Modesta contribución a la erradicación del fundamentalismo

Modesta contribución a la erradicación del fundamentalismo

I

En el Principio del Fin de la Historia no había Dios ni valor alguno positivo en qué creer. En el Principio del Fin de la Historia no sólo Dios había muerto, sino que también había muerto el viejo y presunto sujeto de la historia. La Naturaleza estaba muerta: nos había abandonado. El Socialismo había muerto por derrumbamiento. La política había muerto de asco por decreto de los filósofos. El Arte había entrado en la fase del Remurimiento. La Filosofía se despedía académicamente con su pañizuelo de retales. Era el fin de las ideologías. La sociedad ya no era industrial pues la sociedad industrial había muerto. La Cultura Occidental estaba en su segundo ocaso. Su anunciaba por doquier el fin del Estado de Bienestar. Todo era crisis, muerte y derrumbes concomitantes. Los dioses de los indígenas pobres habían muerto. Los dioses de los ricos se habían escondido para siempre.

Ahí naciste tú, amable lector.

II

Exploración de las fuentes del río Orinoco (fragmento), de Remedios Varo. 1959

Exploración de las fuentes del río Orinoco (fragmento), de Remedios Varo. 1959

En el Principio del Fin de la Historia el mundo seguía siendo un caos. Y casi todo el mundo, por abajo, lo sabía. Cohen: Everybody knows; Egoyan: Exótica. Pero los mandarines y los papas llamaban a este caos Nuevo Orden Internacional. Los ideólogos y los políticos de los países ricos no acababan de ponerse de acuerdo en cómo nombrar este caos. Unos decían de él que es “el mejor de los mundos posibles”; otros repetían que “todo va bien”. Vista desde abajo, la época del Principio del Fin de la Historia tenía otro nombre. Se la conocía como época de la Gran Migración al Norte, o también como época del Gran Retorno al Corazón de las Tinieblas.

En el Principio del Fin de la Historia aún existía la palabra, pero ésta era ambigua. La única acción humana reconocida era llamada elección racional. Se daba por supuesto que el hombre era libre. La libertad consistía en elegir aquello para lo cual cada individuo era inducido y seleccionado por sus superiores. Preguntarse “libertad, ¿para qué?” estaba penalizado con un capón intelectual. Se suponía que todo individuo estaba bien informado sobre las alternativas y que elegía en consecuencia. Vistas desde abajo, las alternativas se llamaban “guatemala” y “guatepeor”. Los pobres eran considerados mayormente tontos; los ricos eran considerados mayormente inteligentes. Pasar de la primera categoría a la segunda era sencillo. Pero la sencillez había sido desterrada del mundo,

En el Principio del Fin de la Historia todo era complejo. El universo estrellado sobre nuestras cabezas era complejo. La naturaleza en torno era compleja. Las leyes de la naturaleza un poco más complejas que la naturaleza misma. La sociedad era muy, muy compleja. Las leyes por las que regían las sociedades mucho más complejas que las leyes de la naturaleza. Para tratar de dilucidar la complejidad de las leyes de la naturaleza había máquinas informáticas de naturaleza compleja. Para tratar de dilucidar las leyes que rigen los movimientos sociales había departamentos de sociología aún más complejos que las máquinas construidas para dilucidar las leyes de la naturaleza.

En el Principio del Fin de la Historia todo estaba en orden pero todo orden era provisional. Se consideraba que este orden era provisional porque todo lo que hay en el mundo es provisional y complejo. La complejidad de las leyes de la naturaleza enseñaba a los humanos a amar la complejidad y la provisionalidad. Y los humanos estaban convencidos de que, si el orden natural era provisional, más provisional aún tenía que ser el orden social. La provisionalidad del orden social no podía ser demostrada, solo sugerida. Pero, inductivamente, la provisionalidad era una creencia compartida y, por ello consistente: con varios siglos de experiencia a las espaldas. Nadie dudaba de la provisionalidad del orden social establecido. Como todo era complejo, se suponía que la explicación de tal provisionalidad también tenía que ser compleja. Y como la sospecha acerca de la provisionalidad del orden social estaba mal vista, nadie quería ser acusado de conspirador contra la provisionalidad del orden social. De manera que, en el Principio del Fin de la Historia, la provisionalidad del orden social se presentaba como una conclusión, también provisional, de las leyes de la naturaleza, provisionales y complejas.

III

En el Principio del Fin de la Historia el hombre decidió crear al hombre para poner orden en el caos provisional. El hombre empezó a clonarse a sí mismo. Lo hizo en unos cuantos días después de experimentar con E-coli, ratones, ranas, ovejas y vacas. Así pudo elegir el sexo de sus hijos y de sus ángeles. Los filósofos del Principio del Fin de la Historia sabían ya, por tanto, el verdadero sexo de los ángeles, una cuestión largo tiempo investigada. El resto de los mortales de la época del Fin de la Historia aprendieron de los filósofos que el sexo de los hombres es complejo, muy complejo; y provisional, más provisional que el resto de las cosas del mundo. Y, por consiguiente, cambiante. Los varones eran mitad varones y mitad hembras; las hembras, mitad hembras y mitad mujeres. Por eso, aunque la biología les favorecía, había menos mujeres que varones en el mundo. Poco a poco el hombre completo y provisional de la época del Fin de la Historia fue aplicando ciertas variantes de la Teoría de los Juegos a la Elección Racional de los Sexos. Cuando el hombre empezó a clonarse a sí mismo los chicos resultaron complejos y las chicas, clonadas del gen costillar del más grande de los chicos, un poco más complejas todavía. Unos y otras, por supuesto, tenían conciencia de su provisionalidad clónica.

IV

En el Principio del Fin de la Historia, cuando ya no había Dios y la Naturaleza nos había abandonado y el hombre empezó a clonar hombres, existían, en la Aldea Global, dos jardines. Uno estaba al Norte del Edén y se llamaba, etimológicamente, “Occidente”. El otro estaba al Sur del Edén y se llamaba, por derivación “Tercer Mundo”.

En el Jardín del Norte del Edén había un árbol frondoso de cuyos hermosos frutos todos podían hipotéticamente comer. Se llamaba Árbol de la Buena Vida. Aunque la posibilidad de comer de los hermosos frutos del Árbol de la Buena Vida era también provisional y compleja, los hombres que vivían en el jardín del Norte del Edén se daban por satisfechos porque sabían que en este mundo todo es provisional y complejo.

En cambio, el árbol que había en el Jardín del Sur del Edén no era frondoso y, además, sus frutos no se podían comer. Se decía de él que era el Árbol de la Ciencia del Bien que acaba Mal. Y tenía un aspecto muy parecido a una higuera. Pero no era una higuera normal. Era una higuera transgénica mal clonada. Consecuencia, al parecer, de la maldición de un Dios de antes de la época del Fin de la Historia, de un Dios que no pudo soportar el que la higuera madre no diera frutos cuando la Divinidad más los necesitaba. Los hombres que vivían en el Jardín del Sur del Edén llamado Tercer Mundo hubieran preferido otro tipo de árbol: complejo y provisional, sí, pero que diera frutos. El suyo era un árbol de otro tipo: sencillo, consistente, claro, distinguible; pero no daba frutos. Y por tal motivo el hambre de los pobladores del Jardín que había al Sur del Edén era también elemental, consistente, claro y distinto.

V

El jardín del Eden de Hieronymus Bosch (El Bosco), 1500-1505

El jardín del Edén de Hieronymus Bosch (El Bosco), 1500-1505

Como el hambre no deja captar la sustancia compleja y provisional de las cosas, los pobladores del Jardín del Sur del Edén eran de natural simples de espíritu y más bien materialistas. Sus filósofos sólo tenían una doctrina: se es lo que no se come y si no se come no se es. Los Habitantes del Jardín del Sur del Edén no aceptaban las tesis de que el mundo fuera complejo y provisional. Por esta razón los filósofos y los habitantes del Jardín del Sur del Edén eran considerados por los cultos del otro jardín como primitivos fundamentalistas.

En cierto modo, esta opinión parecía fundada, pues en otros tiempos, cuando no había más que un jardín en el mundo, antes de su división en dos, los únicos habitantes del mismo eran los que ahora están en el Jardín del Sur del Edén. En aquellos tiempos, anteriores a la formulación de la Teoría de la Relatividad Universal, el Sur del Edén era en realidad el Este del Edén. Esta verdad estaba ya provisionalmente probada por la ciencia compleja y provisional construida en el Jardín del Norte del Edén: nuestros padres y nuestras madres, los padres y las madres de toda la Humanidad, procedían en su origen del Jardín del Este del Edén. Esta verdad no se pudo probar definitivamente porque, ya en el siglo XX, las armas de los hombres del Norte del Edén destruyeron gran parte de lo que todavía quedaba del lugar en que se suponía que estuvo ubicado el Este del Edén. Pero, a pesar de ello, todavía quedaban indicios suficientes en un mundo en el que todo era complejo: los actuales pobladores del Sur del Edén, descendientes de los que un día habitaron el Este del Edén, eran incomparablemente más hermosos, mejor proporcionados y corrían más y mejor que los demás en todas las pruebas importantes de los Juegos Olímpicos.

Siendo, por tanto, anteriores a los habitantes del Jardín del Norte del Edén, es natural que se considerara primitivos a los actuales pobladores del Sur del Edén. Pero en la época del Principio del Fin de la Historia había otras razones de peso para considerar así las cosas. En los antiguos tiempos estas gentes cometieron el error de comer del fruto del árbol que entonces se llamaba de la Ciencia del Bien y del Mal, sin darse cuenta de que el Bien (comido) se convierte necesariamente en Mal (pensado). El Bien (comido) convertido en Mal (pensado) es lo que las religiones suelen llamar un Pecado Original. Y aunque en la época del Principio del Fin de la Historia muy pocos hombres creían ya en el Pecado Original, los filósofos e ideólogos del Jardín del Norte del Edén, y muchos de sus habitantes, seguían manteniendo, por deducción de los principios lógicos de la complejidad y la provisionalidad, que los habitantes actuales del Jardín del Sur del Edén tienen una culpa original. El Pecado Original no debe ser confundido, sin embargo, con la Acumulación Originaria. Pues, para la filosofía de lo complejo y provisional, el primero es un pecado mortal mientras que el segundo sólo lo es venial.

VI

Además de ser culpables del Pecado Original, los habitantes actuales del Jardín del Sur del Edén han cometido otro pecado más reciente, casi tan grave como el anterior: son modernos en vez de ser posmodernos. Como no creían que el mundo fuera complejo y provisional sino que el hombre es libre de por sí y que puede ir a cualquier sitio con solo proponérselo, en la época del Principio del Fin de la Historia fueron muchos los hombres del Jardín del Sur del Edén que, con esas ideas, se propusieron probar también el fruto del Árbol de la Buena Vida.

Este propósito pudo haber sido un buen silogismo práctico pero partía de un error en la argumentación: se basaba en un lógica anacrónica, típicamente moderna, con un sólo principio elemental. Tal principio se denominó en un tiempo Derecho Internacional de Gentes; y reza así: el mundo es de todas las gentes, independientemente de que hayan nacido al Norte, al Sur, al Este o al Oeste del Edén, y, por tanto, cada cual puede viajar por todas y cada una de las partes del mundo. Es sabido que este principio se inventó en el Norte del Edén y durante siglos fue puesto en práctica por sus habitantes modernos. Ello reportó incontables beneficios a los habitantes del Jardín del Norte del Edén y no pocos inconvenientes a los demás. Pero los habitantes actuales del Jardín del Sur del Edén no habían caído en la cuenta de que en la época del Fin de la Historia un principio moderno no puede tener validez para los posmodernos. Y esa ignorancia indocta es razón suficiente para que ahora se les llame antiguos o primitivos. Pues ser antiguo o primitivo a su tiempo, o sea, cuando toca, está justificado. Pero ser moderno en la época de la posmodernidad, no tiene justificación alguna: eso es vivir a destiempo, no ser ni siquiera contemporáneos de la época del Principio del Fin de la Historia.

Los habitantes del Jardín del Sur del Edén, en la época del Principio del Fin de la Historia, amaban la Libertad. Igual que los otros. Igual que todos los hombres. Porque estaban hechos de la misma pasta. Pero no sabían todavía que la Libertad se dice de muchas maneras: de tantas como el ser aristotélico. Mientras que los habitantes del Jardín de Norte del Edén llamaban a la libertad Mercado, los habitantes del Jardín del Sur del Edén aún pensaban, en su materialismo ingenuo, que el nombre propio de la libertad es Satisfacción de las Necesidades Básicas. Identificaban primitivamente la Libertad con el comer y con el beber, con el derecho a la vivienda, con la supervivencia y la posibilidad de procreación. Tal vez por eso se sentían paradójicamente atraídos por el Árbol de la Buena Vida que crecía en el Jardín del Norte del Edén.

VII

Sabiendo esto, los filósofos e ideólogos de la época del Principio del Fin de la Historia enviaron al Jardín del Sur del Edén un emisario clónico. Como se estaba todavía en fase de experimentación, éste tomó inicialmente la forma de cormorán, voló desde Alaska hasta Mesopotamia y se posó sobre el Árbol de la Ciencia del Bien que da el Mal para otear desde allí el horizonte y convencer a los habitantes del Jardín de Sur del Edén de la gran verdad: la libertad sólo la da el Mercado (Milton en la Guerra del Golfo). Y como los habitantes del Jardín del Sur del Edén eran materialistas ingenuos, le creyeron. Creyeron que así serían inmortales como dioses, y empezaron a importar el fruto del Árbol de la Buena Vida. Así comprendieron, de pronto, que el mundo es complejo y provisional. Pero enseguida se abrieron sus ojos y cayeron en la cuenta de algo que había pasado desapercibido en el otro Jardín: además de complejo y provisional, el mundo resultaba ser contradictorio. Y a partir de entonces vivieron contaminados por la Serpiente de la Contradicción, una metáfora envenenada de lo que en otros tiempos se llamó Dialéctica. Así es como el cormorán clónico se transformó en serpiente clónica, una especie mucho más experimentada en el mundo posmoderno.

La Serpiente de la Contradicción susurró a los habitantes del Jardín de Sur del Edén una nueva verdad. Como todas las verdades nuevas, también ésta se dijo susurrando. Porque las verdades susurradas son más verdades. Y ningún ser creado está mejor dispuesto para el susurro que la Serpiente de la Contradicción. Esta les dijo que el moderno Derecho de Gentes vale para todos. Y les insinuó que la Verdadera Libertad no consiste en importar el fruto del Árbol de la Ciencia de la Buena Vida, sino en trasladarse al Jardín donde se produce este árbol, donde hay frutos abundantes para todos. Así es como los más osados de los habitantes del Jardín del Sur del Edén decidieron trasladarse al Jardín del Árbol de la Buena Vida llevando la Serpiente de la Contradicción encima. Y de este modo empezó el subperíodo de las grandes Migraciones de la época del Principio del Fin de la Historia: desde el Jardín del Árbol de la Ciencia del Bien que acaba Mal hacia el Jardín del Árbol de la Buena Vida.

VIII

Los nuevos migrantes no podían trasladarse al Jardín del Árbol de la Buena Vida en medios de comunicación rápidos pero complejos y provisionales, sino en viejos medios de transporte muy simples y zozobrantes. Reinventaron la antigua arca de los Tiempos del Gran Diluvio y empezaron la Gran Migración hacia el Norte. Hicieron el camino de Kurtz al corazón de las tinieblas sólo que en la dirección contraria. Y con ello contribuyeron a que se ratificara el insistente rumor de que eran primitivos. Pues, en efecto, hay que ser primitivo para jugarse la vida en esas condiciones y con la Serpiente de la Contradicción ente lo moderno y lo posmoderno a cuestas. En vez de hacer de la necesidad virtud, de acuerdo con los principios de la nueva lógica posmoderna, los habitantes del Jardín del Sur del Edén aprendieron la lección del cormorán que se trasladó de Alaska a Mesopotamia y luego se dejaron seducir nuevamente por la Serpiente: hicieron vicio de la necesidad.

Como tú, hipócrita lector. Como los humanos expulsados del Paraíso por ser algo más que animales.

Y la semilla de la contradicción de la Serpiente quedó en sus vientres. No un Dios, sino la necesidad, les expulsó de un Jardín que algunos, los menos, llamaban Paraíso. Entonces se sintieron desnudos y perplejos: también ellos entre guatemala y guatepeor. Si, acosados por el hambre, la sed y las enfermedades, migraban al Jardín del Norte jugándose la vida, al llegar allí se les decía que estaban confundiendo la libertad de los modernos con la libertad de los posmodernos, que es libertad para los que ya la tienen pero libertinaje para los que aspiran a tenerla. Si se dejaban vencer por el miedo a la muerte y se quedaban en el Jardín del Sur del Edén se les exigía que sustituyeran el té de menta del Árbol de la Ciencia del Bien que acaba Mal por la Coca-cola y la Hamburguesa del Árbol de la Buena Vida; y, donde ni siquiera esto llegaba, se les pedía que sustituyeran el cus-cus comunitario por elecciones formalmente democráticas.

IX

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El Infierno de Hieronymus Bosch (El Bosco), 1500-1505

Algunos de los habitantes del Jardín del Sur del Edén siguieron este consejo durante algún tiempo con ayuda del Fondo Monetario Internacional del Jardín del Norte del Edén. Pero Caín nunca duerme. En la Aldea Global, el viejo agricultor tomó la forma de un perro clónico, también en fase de experimentación. Los arados se convirtieron en espadas, los camellos en tanques. El cayado de Caín, en armas automáticas fabricadas en el Jardín del Norte del Edén. Con la Cola-cola y la Hamburguesa llegaron también las nuevas enfermedades sin que se erradicaran las viejas. Cuando los antiguos cultivos ni siquiera paliaban ya las nuevas hambrunas muchos campesinos creyeron descubrir un nuevo Paraíso. No es verdad que la religión sea siempre el opio del pueblo pobre. Hay al menos un sitio en el Planeta Tierra en el que el opio es, de verdad, el opio del pueblo. Hay al menos un sitio en el Jardín del Sur del Edén en que las drogas son ahora una necesidad vital del pueblo y para el pueblo.

Así la droga se convirtió en un paliativo del hambre en el Jardín del Sur y en remedo del Paraíso que nunca existió en el Jardín del Norte. Hubo, sí, un momento en que los primitivos se hicieron posmodernos y empezaron a identificar la Verdadera Libertad con la Libertad de Mercado. Implicaron en ella el comercio de drogas de amplio consumo en el Jardín del Norte. Pero en ese momento los filósofos e ideólogos del Jardín del Norte les cambiaron las reglas del juego: la Libertad de Mercado permite traficar con armas automáticas pero no permite traficar con drogas que no hayan sido permitidas previamente por la libertad de mercado. Así se llegó definitivamente a la conclusión de que el Paraíso no es para humanos. Y así se redescubrió, en la época del Principio del Fin de la Historia, que la única forma de acercarse a lo que algunos llaman Paraíso es conocer los caminos que conducen al Infierno para evitarlos. Paradoja por paradoja ésta no es mala. Al menos puede servir a todos.

Tomando pie en un pensamiento como éste los habitantes del Jardín del Sur del Edén, que un día también creyeron, como los del Norte, que sus dioses habían muerto, los resucitaron armándolos hasta los dientes. El tiempo de la Gran Migración mutó en época del Choque de Civilizaciones. Era, se dijo, la Guerra Civil Mundial. Una guerra virtual y desigual en la que los dioses resucitados del Jardín del Sur del Edén luchaban empuñando las armas fabricadas en el Jardín del Norte del Edén contra los fabricantes de sus propias armas que no cesaban de fabricar otras más posmodernas para combatir, a su vez, a los dioses antiguos. En esta guerra los hombres buenos, fabricantes de armas posmodernas, eran héroes de la razón; los dioses malos, nuevamente resucitados, demonios del fundamentalismo.

Las guerras hacen a todos simples. Todo el mundo lo sabe. Así ocurrió también en la guerra del cormorán que se trasladó de Alaska a Persia para que los hombres del Jardín del Sur del Edén supieran lo que es contaminación ambiental. En la época del Principio del Fin de la Historia, hasta los niños posmodernos saben ya que Alaska ha sido la cuna de la civilización y Persia la cuna de la barbarie. Lo demuestra a posteriori el hecho de que en Persia sólo se balbucea el inglés. Y si ya cuando allí sólo se balbuceaba el griego los persas eran bárbaros ¿qué decir de ellos en la época del Principio del Fin de la Historia? Siendo esto así, una nueva y gran verdad, simple y elemental, empezó a complicar todo lo que hasta entonces era complejo y provisional; los niños del Jardín del Norte del Edén aprendieron enseguida la Buena Nueva: todo en el mundo era complejo y provisional menos la Filosofía de la Historia del Choque de Civilizaciones que había de ser clara, simple y distinta. Así se hizo la luz que ilumina nuestros corazones posmodernos: a un lado los habitantes del Jardín de Sur empeñados en resucitar a sus dioses y a otro lado los habitantes del Jardín del Norte que sabían fehacientemente que todos los dioses han muerto.

X

Mucho han cambiado las cosas del mundo desde la época en que, según el mito, había un sólo Jardín del Edén. Muchas vueltas han dado los filósofos al significado de los dos árboles que hubo en aquel jardín primigenio que salió del Big-Bang en Seis Días. Los hombres han vivido desde entonces múltiples revoluciones: tecnológicas, científicas, artísticas, literarias, filosóficas. Por arriba, los hombres se han acostumbrado a llamar revoluciones a las reacciones. Por arriba, los hombres cultos dicen que la revolución alimenta monstruos y acunan a los de abajo con un cuento repetidamente traducido a todos los idiomas del mundo: el cuento infantil consistente en ignorar o disfrazar a los monstruos que vivían antes de las revoluciones. La palabra todavía existe pero se ha hecho ambigua. Nada es lo que era. Sólo la Filosofía de la Historia del Choque entre Civilizaciones sigue siendo lo que fue desde los antiguos tiempos en que hubo un solo jardín del Edén entre el Tigris y el Eufrates: el Bien contra el Mal, la Razón (de los nuestros) contra el Fundamentalismo (de los otros).

Eso es, en realidad, el eterno retorno. Los dioses han muerto porque tenían que morir. En la época del Principio del Fin de la Historia los hombres lo saben. Alguien creyó que este saber convertiría en superhombre al homo sapiens. Visto desde arriba, así es en este mundo: el superhombre es el hombre posmoderno con conciencia del fin de la modernidad y del eterno retorno. El superhombre de la época del Fin de la Historia sabe ya que no hay progreso, que todo es decadencia. Y, por arriba, la conciencia de la decadencia nos hace libres. Nuestro mundo es libre. Nuestro mercado es libre. Las ideas fluyen libremente en el mundo gracias a los monopolios de la información. Los capitales fluyen libremente gracias a la imaginación creadora de los financieros. Muertos los dioses, los confesores se baten en retirada. El superhombre no tiene que arrepentirse personalmente de nada. Sólo sufre por tener que cargar sobre sus hombros el arrepentimiento colectivo: el error de una historia en espiral de la que los individuos que no son superhombres cuelgan de un péndulo excéntrico que se mueve monótonamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, de revolución a reacción y vuelta a empezar.

El superhombre de la época del Fin de la Historia tiene ya suite permanente reservada en el Hotel Abismo. Desde su atalaya el superhombre del Jardín del Norte del Edén contempla con pasión y arrobamiento el fin de todas las crisis. Se ha hecho a la idea de que la crisis con conciencia de la crisis es menos crisis. La nave de los locos navega: Herzog echa un pulso a Sebastian Brandt. Es pecado preguntar hacia dónde navega esa nave. Lo que importa es navegar: Leopardi sin contexto. El superhombre es un titán de la nave de los locos. Sabe que sabe que la conciencia del eterno retorno nos hace libres a los de arriba. Incluso cuando naufragamos. El naufragio es dulce. Los restos de todos los naufragios de la historia celebran el reencuentro y se hacen posmodernos. También para ellos, un día partidarios del pensamiento crudo, el mundo se ha vuelto complejo, muy complejo.

Y, mientras tanto, el infrahombre se multiplica en el corazón de las tinieblas. Allí, en el Jardín del Sur del Edén, lugar de procedencia de la Humanidad, aún los dioses viven. Allí no ha llegado la noticia de la muerte de Dios. Se copula como si no hubiera eterno retorno, como si la historia tuviera un sentido, como si la flecha del tiempo fuera cosa de humanos. Allí se pasa hambre como si la necesidad existiera, como si la naturaleza aún estuviera regida por leyes mecánicas y deterministas. Allí se sobrevive, se mora y se muere como si no hubiera mercado libre ni libre albedrío ni libre circulación de capitales. Allí se mata sin conciencia de la contradicción. Allí se ignora la contradicción que supone matar con las armas fabricadas en el Jardín del Norte del Edén para que el ejército de los niños tenga que retornar, contra su voluntad, al corazón de las tinieblas y, en funciones humanitarias, expropiar a los que se matan con las mismas armas que les vendieron los que mandan ahora en el ejército de los niños.

Allí, en el Jardín del Sur del Edén, se vive aún en la contradicción porque, desgraciadamente, no hay conciencia de la contradicción. Y no hay conciencia de la contradicción porque los dioses allí no han muerto. Y los dioses allí no han muerto porque no hay conciencia del eterno retorno de los cosas. Y no hay conciencia del eterno retorno de las cosas porque el infrahombre del Jardín del Sur del Edén vive aún en la ilusión desgraciada de que el mundo no es complejo, complejo, complejo, sino simple, y grande y terrible: como el hambre, como el amor, como la reproducción, como la generación, como la muerte.

Así es como va. Todo el mundo lo sabe.

Ya no hay utopías, dice el último Decretazo del Filósofo del Norte. No: no las hay para quien no las necesita.

 

***

Nota de los editores (Salvador López Arnal y Jordi Mir Garcia)

“Modesta contribución a la erradicación del fundamentalismo” es uno de los artículos que el autor de Leyendo a GramsciPara la tercera cultura y Sobre Manuel Sacristán publicó en la revista cultural vallisoletana El signo del gorrión (número 17, invierno de 1999, pp. 107-121). Miguel Casado, otra de las almas de aquella publicación inolvidable, nos ha facilitado una copia del texto. Muchas gracias querido amigo.

Reeditamos el texto el día 4 de junio de 2016. Francisco Fernández Buey, nuestro Paco, el Paco de tantos ciudadanos, estudiantes y activistas hubiera cumplido hoy 73 años. El artículo, en nuestra opinión, es uno de sus textos -que son muchos- más penetrantes y clarividentes. Por su fuerza literaria, política, analítica y filosófica. Por si faltara algo, sigue siendo de rabiosa -e indignada- actualidad. En su memoria, en su honor. Enseñándonos, racional y emocionalmente, como siempre hizo.

Libros publicados por Francisco Fernández Buey:

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