Las migraciones como rebelión contra el capital

Las migraciones como rebelión contra el capital
El hecho de que un gran numero de refugiados, provenientes sobre todo de países que han estado sometidos durante los últimos tiempos a los estragos causados por la agresión imperialista y sus guerras, estén intentando entrar a Europa desesperadamente, se percibe hoy exclusivamente en términos humanitarios.

Y aunque esta percepción es, sin lugar a dudas, muy válida, hay otro aspecto de este tema que ha escapado a la atención de todos: es la primera vez en la historia moderna que el tema de las migraciones escapa al control exclusivo del capital metropolitano. Hasta ahora los flujos migratorios habían sido dictados en su totalidad por aquello que pedía el capital; ahora, y por primera vez, la gente está violando los dictados de ese capital y está tratando de dar sentido a sus propias decisiones y preferencias en relación a dónde quieren vivir, dónde desean establecer su vida. Desdichados y miserables, y sin ser conscientes de las implicaciones de sus propias acciones, estos refugiados desventurados están votando, a cada paso que dan, en contra de la hegemonía del capital, quien siempre ha creído que la gente se sometería dócilmente a sus dictados, incluso en la cuestión de dónde vivir.

Tres grandes oleadas de migración

Las migraciones como rebelión contra el capital

La idea de que el capital ha determinado hasta ahora quién debía permanecer en qué zona del mundo y bajo qué condiciones materiales de vida puede parecer inverosímil a primera vista. Pero es verdad. En la época moderna uno puede distinguir tres grandes oleadas migratorias, dictadas cada una de ellas por las necesidades del capital. La primera de ellas fue la deportación de millones de personas como esclavas de África a las Américas para trabajar en las minas y las plantaciones y para producir la mercancía que luego se exportaba y satisfacer así las exigencias del capitalismo metropolitano. Dado que los hechos y los datos acerca del tráfico de esclavos son bastante conocidos, y están ampliamente estudiados, no entraré a analizar esta primera oleada migratoria.

Una vez terminado el apogeo del comercio de esclavos, hubo un nuevo tipo de migraciones. A lo largo del siglo XIX y hasta principios del siglo XX, el capital metropolitano impuso un proceso de “desindustrialización” en el tercer mundo, y no solo en las colonias tropicales como la India, sino también en las semi-colonias y áreas de influencia como China. Al mismo tiempo, agotó parte del valor económico de esas sociedades a través de distintos métodos, que iban desde la simple y llana apropiación (sin ningún tipo de quid pro quo) de los productos básicos utilizando ingresos fiscales de esas colonias directamente administradas por las metrópolis a la imposición de un intercambio desigual en la valoración de los productos del tercer mundo, pasando por la extracción de los beneficios del monopolio durante la comercialización. Pero aun y todo esto, las poblaciones de las economías del tercer mundo y sus ciudadanos, empobrecidos a través de todos estos mecanismos, se habían visto obligados a permanecer donde estaban, atrapados en sus propios universos.

Pronto dos corrientes de migración se desarrollarían en el seno del siglo XX. Y lo harían a instancias del capital metropolitano. Una, de unas a otras zonas tropicales del mundo, otra entre territorios de clima templado, en especial desde Europa a las regiones templadas de colonización blanca, como Estados Unidos, Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Los migrantes de las regiones tropicales no tenían permitido entrar libremente en las zonas templadas (de hecho, aun no pueden). Así, eran transportados como peones o en régimen de “servidumbre temporal” de sus hábitats en países tropicales o sub-tropicales como la India o China hacia donde el capital metropolitano los necesitaba. Es decir, a trabajar en las minas y las plantaciones de otras tierras tropicales. Sus destinos incluían las Indias Occidentales, Fiyi, Ceilán (Sri Lanka), América Latina y California (donde, por ejemplo, los trabajadores chinos eran empleados en la extracción de oro).

Las migraciones como rebelión contra el capital

La migración interna entre las regiones de clima templado fue parte de un proceso de difusión del capitalismo industrial, que se expandía desde las metrópolis europeas hacia todas esas nuevas tierras. Fue una migración de ingresos altos: los migrantes venían de zonas en las que tenían ingresos relativamente altos e iban a territorios en los que disfrutaban también de una renta alta. En cambio, la migración entre las zonas tropicales no tenía nada que ver con la difusión o expansión del capitalismo industrial: y, además, en este caso se trataba de una migración de personas con ingresos bajos.

La razón que explica esta diferencia, el hecho de que la migración entre regiones templadas fuese de altos ingresos y la de zonas tropicales de rendas modestas, se ha atribuido a menudo a la mayor productividad laboral de los inmigrantes europeos en comparación con los migrantes de India o China. Pero esto es erróneo. Los ingresos de los trabajadores en el sistema capitalista casi nunca se determinan por el nivel de productividad per se; por el contrario, lo que de verdad importa es el volumen relativo del “ejército de reserva de mano de obra”: es decir, incluso con un incremento rápido en la productividad laboral, si el ejército de reserva es lo suficientemente grande el salario real de los trabajadores puede estancarse a un nivel de subsistencia. Aparte, la productividad laboral a la que debemos prestar atención en el contexto de este debate no es la de los trabajadores empleados en el marco del capitalismo industrial, sino la de quienes están fuera de él, ya que son ellos los que probablemente emigrarán. Y no hay ninguna razón para creer que la productividad de los migrantes de las zonas templadas fuese superior a la de sus homólogos en los trópicos, si ignoramos el impacto y los efectos de la “fuga” y la “desindustrialización” impuestos a las regiones tropicales.

La razón real que explica la diferencia de ingresos entre los dos tipos de migraciones radicaba en otra parte: en el hecho de que en las regiones templadas a las que emigraban, los europeos podían desplazar a los habitantes locales (como por ejemplo a los indígenas americanos) y quedarse con sus tierras para cultivarlas. Ello no solo dio altos ingresos a esos emigrantes, sino que también mantuvo los salarios en los países de origen de los que se iban, ya que se incrementaba lo que los economistas denominan el “salario mínimo”. Naturalmente, nadie trabajaría en Europa por una miseria si se puede emigrar a regiones con un clima similar y tener ingresos mucho más altos en una tierra tomada a los amerindios; esta es la perspectiva que mantuvo los salarios reales también en Europa.

En contraste a todo esto, la migración de trópico a trópico fue la migración de los salarios bajos, ya que los inmigrantes venían de poblaciones empobrecidas por la “fuga” y la “desindustrialización”. Y, en su nuevo hábitat, éstos no tenían la posibilidad de establecerse como agricultores en tierras arrebatadas a la población originaria.

W. Arthur Lewis, conocido economista nacido en las Indias Occidentales, estima que cada una de estas corrientes migratorias del siglo XIX fue del orden de 50 millones de personas; no importa si uno acepta o no estas estimaciones, de lo que no hay ninguna duda es de que hablamos de grandes números. Utsa Patnaik estima que casi la mitad del número que representa el incremento de población anual en Inglaterra entre 1815 y 1910 emigró hacia el “nuevo mundo”, hacia donde el capitalismo industrial se difundía desde Europa.

Las migraciones como rebelión contra el capitalLa tercera oleada migratoria fue durante la época que siguió a la segunda guerra mundial. Este período, que se extiende desde principios de los años cincuenta hasta principios de los setenta, ha sido designado por algunos como “la Edad de Oro del capitalismo”, ya que durante esos años se vieron altas tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto de las economías metropolitanas, sobre todo en Europa, gracias al auge de la construcción después de la guerra y a la institución de la intervención estatal en la “gestión de la demanda”. A pesar de que las tasas de crecimiento de la productividad laboral eran también muy elevadas, éstas no eran tan altas como las tasas de crecimiento del PIB, lo que significó un incremento en la demanda de empleo. Sin embargo, en la mayoría de países europeos la población apenas aumentaba: así que el aumento de la demanda de trabajo se cubrió importando trabajadores de las regiones tropicales. Aun así, no hablamos de una libre migración de mano de obra de los territorios tropicales a las metrópolis. Se permitió que un número determinado migrase para satisfacer la creciente demanda laboral. Los migrantes, principalmente turcos en Alemania, argelinos y de antiguas colonias francesas en Francia, y sud-asiáticos y procedentes de las Indias Occidentales en el Reino Unido, tomaron trabajos mal remunerados, liberando así a los trabajadores locales que habían estado empleados anteriormente en dichos trabajos, y que ahora podían ascender en la jerarquía del mercado laboral. En definitiva, el capitalismo de la posguerra fue testigo de un gran crecimiento en las urbes de una clase marginal de trabajadores migrantes.

Pero a medida que se derrumbaba el boom de la posguerra, o la llamada “Edad de Oro”, los trabajadores inmigrantes y sus descendientes encontraron una representación desproporcionada en las filas del desempleo y el subempleo. Y con el inicio de la crisis capitalista en el siglo actual, su posición se volvió aun más precaria. Las consecuencias sociales de este fenómeno han sido ampliamente discutidas y no hay necesidad de insistir en ellas ahora.

Desposesión de las personas

La cuestión, sin embargo, es la siguiente: aparte de las guerras y las agresiones que el capitalismo desencadena en todas partes, incluso su modus operandi “normal” implica la desposesión y el empobrecimiento de la población en otras partes del mundo. Su objetivo es mantenerlos atrapados en sus propios universos, como una especie de reserva de mano de obra lejana, a la que se puede acceder de vez en cuando permitiendo una migración cuidadosamente controlada hacia las regiones que necesitan dicha mano de obra. Su hipótesis es que así quedan atrapados en sus universos sin emitir un solo murmullo, sin importar las condiciones en las que se encuentren. Y, por supuesto, es en base a esta hipótesis que da rienda suelta a las guerras imperialistas que afectan principalmente a las poblaciones del tercer mundo. El modus operandi del capitalismo metropolitano requiere el cumplimiento de esta hipótesis.

Lo que está demostrando la llamada “crisis de los refugiados” de Europa es que esta hipótesis ya no está en condiciones de poder cumplirse. Incluso algo mucho más significativo: el capitalismo metropolitano no tiene una respuesta a este problema de los “refugiados que llaman a las puertas de Europa”. No los puede dejar entrar, y no puede encontrar una solución a sus problemas en sus países de origen. Cualquiera de estas dos opciones sería realizar un acto en nombre de los derechos humanos, y ya sabemos que el capitalismo no va de humanidad. Y esto es precisamente lo que se está volviendo en su contra.

Artículo publicado originalmente en Peoples Democracy y traducido para El Viejo Topo por Anna Galdón.
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