Notas sobre Gramsci consejista con algunos problemas de hoy como fondo

Notas sobre Gramsci consejista con algunos problemas de hoy como fondo
  1. ¿PUEDE TODAVIA LA NATURALEZA VOLVER A ENTRAR HOY POR LA VENTANA… ?

A primera vista reflexionar ahora sobre el marxismo del Gramsci consejista puede parecer a algunos romántica nostálgica o mero ejercicio de historicismo académico. Y en cierto sentido es explicable que así ocurra, pues si siempre hubo quienes creyeron que los consejos son un mito peligroso, un ejemplo de caos y de desorden semi-anárquico cuya repetición habría que evitar, hoy la tropa de quienes constantemente llaman la atención en las asambleas y en los actos públicos sobre los riesgos del desorden ha aumentado de forma muy considerable. Para esa tropa todo movimiento naciente, de la naturaleza que sea, salido del fondo de la pasión revolucionaria de un grupo social o de la simple desesperación ante el crecimiento del paro, esto es, surgido de la espontaneidad intuitivamente consciente de la crisis en que nos estamos moviendo, parece ser algo inconsistente, despreciable o al menos molesto; sus eslóganes (por orden de degradación del pensamiento revolucionario) suelen ser estos: recuperar, corregir, encauzar, capitalizar.

Precisamente por eso creo que en este caso resulta imprescindible dejar clara la motivación y el objeto de estas notas desde el título. Se trata de reflexionar sobre el Gramsci consejista con la vista puesta en los problemas de hoy. Más explícitamente: con la intención de contribuir a combatir lo que me parece un doble error bastante extendido entre nosotros. En primer lugar, contra ese talante que va ganando adeptos y que consiste en considerar los movimientos y las luchas en curso como una propiedad privada sobre la cual se cree tener derechos adquiridos bien sea por particularismo sectario, bien por afirmación implícita del ius primi occupantis. Un talante este que se expresa por lo general en las consabidas declaraciones tantas veces escuchadas por todos en los últimos tiempos: “¡Que no se desmanden! ¡Que no se nos vaya esto de las manos!”

La motivación más inmediata y reciente que me mueve a pensar que ese combate se ha hecho urgente y que, por tanto, hay que empezar a darlo sistemáticamente y pronto es la siguiente. No sé si las lágrimas de algunos trabajadores de la empresa Roca en el momento de finalizar la huelga, y tras haber decidido la vuelta al trabajo, son representativas de algo más que la conjunción de la alegría por el deber obrero cumplido y la manifestación última del cansancio acumulado durante tantos días de resistencia; no sé si representan también la rabia por el silencio o la maledicencia con que la prensa burguesa ha tratado esa huelga. Pero sí creo saber que esa forma de luchar y de volver al trabajo habría de ser motivo de recapacitación autocrítica para todos aquellos que formamos parte hoy de una central sindical, así como para aquellos otros que sinceramente aspiran a una transformación revolucionaria de la sociedad en que vivimos sin estar sindicados. Y como el asunto no es del todo nuevo, alguna lección se podrá sacar probablemente de la lucha de un hombre como Gramsci que durante los años 19 y 20 de este siglo se vio varias veces en situaciones así.

El otro error contra el que hay que combatir, en mi opinión, es precisamente la desvirtuación idealista de los consejos, esto es, la idea mucho más minoritaria, desde luego, pero también bastante extendida, que que en toda forma de organización obrera hay ya un consejo por lo menos en embrión; concepción esta que, además de olvidar el hecho de que colectivos de delegados obreros de fábrica o de obra electos y revocables han existido muchas veces fugazmente sin llegar a cuajar en consejos propiamente dichos a lo largo de la historia del movimiento obrero, suele edulcorar, por otra parte, la historia misma del consejismo como si el nacimiento de ese tipo de instituciones fuera ya, sin más, la garantía de voluntad revolucionaria frente al burocratismo de los sindicatos. Con esa deformación de la realidad y de la historia del movimiento obrero se puede caer en el infecundo equívoco organizativista de deducir mecánicamente la bondad revolucionaria de una línea política a partir de un determinado tipo de organización.

Criticar esa deformación por esquematismo no tiene porque ser, sin embargo, negación de la actualidad del tema de los consejos. Al contrario: es un hecho que el comienzo de la actual crisis económica del sistema imperialista ha dado lugar, al menos desde 1968, a un resurgimiento, aunque contradictorio y con altibajos múltiples, de esas instituciones de la clase obrera que parecían olvidadas en las dos décadas anteriores de relativa estabilidad del capitalismo. De modo que no es de extrañar que hasta un grupo tan tibiamente radical como el ala izquierda de la socialdemocracia alemana empiece a reivindicar una cierta extensión de los consejos para potenciar así ese sindicalismo muerto que es el alemán de hoy y hacer frente a las consecuencias de la crisis. Hace solo unos años Alfonso Leonetti, compañero que fuera de Antonio Gramsci en la redacción de la revista L’Ordine Nuovo, recordaba, reflexionando también él sobre este lema de la actualidad de los consejos, unas conocidas palabras de Lenin al respecto: “Si se echa a la naturaleza por la puerta vuelve a entrar por la ventana…”

No es fácil que esa metáfora de corte vitalista tolstoyano procedente en Lenin probablemente de una reciente relectura de Resurrección vaya a calar enseguida en las masas de la Europa occidental. Pero pese a ello y a sabiendas de la dificultad del asunto cabe preguntarse ¿puede todavía hoy la naturaleza (= los consejos) volver a entrar por la ventana? Yo creo que sí, y que de cumplirse las previsiones de economistas y ecólogos en el sentido de que la crisis civilizatoria en que estamos no ha hecho más que empezar, formas consejistas de uno u otro tipo, tal vez con contenidos políticos diferentes, van a florecer en los próximos tiempos en fábricas, barrios y universidades de varios estados europeos. Pero pienso también que dada la degradación de la “naturaleza” o, dicho sin metáfora, dado el desprestigio en esos mismos ámbitos de lo que un día fueran soviets en la URSS, habrá que colaborar un tanto abriendo un poco la ventana. Es decir, acentuando el papel de la subjetividad y de la consciencia para que esa “naturaleza”, destrozada por tantas contaminaciones, vuelva a imponerse en las masas objetivamente interesadas en ello. Abrir, pues, un poco la ventana. En ese esfuerzo, por desgracia escasamente denotado en la metáfora, algo puede ayudarnos quizá la reflexión sobre la historia. Y, entre otros, Gramsci.

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  1. “LOS CONSEJOS: LA GRAN IDEA DEL SIGLO XX”

Entre 1917 y 1921, o sea, entre el momento del estallido de la revolución rusa y lo que podríamos considerar como el principio de la derrota de la revolución proletaria en occidente, hay tres o cuatro años que conocen un enorme, aunque desigual, auge de los consejos de fábrica. En gran parte ese auge se debió, sin duda, al triunfo de los soviets en el país de los zares, pues sin él muy probablemente la repetida experiencia y el espectacular alcance de los consejos en la Europa occidental no habrían sido tales. Pero el surgimiento y la expansión de los consejos no se debió exclusivamente al éxito de los soviets rusos en octubre de 1917, como lo prueba el que consejos obreros con formas semejantes existieran ya antes de esa fecha en algunos puntos, por ejemplo en los Estados Unidos de Norteamérica, propiciados por la corriente sindicalista que allí representó Daniel De Leon, o en Inglaterra. Esto quiere decir, en suma, que los consejos estaban en el aire, en el ambiente, como instituciones de nuevo tipo que brotaban de forma espontánea o bien impulsados por diversos núcleos de trabajadores revolucionarios organizados (casi siempre comunistas y anarquistas) en los principales centros industriales del capitalismo del momento.

Es más. En el debate acerca de los consejos obreros que tuvo lugar al término de la primera guerra mundial entre los destacamentos de trabajadores de vanguardia hubo, visto desde hoy, cierta confusión. La falta de información o la información deformada de que en ocasiones dan prueba los principales teóricos y activistas implicados en el mismo (Gramsci incluido) fue una de las causas de no pocos errores tácticos y de ciertas ilusiones revolucionarias. Por eso cuesta trabajo creer que cincuenta y tantos años después de aquellos hechos, cuando la documentación existente al respecto debería ser suficiente para superar los elementos equívocos de la polémica, siga siendo bastante habitual encontrar confusiones similares a las que se produjeron entonces.

De ese ilusionado exceso de optimismo da fe la aceptación prácticamente sin critica, por parte de la mayoría de los teóricos consejistas de la época, de la declaración de Lenin (en marzo de 1919) en el sentido de que entonces existía ya “un embrión del sistema de soviets”, de la dictadura del proletariado, en los rate alemanes, en los shop stewards committes [comités de delegados de fábrica] ingleses y “otras instituciones análogas” en otros países. Y algo parecido podría decirse también de las consideraciones de Antonio Gramsci acerca de los industrial workers of the world norteamericanos en la fase de ascenso de los consejos en Italia.

 

Hoy sabemos, aunque a veces eso se quiera seguir ignorando por esquematismo o por beata repetición acrítica de las citas célebres, que a mediados de 1919, momento de la celebración del I Congreso de la III Internacional y de la implantación de los consejos en Turín (a los que hay que suponer que se refería Lenin también al hablar de “otros países”), la realidad no era exactamente lo que se deduce de aquella declaración de Wladimir Ilich: los i.w.w. norteamericanos casi no existían ya en la práctica y sus restos, luego de sufrir una durísima represión, se habían convertido en pequeñas sectas con escasísima influencia en el proletariado de aquel país, y, por otra parte, los s.s.c. ingleses eran ya a principios de 1919 una sombra de lo que habían sido en los años de la guerra. Ver, por tanto, para este momento concreto, en tales instituciones un embrión del poder soviético no correspondía a los hechos, como parcialmente iba a reconocerse en las tesis acerca de la cuestión sindical aprobadas en el II Congreso de la IC. Ese embrión existía a lo sumo en los rate alemanes y mucho menos claramente en los consigli italianos implantados exclusivamente en el centro industrial de Turín.

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Comité de ocupación de la Fiat. Turín, 1920

Pero ese reconocimiento, resaltado entre otros por el historiador italiano M. Salvadori en un excelente articulo sobre revolución y conservación en la Europa de 1919/1920, no quita un ápice de la transcendental importancia de los consejos norteamericanos e ingleses en la historia del movimiento obrero revolucionario de aquellos países, como tampoco oscurece la lucidez de la crítica anti-sindicalista de Gramsci; sirve sencillamente para poner de manifiesto la complejidad de la maduración de la revolución en occidente y secundariamente para llamar la atención en este caso acerca de los peligros del zinovietismo y del anarco-comunismo actuales cuando reeditan textos de aquellos años sin ningún tipo de orientación historicocrítica.

Vale la pena añadir, de todas formas, que si en la mayoría de los casos los consejos de fábrica fueron una creación espontánea o semi-espontánea de las masas trabajadoras, su origen no fue siempre el mismo. En unos lugares aparecen como forma primaria de asociación para la defensa de los intereses de la clase obrera ante la inexistencia de organizaciones sindicales previas; en otros, como forma superior de organización ante la inoperancia de los sindicatos tradicionales en un momento de crisis del capital y de ofensiva de los trabajadores; en otros, finalmente, su origen estuvo en comisiones internas de trabajadores en las fábricas propiciadas por los propios empresarios (y legalmente reconocidas) con el objetivo de encontrar interlocutores válidos en la negociación sobre los contratos de trabajo y con la finalidad adicional, más o menos explícita, de provocar el particularismo de los obreros en cada fábrica. Un ejemplo del primer tipo son los soviets rusos de 1905; ejemplos del segundo son los shop stewards committes que surgen en Inglaterra frente a las tendencias conciliadoras de las trade-unions, o los más importantes de los rate alemanes; ejemplos del tercer tipo fueron algunos de los consejos o comisiones creados en Alemania antes de la primera guerra mundial.

 

  1. UNA PALABRA NUEVA EN LA ITALIA DE 1919: “LOS CONSEJOS DE FÁBRICA TIENEN SU LEY EN SÍ MISMOS, NO PUEDEN NI DEBEN ACEPTAR LA LEGISLACIÓN DE LOS ÓRGANOS SINDICALES… “

Sobre el origen de los consejos de fábrica turineses es mejor dejar hablar al propio Gramsci: “En las empresas de Turín existían ya antes [de 1919] pequeños comités obreros, reconocidos por los capitalistas, y algunos de ellos habían iniciado ya la lucha contra el funcionarismo, el espíritu reformista y las tendencias constitucionalistas o legalistas de los sindicatos. [ .. ] Pero la mayor parte de esos comités no eran sino criaturas de los sindicatos; las listas de los candidatos a esos comités (comisiones internas) eran propuestas por las organizaciones sindicales, las cuales seleccionaban preferentemente obreros de tendencias oportunistas que no molestaran a los patronos y que sofocaran en germen cualquier acción de masas. Los seguidores de L’Ordine Nuovo propugnaron en su propaganda, ante todo, la transformación de las comisiones internas, y el principio de que la formación de las listas de candidatos tenía que hacerse en el seno de la masa obrera, y no en las cimas de la burocracia sindical. Las tareas que indicaron los consejos de fábrica fueron el control de la producción, el armamento y la preparación militar de las masas, su preparación política y técnica”.(1)

La critica y el rechazo de la orientación reformista de los sindicatos está, pues, también aquí, en el principio de los consejos obreros, combinada en este caso con el aprovechamiento en un sentido creador de ambiguas formas organizativas anteriores. Pero la teorización gramsciana al respecto no se limita a enjuiciar críticamente las tendencias reformistas o falsamente revolucionarias dominantes en los sindicatos de la época sino que penetra en el fondo del problema del sindicato como institución. La sustancia de esa teorización podría resumirse como sigue.

Los sindicatos –argumenta Gramsci– han surgido históricamente como una consecuencia directa del capitalismo, es decir, de la necesidad que los trabajadores tienen de vender su fuerza de trabajo al mejor precio posible; son, por tanto, instituciones inherentes al propio modo de producción capitalista, instrumentos para la negociación contractual de los trabajadores que permite a estos alcanzar mejores condiciones de vida, pero que por su misma naturaleza concurrencial y por los objetivos que se proponen no llevan dentro de sí nada que apunte hacia la sociedad nueva, hacia la sociedad comunista. Consiguientemente, el sindicato “puede ofrecer al proletariado expertos burócratas, técnicos preparados en cuestiones industriales de índole general, pero no puede ser la base del orden proletario”, no puede ser instrumento para la renovación radical de la sociedad. (2)

Además, la crisis del estado liberal capitalista conlleva y hace salir a la luz también la crisis de las organizaciones sindicales. En un doble sentido: la fase imperialista, con sus transformaciones del aparato productivo particularmente como consecuencia de la guerra mundial, da nuevo valor al trabajador en el interior de la fábrica, como productor, y desvela, por otra parte, la insuficiencia de la dirección obrera externa de los lugares de trabajo que es característica de los sindicatos. El resultado de esas modificaciones es la evidencia con que sale a la luz el contraste entre obreros sindicados, afiliados al sindicato, y obreros no-sindicados, los cuales, sin embargo, comparten una misma problemática y una misma lucha. La palabra nueva es, desde este punto de vista, investigar la organización de la fábrica como instrumento de producción para encontrar en ella, en el obrero como productor, como creador y no como simple asalariado, el germen del futuro estado, de la democracia nueva.

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Portada de la revista en la que se publicó este artículo.

Ahora bien, la prefiguración modélica del nuevo estado en la democracia obrera encarnada por los consejos de fábrica no tiene que olvidar, claro está, el resto del entramado social. Eso quiere decir que dentro de la fábrica misma los obreros habrán de contar con la valoración de otras categorías en la época menos numerosas pero, como ya afirmaba el propio Gramsci, “no por ello menos indispensables”: los técnicos de la producción y de la administración, los trabajadores intelectuales. Con respecto a la colaboración de los técnicos en el control obrero de la producción y en la construcción del nuevo estado Gramsci partía del exacto reconocimiento del cambio que se había producido en las relaciones entre los componentes de esta categoría y el empresario industrial, señalando con mucha precisión y lucidez para el momento en que escribe (1920) un hecho al que sólo varias décadas después nos hemos habituado a considerar como esencial. A saber, que el “técnico se reduce también a productor, vinculado al capitalista mediante anudamientos y crudas relaciones de explotado a explotador. Su psicología pierde las incrustaciones pequeñoburguesas y se hace proletaria, se hace revolucionaria“. (3) Es verdad que en esa última identificación (la psicología del técnico se hace proletaria, se hace revolucionaria) hay una muestra del residuo idealista y en este caso también mecanicista en la teoría gramsciana de los consejos basada, tal vez en exceso, en el productivismo. Pero no mucho después de escribir eso, como en tantas otras ocasiones, Gramsci vuelve sobre el tema, recapacita y añade el dato sustantivo de que los empresarios industriales suscitan o tratan de suscitar artificialmente la competición entre obreros y técnicos, dato este que le permite concluir, con más justeza, que los sistemas de trabajos tienden a hermanar a esos actores de la producción y les impulsan a unirse políticamente. Fuera de la fábrica los comités obreros se complementarían con comités de barrios representativos de otras categorías de trabajadores y con organizaciones campesinas equivalentes articulando así el conjunto un sistema de democracia proletaria que habría de constituir el embrión del futuro sistema de los soviets políticos, cuya base es la asamblea y cuyo principio está en la consideración de que las representaciones o delegaciones tienen que ser emanación directa de las masas y estar vinculadas a éstas por un mandato imperativo.

Prescindiendo ahora por razones de espacio de las notas características de los consejos desde el punto de vista de su organización interna, (4) conviene, sin embargo, hacer una referencia, aunque sea esquemática, al programa de los consejos de Turín publicado en L’Ordine Nuovo del 8 de noviembre de 1919 y cuya redacción suele atribuirse a Antonio Gramsci. Esa declaración programática, cuya lectura integra podría ser seguramente un buen antídoto contra el particularismo de las sectas pequeñas y grandes de hoy, revela ante todo el talante antisectario, profundamente democrático e internacionalista de lo verdaderamente nuevo. Un espíritu que se manifiesta ya en la modestia de empezar declarando que “más que un programa, [el documento] pretende ser exposición de conceptos… para fijar una plataforma de discusión” en torno a la nueva forma del poder proletario; o en la consideración de que un programa de trabajo revolucionario ha de estar siempre abierto a continuas, profundas y radicales innovaciones, puesto que también en esto se trata de prefigurar el tipo de relaciones entre los hombres que existirán en la futura sociedad; o en la negativa a arrogarse el derecho de ocupación por ser los llegados en primer lugar, ya que esa es precisamente la práctica de los sindicalistas tradicionales: o en la claridad, intransigente en los principios pero respetuosa de la necesidad unitaria de lucha obrera, con que se trata el tema de la relación entre consejos y sindicatos. Así, por ejemplo:

“Los obreros organizados en el seno de los consejos aceptan sin discusión que la disciplina y el orden de los movimientos económicos, parciales o colectivos, sea establecida por los sindicatos siempre y cuando las directrices de los sindicatos las establezcan los comisarios de fábrica como representantes de la masa trabajadora. Rechazamos como artificial, parlamentario y falso cualquier otro sistema… Pues la democracia obrera no se basa en el número ni en el concepto burgués de ciudadano, se basa en las funciones del trabajo, en el orden que la clase trabajadora asume naturalmente en el proceso de producción industrial profesional y en las fábricas”. (5)

 

  1. “EL MARXISMO ES EL VERDADERO LIBERTARISMO”

Como en algunos otros lugares, durante esos años comunistas y anarquistas fueron también en Italia los principales impulsores de los consejos de fábrica contra el poder empresarial y frente a la voluntad del ala reformista del partido socialista y a los continuos obstáculos que en todo momento levantó en el camino de la extensión de las nuevas instituciones obreras la dirección de los sindicatos. Juntos, comunistas y anarquistas, firmaron el llamamiento convocando un congreso nacional de los consejos de fábrica –en un momento en el que la ofensiva de la clase dominante se anunciaba ya– que, de haberse celebrado, tal vez habría cambiado el curso de los acontecimientos posteriores haciendo más potente la resistencia obrera. No fue posible. Pero tampoco fue ese el único paso de la colaboración. En L’Ordine Nuovo, la revista orientadora de los consejos de fábrica de Turín, dirigida por Antonio Gramsci, se dio el caso inhabitual de la presencia activa en la redacción de un anarquista, Carlo Petri, al cual se deben algunos análisis de gran interés sobre el desarrollo de los soviets en Rusia además de otras aportaciones del valor en el debate entre las distintas tendencias socialistas y comunistas en la Italia de esos años. De la estima que Gramsci sentía por el valor humano, la orientación comunista y la capacidad intelectual de Petri hay varias piezas documentales en distintos números de la revista.

Fruto de esa colaboración en el debate y de la intensidad con que Gramsci pensaba y vivía la necesidad de la libertad son algunas de las páginas que todavía hoy cuentan entre las más equilibradas y agudas que se han escrito desde el marxismo sobre la relación entre socialismo y anarquismo. En efecto, frente a los propios anarquistas que le atacan desde la revista Volontà, Gramsci no admite que el socialismo haya de ser considerado como adversario del anarquismo, puesto que “adversarias son dos ideas contradictorias, no dos ideas diversas”; piensa, por el contrario, que el trabajo en común es absolutamente imprescindible para la realización de la revolución en Italia y solo se exaspera ante la demagogia, ante el verbalismo de quienes acusan a los comunistas de hacer “política” ignorando que la actividad propia entre las masas es otra forma de hacer política, otra concepción de la política, una concepción que precisamente por sus declaraciones verbales abstractas, históricas, prolonga y continúa la visión liberal de la burguesía: el burgués era anárquico antes de que su clase conquistara el poder político, el burgués sigue siendo anárquico después de la revolución burguesa porque las leyes de su estado no son coactivas para él y seguirá siendo anárquico después de la revolución proletaria porque entonces se dará cuenta de que el estado es sinónimo de coacción y luchará contra el.

En esa aversión de Gramsci al verbalismo que sustituye el análisis por el grito y que declama contra la realidad sin comprenderla está la base de una separación que recorre todos sus artículos polémicos con los anarquistas: “¿Es posible llegar a un acuerdo en el debate polémico entre comunistas y anarquistas? Es posible cuando se trata de grupos anarquistas formados por obreros conscientes de la clase a la cual pertenecen; no es posible cuando se trata de grupos anarquistas de intelectuales, profesionales de la ideología”, (6) y de ahí también la distinción entre anarquismo y libertarismo según la cual en la creación histórica todos los obreros son libertarios. Tal es el contexto en el que hay que entender las afirmaciones de Gramsci en el sentido de que los consejos de fábrica de Turín fueron una creación libertaria de la clase obrera y los comunistas los verdaderos libertarios.

La posibilidad de un mayor entendimiento entre comunistas y anarquistas quedó cortada inicialmente, como se sabe, por las 21 condiciones impuestas en el II Congreso de la IC celebrado en Moscú durante el verano de 1920 y particularmente por las tesis allí aprobadas sobre sindicatos y consejos de fábrica. Esas tesis, en las que se recogían de un modo “realista” las consecuencias de la derrota de los consejos de fábrica en Italia y la progresiva inclinación de la mayoria de los rate alemanes hacia el reforzamiento social democrático, resultaron tan “sobresaturadas de espíritu ruso” (para decirlo con las mismas palabras que Lenin un par de años después) que tuvieron un triple efecto del que sólo se buscaba parte: la disidencia de los socialistas, la ruptura con los anarquistas y la definitiva pérdida para el movimiento del comunismo consejista. Sabemos, a través de nuestro Pestaña entre otros, lo que esas tesis representaron para el anarquismo en España y en Italia.

Y no me parece descabellado formular la hipótesis de que esas mismas tesis (juntamente con el estado de ánimo creado por la derrota de los consejos en Italia, desde luego) están en el fondo de la pasividad de Gramsci en los primeros meses de 1921.

 

NOTAS

(1) “El movimiento turinés, de los consejos de fábrica”, en Antología (selección y traducción de Manuel Sacristán), Madrid. Siglo XXI. 1974. p. 89.

(2) “Sindicatos y consejos”, en A. Gramsci, A. Bordiga, Debate sobre los consejos de fábricas, Barcelona. Anagrama. 1976. pág. 73.

(3) “Lo strumento de lavoro” en L’Ordine Nuovo del 14 de febrero de 1920.

(4) Puede verse un esquema de esas notas en la selección citada en (2).

(5) “Il programa deo commissari di reparto”, en L’Ordine Nuovo (1919/1920), Turín, Einaudi. 1972. 192- 199.

(6) “Discorso agli anarchici” en L’Ordine Nuovo cit. pág. 397.

 

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