Prólogo a Catalanismo y revolución burguesa

Prólogo Catalanismo y revolución burguesa
El libro que el lector tiene en las manos constituyó un acontecimiento en la vida cultural catalana de los años sesenta: por una parte, fue un éxito de ventas y de crítica, fue escogido como el mejor libro del año en una elección organizada por la Central del Libro Catalán, y un jurado integrado por Joan Fuster, Josep Maria Castellet, Joaquim Molas y Joan Triadú, además de un joven Joan Lluís Marfany, le otorgó el premio de ensayo de la revista Serra d’Or; por otra parte, sin embargo, fue un libro muy controvertido, que desató una polémica político-intelectual inédita en la Cataluña de posguerra.

En junio de 1967, cuando este libro se publicó, Jordi Solé Tura tenía treinta y siete años, acababa de presentar su tesis doctoral, de la que surgen estas páginas, había traducido entre otros autores a Antonio Gramsci y había sido expulsado del PSUC, el partido de los comunistas catalanes en el que militaba desde hacía más de una década (y al que reingresó a mediados de los años setenta). Brillante estudiante de derecho, en cuanto acabó la carrera ejerció como profesor de derecho político en la Universidad de Barcelona, hasta que, acosado por la policía franquista, se vio obligado a exiliarse. Esto ocurrió en 1960, y hasta 1965, el año de su regreso a Cataluña, vivió en Bucarest y en París: en la capital rumana trabajaba como locutor de la emisión en catalán de Radio Pirenaica, la emisora del PCE, y en la capital francesa, con Fernando Claudín y Jorge Semprún, como jefe de redacción de Realidad, la revista del PCE. Este era, a mediados de los sesenta y a grandes rasgos, el futuro padre de la Constitución de 1978. Dicho esto, ¿tenía sentido la polvareda que levantó el libro? ¿Estaba justificada?

Hay que decir, de entrada, que la polvareda fue muy considerable. En Com una pàtria, su biografía de Josep Benet, Jordi Amat evoca una discusión que tuvo lugar, poco después de la aparición de Catalanismo y revolución burguesa, entre el mismo Solé Tura y su editor Josep Maria Castellet, de un lado, y, del otro, Jordi Pujol y Josep Benet; la discusión fue muy dura: Pujol, que en aquellos años germinales del pujolismo intentaba convertir Banca Catalana en una suerte de Generalitat in nuce (o quizás in pectore), y Benet, entonces un intelectual muy próximo al banquero y muy influyente en la oposición antifranquista, reprocharon a Solé Tura (dice Amat) que su libro “dividía a los catalanes y le hacía el juego a la dictadura”. Poco después, Benet publicó en Serra d’Or una larga reseña en la cual no solo tildaba a Solé Tura de incompetente –le recriminaba su “falta de conocimientos” y “de criterio y prudencia científica” y acusaba a su libro de tener “innumerables fallos”–; también afirmaba que su interpretación sobre “cosas fundamentales del país” era “destructora o llevaba a la confusión”. En definitiva: como escribió Benet en una carta dirigida al hijo de Enric Prat de la Riba i Dachs, primer presidente de la Mancomunidad –en torno a cuyo pensamiento de hecho gira todo el libro–, el ensayo de Solé Tura era “una obra desgraciada”. La crítica de Benet, escrita en un cierto tono de sabihondo, era fundamentalmente injusta –confundía a propósito un ensayo de pensamiento político con un tratado de erudición histórica, y en definitiva las objeciones concretas que le hacía eran sobre todo bibliográficas, metodológicas y filológicas, no de fondo–; su extrema dureza, no obstante, reflejaba un estado de ánimo que se extendió a diestro y siniestro: el nacionalismo catalán de la época rechazó el libro con una inusitada violencia, y cincuenta años más tarde da la impresión de que muchos de los que abominaron de él, sin excluir al propio Benet, lo leyeron de manera muy parcial o muy superficial, o simplemente no lo leyeron, porque antes de hacerlo ya lo habían convertido en el vertedero de todos sus miedos, sobre todo el miedo al retorno del gran espantajo: el lerrouxismo.

¿Tenía sentido todo esto? ¿Estaban justificados la irritación y el escándalo? Yo diría que en parte sí y en parte no. No tenía ningún sentido ni estaba justificado que el libro pudiese ser considerado como un ataque directo contra la figura más insigne del panteón nacionalista, Prat de la Riba, precisamente en el cincuentenario de su muerte; no lo era en absoluto: era, por el contrario, un estudio tan meditado como respetuoso del pensamiento de Prat, visto como un intelectual metido en política y como la intersección en la que de una forma u otra confluyen todas las formas fundamentales del movimiento burgués catalán anterior a él, desde el ruralismo de Balmes hasta el tradicionalismo de Torres i Bages o el regionalismo de Manyè i Flaquer, pasando por el historicismo, el romanticismo y los diversos federalismos propugnados por Pi y Margall y Valentí Almirall. Sí estaban justificados, en cambio, el nerviosismo y el rechazo provocados por la descripción que hacía Solé Tura de la naturaleza histórica del catalanismo burgués que cristaliza en Prat y que, a la postre, era el origen del catalanismo que encarnaban Pujol y Benet, un catalanismo católico que había sido preponderante en las catacumbas de la oposición a la dictadura durante los años cincuenta, y que ahora, en los años sesenta, estaba dejando de serlo (precisamente el éxito de este libro es un síntoma de este cambio de hegemonía). “La historia del nacionalismo catalán es la historia de una revolución burguesa frustrada” dice la célebre primera frase del libro; y la segunda: “Su fracaso es una de las causas fundamentales de nuestro atraso económico y político”. Estas dos afirmaciones no son un gancho propagandístico para lectores distraídos; o, si lo son, también son un resumen epigramático de la idea fuerte del libro. Siguiendo de cerca las lecciones de Pierre Vilar, mucho más que las de Vicens Vives, Solé Tura argumenta que a lo largo del siglo XIX la burguesía catalana fue incapaz de llevar a cabo la misión histórica que le correspondía; una misión revolucionaria:

La revolución que nuestra burguesía no supo hacer es la que, por definición, consiste en la plena implantación del capitalismo como sistema global –económico y político–, con la consiguiente liquidación de los vestigios feudales o semifeudales, la adopción de formas políticas que propicien el libre juego de las fuerzas económicas capitalistas y otorguen a la burguesía industrial y financiera la hegemonía política e ideológica.

Según Solé Tura, la burguesía catalana ochocentista, impulsada por la prosperidad económica conquistada en Cataluña en el siglo XVIII, intenta una y otra vez, de formas diversas y con diversas estrategias, la modernización del Estado, convertir la España oligárquica, agraria, atrasada y “semifeudal” en una España capitalista, burguesa y europea; el resultado de estos intentos es un repetido fracaso, y el resultado de este fracaso es, en los años del cambio de siglo, a causa de la crisis provocada en el noventa y ocho por la pérdida de las últimas colonias españolas en América, la confluencia de la burguesía con el catalanismo y el nacimiento del nacionalismo. Este aparece con Prat de la Riba, que es su mejor definidor intelectual y su líder político, como una forma de regeneracionismo español impulsada desde Cataluña, un regeneracionismo que pretendía movilizar a todo el pueblo catalán para intentar, una vez más, la transformación de un Estado ineficiente, arcaico, oligárquico y cerrado en sí mismo en un estado burgués, moderno, eficaz y expansionista. El problema es que el nacionalismo catalán, que tenía que llevar a cabo en toda España este programa indispensable de transformación radical, identificaba los intereses de la burguesía con los de toda Cataluña y estaba animado por un espíritu de raíz conservadora: se trata fundamentalmente de un nacionalismo esencialista, ahistórico, católico, antiliberal, imperialista y organicista, con una visión social paternalista y corporativista, profundamente reaccionaria y jerárquica. Esta es, según Solé Tura, la contradicción nuclear del nacionalismo federalista y antiseparatista de Prat, que provocará el último fracaso de la burguesía catalana:

La profunda contradicción entre un afán general de progreso, de modernización, de regeneración de la vida política española, de transformación burguesa del Estado, y una filosofía de base extremadamente conservadora y antiliberal que comparte muchos de los fundamentos ideológicos del adversario.

El adversario era, obviamente, la oligarquía española, con la cual la burguesía catalana, no obstante, se acabaría aliando cada vez que sus intereses entraran en peligro por la presión del movimiento obrero –ya fuera en 1909, en 1917, o en 1936–, derrotada una y otra vez por la contradicción esencial que la ataba de pies y manos y por la incapacidad para llevar a cabo el gran cambio que necesita el país.

Este es el núcleo de Catalanismo y revolución burguesa. Dicho lo anterior, es evidente que no se trata de un libro que se propusiera la destrucción del catalanismo, como a menudo se dijo en su momento, sino de un libro que pedía su renovación, la creación de un nuevo catalanismo capaz de llevar a cabo los cambios que el antiguo había sido incapaz de hacer, en Cataluña y en toda España. Desde este punto de vista, y desde otros, el libro era políticamente provocador, deliberadamente polémico, casi un ensayo de combate que enlazaba con las ideas del PSUC sobre el catalanismo; pero en ningún caso era un panfleto comunista repleto de marxismo de garrafón, cosa que también se dijo a menudo. También es un libro, como el mismo Solé Tura reconoció con el tiempo, que no está exento de errores, con un voluntario exceso de esquematismo e incluso de simplificaciones, pero de ningún modo es un libro simplista.

De hecho, es exactamente lo contrario. Al principio he dicho que, en el momento de su publicación, Catalanismo y revolución burguesa desató en Cataluña un gran debate político-intelectual; añado ahora que aquella discusión era absolutamente necesaria, y que fue muy saludable. No es el único mérito de este libro. No soy historiador, solo un simple aficionado a la historia, y no conozco a fondo la bibliografía sobre el catalanismo político, pero, aunque muchas de las cosas que aquí se dicen hayan sido matizadas o corregidas por estudios posteriores, me cuesta creer que estas páginas, tan llenas de ideas punzantes, de análisis sugerentes y de estímulos de todo tipo, escritas con una pasión palpable en cada línea, no haya fecundado las últimas décadas de nuestra historiografía. Sea como sea, lo que es indudable es que, a los cincuenta años de ser publicado, este sigue siendo un libro de lectura subyugante, que no solo habla del pasado sino también del presente, o que habla de un pasado sin el cual el presente está mutilado; tampoco cabe duda de que ahora mismo, cuando necesitamos más que nunca un nuevo catalanismo, este es todavía un libro importante.

Prólogo publicado en la edición de 2017 del libro Catalanismo y revolución burguesa

 

Audios de la presentación del libro que tuvo lugar el 1 de diciembre de 2017 en el Palau Robert de Barcelona

Presentación a cargo del moderador Xavier Sardà, periodista.

Ponencia a cargo de Paola Lo Cascio, historiadora y politóloga.

Ponencia a cargo de Miquel Iceta, primer secretario del PSC.

Ponencia a cargo de Joan Coscubiela, sindicalista y político.