras empresas, y sin la menor esperanza racional de enriquecerse, ni ninguna otra razón concebible, se hayan establecido como vendedores de carbón; y que, mes tras mes, hayan seguido contemplando con melancolía su exigua provisión de carbones, sin que hubiera un solo caso de negociación con un comprador. La extraordinaria similitud entre ese proceder y el que adoptara su Gran Antepasado en los sótanos del edificio del Parlamento en Westminster es demasiado obvia y plena de interés para requerir comentario(3).

También ha sido demostrado claramente por las tradiciones orales de la familia que existió, en algún período de su historia que no se establece claramente, una matrona de principios tan destructivos, y tan familiarizada con el uso y confección de ingenios incendiarios y combustibles, que se la llamó “La Hacedora de Fósforos”(4), apodo y alias con el que se la conoce en las leyendas familiares hasta el día de hoy. Seguramente no cabe duda razonable en cuanto a que esta fuese la dama española, madre de Chuzzlewit Fawkes.

Pero hay otro retazo de evidencia que remite de manera inmediata a la estrecha conexión de la familia con ese acontecimiento memorable de la historia inglesa, y que por sí mismo sería capaz de llevar el convencimiento incluso a una mente (si tal mente hubiere) que siguiera sin convencerse frente a las presuntas pruebas antes mencionadas.

Hubo, hace algunos años, en posesión de un miembro de la familia Chuzzlewit altamente respetable y en todo sentido creíble y fidedigno (porque su más acerbo enemigo nunca osó insinuar que fuese otra cosa que un hombre acaudalado), un oscuro farol de indudable antigüedad, que era todavía más interesante debido a su forma y diseño, en extremo parecidos a los que se usan en el momento actual. Pues bien, ese caballero, ya fallecido, se mostraba en todo momento dispuesto a prestar juramento, y una y otra vez hizo gala de tal solemne aseveración, para afirmar que había oído con frecuencia exclamar a la anciana mientras contemplaba aquella venerable reliquia: “¡Sí, sí! Esto lo llevaba mi cuarto hijo el quinto día de noviembre, cuando era uno de los de Guy Fawkes”. Estas palabras singulares forjaron (tanto como pudieron) una fuerte impresión en su mente, y tenía la costumbre de repetirlas con frecuencia. La justa interpretación que entrañan y la conclusión a la que llevan son triunfantes e irresistibles. La anciana, dotada de una mente fuerte por naturaleza, pe ro hallándose, no obstante, en extremo débil y marchita, tenía fama de ser presa de esa confusión de ideas o, por decir lo menos, de palabra, de las que son víctimas la edad y el agarrotamiento. La leve, muy leve confusión que aparece en estas expresiones es manifiesta y ridículamente fácil de corregir. “¡Sí, sí!”, dijo ella, y se notará que estas dos observaciones iniciales no requieren enmienda alguna. “¡Sí, sí!” “Este farol lo llevaba mi antepasado” –no cuarto hijo, lo cual es absurdo– “el quinto día de noviembre. Y él era Guy Fawkes(5).” Ahora tenemos un enunciado a la vez coherente, claro, natural y en estricta concordancia con el carácter de la que habla. En efecto, la anécdota es tan sencillamente susceptible de ese significado, y ningún otro, que no valdría la pena registrarla en su estado original si no fuese una prueba de lo que puede ocurrir (y muy a menudo ocurre) no sólo en la prosa histórica sino en la poesía imaginativa mediante el ejercicio de una pequeña labor ingeniosa por parte de un comentarista.

Se ha dicho que, en los tiempos modernos, no hay ejemplo alguno de que se haya encontrado a un Chuzzlewit en una relación íntima con El Grande. Pero aquí, de nuevo, los detractores burlones que tejen quimeras tan miserables en sus malévolos cerebros, enmudecen frente a la evidencia. Porque aún hay cartas en posesión de varias ramas de la familia en las que aparece claramente, porque se plantea en esos mismos términos, que un tal Diggory Chuzz lewit tenía la costumbre de cenar constantemente con el Duque Humphrey(6). En verdad, era tan repetidamente invitado a la mesa de ese noble, y la hospitalidad y compañía de Su Excelencia le eran tan incesantemente impuestas, por así decirlo, que lo hallamos intranquilo y lleno de reservas y desgana cuando escribe a sus amigos que, si no hacen esto o lo otro a vuelta del portador, no tendrá más remedio que volver a cenar con el Duque Humphrey, y se expresa de una manera muy marcada y extraordinaria, como alguien harto de la alta sociedad y la selecta compañía.

Se ha rumoreado, y huelga decir que el rumor se originó en los mismos sitios infames, que cierto varón Chuzzlewit, cuyo nacimiento –hay que admitirlo– estuvo envuelto en cierta oscuridad, era de origen bajo y vil. ¿Dónde están las pruebas? Cuando el hijo de ese individuo, a quien se supone se le comunicó el secreto del nacimiento de su progenitor por boca de su padre mientras vivió, yacía en su lecho de muerte, se le hizo la siguiente pregunta de una manera inequívoca, solemne y formal: “Toby(7) Chuzzlewit, ¿quién fue tu abuelo?” A lo cual él, con su último aliento, y de manera no menos inequívoca, solemne y formal, respondió –y sus palabras fueron escritas en ese momento, y firmadas por seis testigos, cada uno con su nombre y dirección en todo detalle : “Lord No Zoo.” Se puede decir –se ha dicho, porque la maldad humana no tiene límites– que no existe ningún lord con ese nombre, y que entre los títulos que se han extinguido, es imposible descubrir ninguno que en absoluto se parezca a ése, siquiera en el sonido. ¿Pero cuál es la irresistible conclusión? Rechazando una teoría que mencionaron por primera vez personas de buena intención pero equivocadas, referida a que el abuelo de ese Sr. Toby Chuzzlewit, a juzgar por su nombre, debió seguramente ser un Mandarín (lo cual es totalmente insostenible, porque no hay afirmación alguna de que su abuela jamás haya salido de este país, ni de que ningún Mandarín lo haya visitado a pocos años del nacimiento de su padre, excepto los de las casas de té, que no pueden considerarse ni por un segundo pertinentes a este asunto), pero una vez rechazada esa hipótesis, ¿acaso no se hace patente que, o bien el Sr. Toby Chuzzlewit recibió de su padre el nombre de manera imperfecta, o bien lo olvidó, o lo pronunció mal, y que incluso en el período reciente en cuestión, los Chuzzlewit estaban conectados por una inclinación siniestra, o sea, una especie de trazo izquierdo en la heráldica(8), con alguna casa noble e ilustre?

Vida y aventuras de Martin ChuzzlewitA partir de la evidencia documental, conservada en la familia, se ha establecido claramente el hecho de que, en los tiempos comparativamente modernos del Diggory Chuzzlewit recién mencionado, uno de sus miembros había alcanzado muy grandes fortuna e influencia. A través de los fragmentos de su correspondencia que han escapado de los estragos de las polillas (que, por derecho de su absorción extensiva de los contenidos de escrituras y papeles, pudieran llamarse los registros generales del mundo de los insectos), lo hallamos haciendo referencia constante a un tío con respecto al cual parece haber abrigado grandes esperanzas, puesto que tenía la costumbre de tratar de propiciar su favor a través de regalos de vajilla de plata, joyas, libros, relojes y otros valiosos artículos. Así que en una ocasión escribe a su hermano en referencia a una cuchara de salsa de propiedad de éste que él (Diggory) parece haber tomado prestada o de otro modo haberse apropiado: “No te enfades, he renunciado a ella… para dársela a mi tío.” En otra ocasión se expresa de manera similar respecto a un tazón de niño que le había confiado para llevarlo a reparar. En otra ocasión dice: “Le he dado a ese irresistible tío que yo tengo, todo lo que jamás he poseído.” Y que tenía el hábito de hacerle largas y constantes visitas a este caballero en su mansión si es que, en verdad, no residía allí totalmente, se hace patente en la siguiente frase: “Exceptuando el traje que llevo conmigo, toda mi ropa de vestir está en la actualidad en casa de mi tío.” La protección e influencia de este caballero debieron ser muy extensas, pues su sobrino escribe: “Su interés es demasiado elevado”… “Es demasiado”… “Es tremendo” y cosas por el estilo. Sin embargo, no parece (lo cual es extraño) haberle procurado a él ningún puesto lucrativo en la corte u otra parte, o haberle conferido ninguna otra distinción que no fuese la necesariamente implícita a la cercanía de tan gran hombre, y en ser invitado por él a ciertas diversiones, de naturaleza tan espléndida y costosa que las llama “bailes de oro”(9).

Huelga multiplicar los ejemplos de la encumbrada y sublime posición social y la vasta importancia de los Chuzzlewit en diferentes períodos. Si resultase que hubiere una probabilidad razonable de que se requiriesen más pruebas, habrían podido amontonarse unas sobre otras hasta formar una montaña de testimonios del tamaño de los Alpes, bajo la cual el más osado escepticismo habría sido aplanado y aplastantemente derrotado. Puesto que un crecido túmulo ya ha sido colectado y decentemente erigido encima de la tumba familiar al punto de clausurarla, el presente capítulo se contenta con dejarlo tal como está, añadiendo apenas, a modo de paletada final, que ha sido confirmado hasta la saciedad –y de ello han dado fe las cartas escritas por sus propias madres– que muchos Chuzzlewit, tanto varones como hembras, tuvieron narices esculpidas, barbillas rotundas, formas que hubieran podido servir de modelo al escultor, miembros exquisitamente torneados, y frentes finas de textura tan transparente que podían verse las venas azules ramificarse en todas direcciones, como otras tantas carreteras en un mapa etéreo. Este hecho en sí mismo, aunque hubiese sido el único, habría puesto punto final al asunto que nos ocupa; porque es bien sabido, con la competencia de todos los libros que abordan tales cuestiones, que cada uno de esos fenómenos, pero especialmente el del esculpido, son invariablemente característicos de, y sólo se hacen evidentes en, personas de la máxima condición.

Ya que esta historia, para su propia y perfecta saciedad (y, por consiguiente, para la plena satisfacción de todos sus lectores) ha demostrado que los Chuzzlewits tuvieron un origen, y que este fue, en un tiempo u otro, de una importancia que no puede dejar de convertirlos en objeto de la muy edificante y aceptable familiaridad de todos los individuos honrados, ahora el lector pueden proceder en serio a su tarea. Y ya que quedó demostrado que los Chuzlewit hubieron de desempeñar, por razón de la antigüedad de su origen, un papel bastante grande en la creación y el aumento de la familia humana, algún día le competerá aducir que sus miembros, tal como se les habrá de presentar en estas páginas, aún tienen muchas contrapartes y prototipos en el gran mundo que nos rodea. Por el momento, la historia se limita a observar, de manera general, en este encabezamiento: primero, que puede afirmarse con seguridad, y al mismo tiempo sin implicar ninguna participación directa en la doctrina Monboddo(10) (que roza la probabilidad de que la raza humana en algún tiempo hubiera sido integrada por monos), que los hombres pueden gastar bromas muy extrañas y extraordinarias; segundo (y sin por ello atrincherarse en la teoría de Blumenbach referida a que los descendientes de Adán poseen un enorme número de cualidades que son más características de los cerdos que de ninguna otra clase de animales de la creación), que algunos hombres se destacan por cuidarse de un modo poco común.

Notas:

  1. Gunpowder Plot, conspiración para hacer estallar el Parlamento con barriles de pólvora y dar muerte al Rey; motivada por la aprobación de leyes anticatólicas, fue abortada el 5 de noviembre de 1605 (N. del T.).
  2. Guy Fawkes fue el agente de la Conspiración de la Pólvora; el 5 de noviembre se llama en Gran Bretaña el día de Guy Fawkes (N. del T.).
  3. Alusión al intento de volar el Parlamento; la frase sólo es comprensible conociendo ese detalle de la Conspiración de la Pólvora, que no está en el texto (N. del T.).
  4. Matchmaker aquí es polisémico: designa tanto al que fabrica fósforos como al casamentero; aquí se deja entrever el proyecto matrimonial entre el Príncipe Carlos y la Infanta española.(N. del T.).
  5. La pronunciación de forefather (antepasado) se parece a la de fourth father (cuarto padre), de donde el cambio a “cuarto hijo”. La de Guy Fawkes se parece a la de a Guy Fawkes (uno de los de Guy Fawkes). En español, la confusión parecería absurda (N. del T.).
  6. Forma coloquial de aludir a quedarse sin cenar (N. del T.):
  7. Toby, diminutivo de Tobías, puede remitir a un tipo de jarra de cerveza con forma de hombre rechoncho, a un perro de Polichinela, o (en argot) a las nalgas, o al asaltante de carreteras (N. del T.).
  8. En la heráldica, una franja diagonal dibujada de izquierda a derecha (en lugar de la orientación contraria, que era la habitual) indicaba, en la opinión de muchos, un origen bastardo (N. del T.).
  9. Golden balls (polisémico) puede significar eso, pero también también “bolas doradas”, referencia a las tiendas de prestamistas señaladas con ese logotipo (tomado del escudo de Lombardía, debido a que los primeros prestamistas londinenses provenían de Lombardía), logotipo que va a reaparecer más adelante en la novela. Pero optamos por la primera acepción (N. del T.).
  10. James Burnett, Lord Monboddo (1752-1840) sostiene en Of the Origin and Progress of Language que el orangután es parte de la especie humana.(N. del T.).

Fuente: Capítulo I del libro de  Charles Dickens Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

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