Podemos y el «desafío al mundo»

Vistalegre 2 podemos

El «desafío al mundo», es decir, el desafío al poder, produce grandes consecuencias en quien lo lanza. Y ello tanto si el desafío obtiene éxitos parciales como si la victoria se convierte en un objetivo lejano. En el primer caso cabe el riesgo de «transformarse en el poder», abandonando los ideales originarios de transformación, sustituyendo o integrando las élites sin modificar su comportamiento de modo sustancial (se trata del mecanismo gramsciano de la revolución pasiva). En el segundo caso, cuando las metas iniciales se perciben como inalcanzables, gran parte de las categorías políticas y de las prácticas utilizadas para el desafío al poder se trasladan al cuerpo del sujeto que lanzó el desafío. La impotencia se compensa entonces situando la disputa, reducida a una escala mucho menor, dentro de casa. El adversario se adapta a las características del (ex) amigo y compañero.

A un organismo colectivo le puede ocurrir lo mismo que les pasa a los individuos. Cuando los conflictos con el mundo exterior se vuelven demasiado peligrosos, complejos o contradictorios, se interiorizan. El choque entre individuo y ambiente se convierte en un conflicto interno. Confinados en estos perímetros más manejables, los conflictos parecen más gestionables. Se juega al mismo juego sin correr los mismos riesgos.

Así ha ocurrido casi siempre en los partidos de izquierda y en los movimientos sociales. El conflicto contra las élites se convierte en un conflicto entre sus componentes internos, y/o entre sujetos políticos y movimientos de la misma área. Cada parte proyecta sobre la otra la sombra del poder y la acusa de ser funcional a los intereses del adversario, o de parecérsele demasiado. Los fundamentos de estos mecanismos son: una percepción de impotencia con respecto a la fuerza del adversario (las élites); una (humana) reacción de repliegue frente a las amenazas del poder; la seducción que el poder ejerce sobre algunos componentes de los sujetos políticos transformadores (vinculados por ejemplo a la notoriedad mediática o a la vida parlamentaria).

vistalegre 2 podemosEn los meses últimos, aunque en una situación de fuerza incomparablemente mayor a la de otras izquierdas europeas y con un nivel de eficacia institucional y de reflexión cultural sin duda superior al de otras fuerzas políticas outsider de Europa (como el Movimento 5 Stelle en Italia) este mecanismo se ha hecho visible también en Podemos. El momentáneo (parcial) fracaso de la estrategia del “asalto al cielo” ha dado lugar a una concentración en su mundo interior, que debería cerrarse con la Asamblea Ciudadana de febrero. La campaña electoral permanente del 2014-2016 ha continuado (con los mismos medios) como campaña interna permanente.

No es casualidad que las divisiones estratégicas más fuertes se hayan iniciado tras el ingreso en el Parlamento, como lo evidencian los documentos para VistalegreII presentados en estos días por Iglesias y Errejón. Dicha fecha representa al mismo tiempo el alejamiento momentáneo de la meta inicial (la victoria) y un éxito. En cualquier caso, ha supuesto una mayor cercanía con ese poder que «amenaza» y «seduce». El poder «seduce y asusta», y la capacidad de un partido para afrontar esta estrategia de las élites – atraer y atemorizar para dividir – determina buena parte de su capacidad de resistir a sus éxitos y fracasos. Sobre los dirigentes políticos se proyecta a menudo la imagen de semi-dioses, a los que se pide que sean infalibles. Pero por suerte siguen siendo seres humanos: sus miedos y ambiciones no se pueden eliminar, si no se desea convertir a los actores políticos en mero software. Lo “humano, demasiado humano” es parte de la actividad política, y debe ser parte de ella. Un partido solo puede intentar limitar los miedos y ambiciones del modo más eficaz.

Los dispositivos retóricos y estratégicos que Podemos ha utilizado contra los adversarios han sido aplicados, durante semanas, en las disputas internas (mecanismo que es de esperar que sea ahora abandonado, en el debate que conduce a Vistalegre II). Veamos cómo.

Si el punto fuerte de la retórica podemita había sido la contraposición gente corriente/élite, sus dos sectores principales la han aplicado al debate interno. De este modo se han podido acusar de ser la parte más agradable a las élites, o de ser la más funcional al mantenimiento de su hegemonía. La élite ha sido así trasladada de modo simbólico dentro del partido.

El pueblo al que se le ha hablado es el pueblo interno, la base de los inscritos, ante los que se han intentado presentar como la parte más alejada de las élites o menos funcional a sus diseños, la más ligada al espíritu originario del partido, más cercana a la gente o más capaces de comprender sus necesidades y representaciones, menos verticalista y más favorable al relanzamiento de los círculos y a la distribución interna del poder. Una especie de «llamamiento a la gente» dirigido a lo interno: disparad sobre el cuartel general.

 Se intenta seducir al “pueblo interno” utilizando los elementos retóricos empleados en las campañas electorales, como cuando unos se identifican como los únicos representantes de un “Podemos ganador”, relegando a los demás al lado de los perdedores o de los nostálgicos.

Si las redes sociales y la televisión fueron los instrumentos privilegiados para llegar de forma transversal a la opinión pública, después han sido usadas como armas de la batalla interna. Elementos característicos de Podemos, como la eficacia y la creatividad en la producción de contenidos para los medios de comunicación de masas, la búsqueda de la identificación con el público, la habilidad en la búsqueda del “trending topic”, la capacidad de movilizar a través de la estética emociones, imaginarios y lenguajes evocadores, se han convertido en instrumentos para ganar elecciones internas. En televisión, luego, se han dirigido a la «gente» para ganar puntos entre los inscritos.

vistalegre 2 podemosUno de los problemas de este uso de los medios de comunicación puede ser la débil diferencia entre la gente corriente y los militantes. La idea de una política hecha por personas corrientes, en la que militantes y «gente» fueran sustancialmente coincidentes, ha sido uno de los puntos fuertes de podemos, pero puede llevar a una superposición entre la comunicación dirigida a los militantes y la dirigida al electorado. La liquidez de los límites entre organización interna y mundo externo puede retroalimentar de modo negativo al partido, como ha ocurrido en sus Twitter wars internas: la comunicación entre dirigentes o entre los dirigentes y la base puede exponerse al público para atacar a otros dirigentes y afirmar a una parte contra la otra, buscando también aliados entre los grandes medios de comunicación.

Otra cuestión. Podemos ha acusado a las élites españolas de hablar en nombre del conjunto (la tierra, la gente), para servir a los intereses de pequeños grupos. De modo análogo, en el debate interno los dos sectores principales del partido han tendido a presentarse como los garantes de la totalidad del proyecto de Podemos, vertiendo sobre la otra parte la imagen de quien habla en nombre del conjunto para servir a los intereses de su parte. Ocurre lo mismo en relación con la contraposición nueva/vieja política. También se interioriza ésta: unos se identifican a sí mismos como los únicos exponentes de lo nuevo, mientras que los proyectos de la otra parte se presentan como un regreso de lo viejo.

Asimismo es importante el debate sobre la relación con la cultura de masas y la industria cultural. Este es también un sello de origen de Podemos: enraizarse en el sentido común superando el esnobismo de la izquierda tradicional. Se ha producido otra interiorización: en los últimos meses las dos partes se han lanzado acusaciones de elitismo. De un lado, estigmatizando las referencias a una especie de “mundo de los hipster”, desligado de la realidad popular y demasiado acrítico con la cultura dominante (era la fase de Springsteen vs. Coldplay y Beyoncé). Del otro lado, sosteniendo que la cultura obrera y popular seduce solo a quienes no forman parte de las capas populares, mientras que el pueblo piensa sobre bases distintas, más identitarias y simbólicas que materiales.

El uso interno de categorías y estrategias nacidas para el «desafío al mundo» es una constante histórica, y en parte es algo fisiológico e inevitable. La izquierda italiana, sobre todo en los últimos diez años, se ha convertido en la máxima expresión de estos mecanismos en Europa. En Podemos esto ha ocurrido hasta la intervención simbólica de la “abuela Teresa”. Ahora, una vez presentados los documentos políticos, el debate puede continuar por caminos distintos. Los dirigentes de Podemos conocen bien la historia política y cultural de la izquierda italiana. Es de esperar –y si alguien puede hacerlo es el grupo dirigente de Podemos- que no repitan sus errores. Sería importante no solo para España.

Otra versión de este artículo ha sido publicada en Il Manifesto

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    Están vendidos a las derechas periféricas, son incapaces de mostrar alternativa alguna al PNV y a JxSí, sufren el síndrome de estocolmo. Un nuevo intento fallido de una izquierda nacional, una nueva izquierda acomplejada.