Contra la justicia: Yo acuso

De eso va este artículo. Clamar contra la Justicia en unas cuantas líneas, escritas apenas llegado de la manifestación que recorrió la calle de Colón en Valencia después de la sentencia. ¿Qué sentencia?: pues la que ha salido en todas partes desde hace unas horas. La Audiencia de Navarra ha condenado a nueve años a los cinco miembros de lo que ellos mismos llamaban la Manada. Nueve años, cuando la Fiscalía y la acusación particular pedían casi veinte. La chica fue agredida hasta la saciedad y violada como no está escrito en ningún manual del terrorismo sexual. La barbarie que secuestra a una chica en plena calle, la mete en un portal y la rompe por todas partes para que sepa lo que es un hombre de verdad, para que sepa aún más lo que valen cinco hombres de verdad, para que conozca de primera mano -aunque tenga los ojos cerrados por el pánico- lo bueno que es sentir en su cuerpo desnudo los atributos babosos de la Bestia. La golpean, la vuelven del derecho y del revés, ahogan sus gritos para que se trague el miedo como un chicle que se ha quedado sin azúcar, la violan uno tras otro, se regodean en esa encarnizada orgía de brutalidad que humilla a la víctima, que la despoja de lo que en esa víctima había de humano un rato antes, que la reduce a la infame condición de juguete roto al que le han robado por dentro el alma de la gracia.

Y ahora llega la Justicia y dice que sólo hubo abusos en vez de violaciones a destajo. Que no hubo violencia en aquel portal de Pamplona. Que con la catalogación jurídica de abusos sexuales la cosa ya va más que cumplida. Una condena de nueve años que, contado el tiempo que llevan en prisión los terroristas, hará que puedan disfrutar enseguida de privilegios carcelarios. Uno de los jueces ha firmado la absolución porque entiende que lo que hubo entre esos canallas y la chica fue un jolgorio feliz entre jóvenes que querían divertirse. Son tres los jueces que formaban el tribunal de la vergüenza. Pero el clamor que recorría las calles instantes después de conocerse la sentencia iba dirigido no sólo contra ellos sino lo que es mucho peor: los gritos y las pancartas de la rabia se levantaban en las calles y en las plazas contra la Justicia. Esos jueces forman parte de un entramado institucional que casi siempre se muestra inclinado al corporativismo. Claro que hay jueces y juezas que son demócratas y que yo mismo conozco y soy amigo de bastantes de ellos. Pero ha llegado el momento de que esos jueces y juezas se sumen a los clamores de la calle, de que rompan las reglas de juego perverso de una Justicia que viene de los remotos tiempos (o no tan remotos, visto lo que vemos todos los días) de la dictadura franquista. La Justicia es uno de los pozos más negros que agujerean el suelo de un país cada vez más hundido en el desasosiego. Ya va siendo hora de que la separación de poderes sea verdad en vez de un torticero y cruelísimo simulacro. Si echamos un vistazo a lo que está pasando veremos cómo la Justicia selecciona a sus víctimas, las señala con el dedo de sus acusaciones políticamente interesadas y las condena con saña según criterios que, cuando se trata de otros acusados, se convierten en condenas mínimas o en una humillante y vergonzosa absolución. Y cuando la víctima señalada es una mujer, como en el caso de Pamplona y tantos otros, sucede lo peor: esa Justicia convierte a esa mujer en culpable. Y se queda tan ancha.

En enero de 1898, publicó el diario L’Aurore la proclama de Emile Zola por el caso Dreyfus. El título de aquella proclama era clarísimo: “Yo acuso”. Salvando las distancias del tiempo, aquel texto y los gritos de la calle por la condena cínica a los bárbaros de la Manada tienen en común la exigencia de una Justicia que no nos humille a cada paso, que se desprenda de una puñetera vez de esos reaccionarios ropajes ideológicos que convierten la violenta agresión a una mujer y su posterior violación en grupo en unos simples abusos sexuales o en una divertida fiesta entre jóvenes en los sanfermines de hace dos años.

Por eso, y volviendo al principio de esta columna, esto que escribo va claramente contra la Justicia. A mi escaso nivel, comparado con el de Emile Zola, aquí lo dejo escrito. Yo acuso. Y en el extremo del dedo acusador está esa Justicia que hemos de obligar a cambiar profundamente y con urgencia: para que deje de ser esa infamia permanente que nos llena de humillación y de vergüenza.

Artículo publicado originalmente en eldiariocv.es

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