La secta de los ciegos

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En aquella época Ernesto Sábato no era el hombre que luego fue. A sus veintisiete años el argentino tenía un futuro brillante como investigador: era doctor en ciencias físicomatemáticas y estaba becado a petición de un premio Nobel en el Laboratorio Curie de París. Su presente, en cambio, era más oscuro. De día buscaba cómo bombardear el átomo de uranio pero al acabar la jornada, el científico, que sabía muy bien que la ciencia es una mujer celosa, se quitaba la bata, se aflojaba la corbata y se corrompía con los surrealistas. Mientras deliraba en los cafés imaginaba una novela, La fuente muda, olfateaba con ansia el olor a trementina y envidiaba los bártulos de pintar y la libertad que él no podía apurar por un matrimonio, una paternidad reciente y un trabajo de horario fijo. Al día siguiente, vuelta a la bata, a los electrómetros y a las probetas, aún con restos de coñac en la sangre. Entonces Sábato era flaco, casi enclenque, y aguantaba una gran cabeza y una frente abombada que le daba un vago aspecto de cerilla. Un bigote moreno y unas gafas de pasta se acompañaban de una mirada triste y una boca apretada. Algunos hombres se merecen la cara que tienen. De ser cierto en su caso, Sábato fue un triste científico y un triste surrealista.

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Ernesto Sábato, científico en 1937

Y de pronto, durante un tórrido domingo de agosto de 1938, surge la magia. Un grupo de amigos callejean al caer la tarde por el barrio de Saint-Germain-des-Prés matando el tiempo. Cenan y uno de ellos sugiere subir al taller de Óscar Do­mínguez, que está cerca. Arriba, la velada continúa sin brillo. Alguien pincha unos discos en el fonógrafo, alguien hace un tímido intento de bailar. Las conversaciones se apagan, hay largos silencios entre trago y trago. Cerca de las doce, cuando la reunión está terminando y la gente se prepara para partir, Óscar se enzarza en una de sus interminables discusiones alcohólicas con otro pintor, el catalán Esteban Francés. Los gritos suben de tono y todos se aprestan para separar a los amigos y que la fiesta no acabe en una triste pelea entre borrachos. Do­mínguez forcejea, libera un brazo y agarra lo primero que tiene a mano, un vaso que lanza con todas sus fuerzas al contrincante. Francés se aparta y el vaso estalla en la cara de Victor Brauner, que se retuerce de dolor con el ojo colgando fuera de su órbita. Entre gritos, lo llevan atropelladamente al hospital más cercano, el Hôtel-Dieu, donde el oculista de guardia nada pudo hacer contra el destino: Victor Brauner ya era tuerto. El vaso, con unos pocos grados más o menos de inclinación, no habría sido capaz de sacar el globo de su órbita, tal fue la precisión de aquel suceso aleatorio. Días después, alguien recuerda un pequeño autorretrato que Brauner pintó siete años antes con la misma terrible herida. Otro murmura de un cuadro en el que un personaje aparece con un ojo atravesado por una flecha con la letra D dibujada en un extremo. Era que Brauner ha­bía pintado su propia desgracia y la había cortejado hasta convertirla en un destino inexorable. Más tarde, el mismo Brauner habló del incidente, entre miedoso y maravillado.

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Victor Brauner, Composición con retrato

«Un día en el que no tenía nada más para hacer… estaba vacío, quise hacer un retrato minúsculo de mí mismo delante un espejo, y pinté este retrato. Para animarlo un poco, para hacerlo un poco más extravagante, como todo es posible, le quité un ojo. Pues bien, es este mismo ojo el que me ha sido arrancado; la herida era idéntica siete años más tarde. Y entonces, a raíz del accidente, descubrí que desde 1925 ó 1927 hay en mi obra personas cuyos ojos están fuera.»

Fíjate, lector, que el ojo pintado fue el derecho y el sacrificado el izquierdo. Mucho tiempo pensé en ello como una falla en lo acontecido. Ahora sé que el retrato era el reflejo exacto del hombre que se sentó ante él a pintar, un espejo bruñido que hace todo aún más terrible. Antes Brauner era tímido, inseguro y pesimista. Después del beso del vaso se le veía liberado, con las ideas claras, como si, misteriosamente, perder un ojo lo hu­biera completado. Por fin Brauner fue Brauner.

Sábato no estuvo en la famosa velada pero a raíz de ella estrechó su amistad con Domínguez, convertido en un paria entre los surrealistas por el incidente. Una noche de invierno, mientras caminaban juntos bajo la nieve hacia el taller donde ocurrió todo, Domínguez se volvió y lo retó.

–¿Qué te parece si esta noche nos suicidamos juntos? –Sábato sintió el mordisco de la posibilidad, el vértigo de la tentación, y reculó.

–No, Óscar, tengo otros proyectos.

Un ciego guiando a otro ciego. Domínguez albergaba ya el de­monio de la acromegalia en su interior, el mal que lo convertiría después en un minotauro de cráneo gigante. Veinte años y miles de botellas vacías más tarde, cedió por fin a su naturaleza y se cortó las venas.

Pasa el tiempo. Sábato ya ha repudiado a la ciencia y es escritor en Argentina. Ha quemado su novela parisina, que nunca nadie leerá y que luego recordará entre nostálgico y arrepentido. Ahora escribe Sobre héroes y tumbas, la novela con la que justificará su existencia. Una de sus cuatro partes es el Informe sobre ciegos, que completó como al dictado, en un trance de apenas un mes. En ella nos pre­senta a Fernando Vidal Olmos, el reverso tenebroso de un Sábato canalla y ladrón empeñado en investigar a la misteriosa casta de los ciegos, sus metafísicos poderes ocultos y sus inconcebibles objetivos. Fernando descubre, con esa hiperlucidez que da la paranoia, que los ciegos son otra raza. Una especie taxonómica distinta, nacida para extender el gobierno del mal por el mundo y separada del común de los paseantes de Buenos Aires por sutiles señales. Son blancos, traslúcidos, de piel fría y manos húmedas. Terriblemente, los ciegos son videntes. Habitan en cuartos cerrados o en sótanos o más abajo, en las alcantarillas, como las cucarachas, los ciempiés y las arañas. Los más poderosos, los jefes de la secta, reptan por enormes grutas subterráneas a cientos de metros de profundidad.

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Oscar Domínguez, Composición cósmica

Porque has de saber que, como en todas las grandes ciudades, el subsuelo de Buenos Aires está horadado por una tupida red de túneles. Algunos son muy viejos, del tiempo de los jesuitas, pero cada época excavó sus pasadizos. A medida que la me­galópolis se fue extendiendo por los campos de alrededor, los arroyos y las charcas fueron engullidos por el ansia de la gran ciudad, ocultando para siempre todo un mundo a las miradas indiscretas de quienes viven arriba y no abajo. Túneles hay bajo el Cabildo, bajo la Casa de Gobierno y bajo ciertas iglesias. Mis­teriosamente, otro –¿por qué, Dios mío, por qué?– parte del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano. El 25 de ene­ro de 1950, como prueba de esa extraña realidad paralela que fermenta tan cerca de los pies de los caminantes, dos poceros se ma­ravillaron al encontrar un avión entero bajo el cruce de Can­gallo y Reconquista, en pleno centro porteño. Otros han encontrado viejos cuchillos herrumbrados y trenzas de pelo humano.

Sábato tuvo que oír esas historias, claro. Supo de la metástasis encubierta, de los kilómetros de túneles, y ató cabos. Al final, su héroe encuentra la entrada a ese mundo subterráneo donde todo le fue revelado. Todavía sigue ahí, en el mismo centro de Belgrano, pegadito a la iglesia de La Redonda. Es en la calle Echeverría donde Fernando cruza la puerta, sube una escalera, abre una trampilla, anda por un pasillo, baja por otra escalera, atraviesa un sótano y alcanza las cloacas, para desembocar en una galería semejante a una mina carbonífera que desciende más y más abajo, hasta encontrarse con su maldito destino. Así que ahora ya lo sabes. En una de esas viejas casas bajas de dos pisos, a pocos metros de donde juegan los niños en la plaza Manuel Belgrano, está la puerta de entrada a la salita donde espera la Ciega… Donde tal vez, si te atreves, el secreto que oculta la secta te será revelado. Quedas avisado, lector.

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