La izquierda revolucionaria ante el poder

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1968: Del “Ensayo General”…

“Un solo Ejército, una sola policía, un solo Estado.” Quien lanzaba esta consigna en Francia, poco después de la “Liberación” no era un político burgués, sino Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista Francés… El significado político de la consigna era transparente: los obreros debían entregar las armas que habían empuñado durante la resistencia contra Hitler y entregarse en cuerpo y alma a la “reconstrucción nacional”. La huelga, se dijo, es “el arma de los trusts”. Había que ganar la “batalla de la producción”. Palabras parecidas se escucharon en toda la Europa capitalista; los trabajadores acataron las órdenes de “su dirección” y la Revolución pareció esfumarse –para algunos definitivamente– de los países donde había nacido. Hubo que esperar 20 años su retorno.

Si la responsabilidad histórica del fracaso del período revolucionario de los años 20 corresponde a la socialdemocracia internacional, el fracaso de la segunda gran ola revolucionaria –que se extendió desde mediados de los años 30 hasta la postguerra– recae sobre el estalinismo. Sin recordar estos hechos, sin situar en la crisis del movimiento comunista el punto de partida, difícilmente puede entenderse la historia política de nuestra época; menos aún puede llegar a ser puesta en práctica una estrategia capaz de conducir al movimiento obrero a la victoria. De que esta tarea se realice depende el porvenir de una tercera fase de ascenso revolucionario, de mucho mayor alcance que todas las precedentes, en la que estamos inmersos desde hace ya algunos años. Mayo de 1968 marca el comienzo de esta fase. Apenas unos meses antes, el FNL vietnamita había obtenido la gran victoria de la ofensiva del Tet. Y unos meses después, lo que se llamó la “primavera de Praga” mostraba la rebelión de los trabajadores checoslovacos contra el poder de la burocracia. Así, casi simultáneamente, resurgían tres frentes donde debe batirse hoy la Revolución

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París, mayo de 1968

El significado especialmente importante de Mayo consistió, por una parte, en el final de las “teorizaciones” sobre la estabilidad indefinida del capitalismo desarrollado: por otra parte, en el comienzo de la pérdida del control indiscutido que las direcciones reformistas tenían sobre el movimiento obrero. La Revolución recuperaba su “actualidad” en el corazón mismo de la Europa capitalista; la clase obrera de estos países renovaba así la tradición de más de cien años de lucha. En esta situación, una nueva generación de militantes revolucionarios se entregaba a la tarea, desde muy diversas líneas políticas, de construir una nueva alternativa revolucionaria.

Durante los ocho últimos años esta “nueva extrema izquierda” ha crecido hasta llegar a representar una fracción significativa del movimiento obrero: ha adquirido una considerable influencia, capaz de desbordar en múltiples ocasiones los limites en que las direcciones tradicionales buscan encerrar las luchas de los trabajadores: ha abandonado el “catastrofismo” de sus primeros tiempos, cuando la sociedad burguesa parecía a punto de derrumbarse, arrastrando con ella a toda la burocracia reformista, cuando todo parecía depender de las “acciones ejemplares” de un puñado de “verdaderos revolucionarios”. Hoy, esta “nueva extrema izquierda” empieza a vivir su hora de la verdad, la lucha en la práctica por la conquista de la mayoría de la clase obrera.

De todas las tradiciones perdidas del movimiento obrero, sin duda la que es preciso recuperar más urgentemente es la tradición del debate político abierto. Con el fin de contribuir a ese objetivo, trataremos aquí de exponer nuestro punto de vista sobre los problemas centrales de la estrategia revolucionaria, en relación con el pasado y el presente del marxismo y de la lucha de clases.

 

… A la Europa “caliente”

Hoy, en la mayoría de los países de Europa Occidental –y con el trasfondo de una crisis económica profunda que afecta, en mayor o menor medida, al conjunto de los países imperialistas–, la conjunción de una serie de procesos abre unas perspectivas optimistas para el movimiento obrero. Las crisis políticas y sociales que se suceden en países como Italia, Francia, Portugal o España: la parálisis parcial que sufre –en el terreno directamente político, como consecuencia esencialmente de la derrota sufrida en Indochina– el imperialismo americano, así como las dificultades que encontraría para poner en pie nuevos “planes Marshall” que vengan en ayuda de las burguesías europeas; la ausencia de gendarme imperialista en el seno mismo de Europa capitalista, pese a los esfuerzos, actuales de la RFA para paliarlo; en fin, y sobre todo, la disposición al combate de una clase obrera que, particularmente en los países a los que antes nos hemos referido, no acepta ser víctima de los nuevos “planes de austeridad” y de intentos de la burguesía dirigidos a restringir el ejercicio de las libertades, toda esta serie de rasgos característicos de la situación actual permite sacar dos conclusiones esenciales:

En primer lugar, la convicción de que la crisis que sacude hoy a la Europa capitalista –y, fundamentalmente, a su zona meridional– tendrá una duración mayor en el tiempo que cualquier otra en el pasado, lo que favorecerá progresos importantes en la auto organización de los trabajadores en las empresas, de los diversos sectores populares en los barrios y pueblos, de los movimientos de mujeres, de jóvenes, de soldados, etc.

En segundo lugar, la profundidad que pueda alcanzar esa crisis –y por lo tanto los progresos logrados por el movimiento obrero– podrá favorecer cambios sustanciales en las relaciones que hoy mantienen las diferentes corrientes del mismo, permitiendo una audiencia muy superior a la actual de las organizaciones revolucionarias.

Estas dos conclusiones, rápidamente descritas, obligan a pensar que en los próximos años vamos a encontrarnos ante una polarización social creciente entre las dos clases fundamentales, burguesía y proletariado, que sin duda va a dar lugar a enfrentamientos inevitables. La tarea de los revolucionarios es pues la de prepararse para ellos, con el fin de que el desenlace de esos combates sea favorable a los intereses de los trabajadores. En resumen, no se trata de “asustarse”, como hacen otras corrientes, ante el “peligro” de esos enfrentamientos, inscritos en la dinámica misma de la lucha de clases, sino por el contrario de prepararse para el estallido de una crisis abierta del poder burgués.

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Como decía Lenin en 1920, “La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas las revoluciones, y sobre todo por las tres revoluciones rusas del siglo XX, es la siguiente: para que haya revolución, no basta que las masas explotadas y oprimidas tomen conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como antes y exijan cambios. Para que haya revolución, es necesario que los explotadores no puedan vivir y gobernar como antes. Sólo cuando ‘los de abajo’ no quieran ya y ‘los de arriba’ no pueden ya continuar viviendo como antes, la revolución puede triunfar”.

La combinación entre “los que no quieren ya” y “los que no pueden ya” vivir como antes –característica de una crisis revolucionaria– es la que ha de permitir la irrupción impetuosa de las masas en la vida política. Y esto significa que comienzan a ocuparse directamente de la política, suprimiendo el monopolio que sobre ésta ejerce en situación “normal” una minoría de políticos, más o menos profesionales, burócratas, sindicalistas, etc. Que pasan por encima de las barreras que hasta ese momento canalizaban su aportación tradicional a la política: elecciones municipales, referéndum… Que se dotan de instrumentos que les permiten expresar esa participación activa en la vida política, poniendo de esta forma en cuestión las instituciones burguesas tradicionales, desde el parlamento al consejo municipal pasando por la administración del Estado burgués. Es a través de ese proceso como pueden llegar a manifestarse la impotencia de la clase dominante para seguir gobernando y la capacidad de los trabajadores para ofrecer una alternativa de poder basada en sus órganos de representación directa.

Evidentemente, cuando hablamos de que “los de arriba” no pueden ya gobernar como antes, no significa que una simple crisis de gobierno o de forma de dominación política basten para que ese fenómeno se produzca. Las sucesivas crisis gubernamentales en Italia, Portugal, etc. en los últimos años lo demuestran. Para que haya esa crisis abierta del poder burgués en el sentido inmediato de la frase de Lenin, es preciso que la burguesía se muestre incapaz, en la práctica, de ejercer el poder, es decir, que llegue a perder la capacidad de iniciativa y de autoridad política que normalmente posee.

En resumen, la descomposición de sectores significativos del aparato estatal; la extensión de órganos de representación del movimiento obrero que ejerzan de hecho tareas de poder y, por último, la crisis de legitimidad de las instituciones que hasta entonces aparecían como órganos de “soberanía popular”, son los tres rasgos esenciales del momento culminante de una crisis política y social profunda.

Las enseñanzas de las luchas de los últimos años en Portugal, Italia, Francia, España, demuestran que llegar a crear las condiciones necesarias para el estallido de esa crisis no es tarea fácil, pero al mismo tiempo han servido para que los revolucionarios, renovando con la tradición de Octubre de 1917, descubran las vías concretas de su realización.

 

De la auto organización al poder obrero

Impulsar, a través de las movilizaciones actuales de los trabajadores, su propia auto organización, su acción independiente de toda colaboración con fuerzas burguesas, no obedece a una simple “fetichización” de una u otra forma de representación más o menos directa de un movimiento en lucha. Responde a la valoración que hacemos del carácter de la revolución socialista futura: para que ésta triunfe, es preciso que los trabajadores lleguen a afirmar su propia autonomía como clase frente a la burguesía y su Estado y al mismo tiempo pongan en pie un nuevo tipo de democracia superior a la que puede existir bajo el capitalismo.

Por ello, la tendencia que han mostrado numerosas luchas en los últimos años a dotarse de una democracia de base asamblearia, la voluntad que han expresado de salir –en el caso de las experiencias más avanzadas– del marco de la fábrica para plantearse cuestiones más generales que afectan a toda la sociedad, todo ello ha de favorecer, en ocasión de las explosiones sociales que han de producirse, no sólo una amplia extensión de la auto organización sino la posibilidad de emergencia real de órganos de poder obrero.

Saber comprender cuál es el proceso de nacimiento y de transformación de los instrumentos de auto organización que pueden constituir la columna vertebral de la confrontación abierta con el poder burgués, ésa es una cuestión que puede ser analizada más concretamente a la luz de algunas experiencias históricas.

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Barricada en Barcelona. Julio de 1936

En el Estado español, en 1936, frente al golpe militar fascista del 18 de julio, una amplia franja de trabajadores, durante los días 19 y 20 de julio, respondió con entusiasmo, pero sin ninguna coordinación, en un primer momento, a escala local. Diversos organismos representativos de los trabajadores surgieron en esos momentos. Los que estaban ligados directamente a la respuesta militar, los comités de milicias, asumieron en la práctica un papel de poder político en Catalunya. El Comité Central de las milicias antifascistas, órgano centralizador durante las jornadas de julio, disponía de tal grado de poder que el gobierno de la Generalitat tuvo que limitarse en un primer momento a la única tarea de confirmar sus decisiones. Pero el gobierno –particularmente las fuerzas políticas pequeño-burguesas que lo configuraban– no podía tolerar esa situación y, después de varios meses, recuperó su “autoridad” propia. Por otro lado, surgían tanto en empresas privadas como en el sector público una multitud de comités que, bajo diversos nombres, ejercían tareas de control sobre la producción y la distribución de bienes. Esos comités de control se extendieron particularmente en ramas del sector público, como los tranvías y el metro de Barcelona, la electricidad, el gas, la Telefónica, los ferrocarriles, la distribución del pan, la aduana, etc., ejerciendo así un poder “administrativo” que corresponde normalmente a una autoridad política, independientemente de que muchos trabajadores que vivían esa experiencia no fueran conscientes de ello. En Catalunya, pues, existía entonces una diversidad de organismos (milicias, comités…) que gozaban de la confianza de amplios sectores de trabajadores y empezaban a impugnar de hecho la autoridad política oficial. Pero su carácter en gran parte disperso, las dificultades de los revolucionarios para coordinarlos y centralizarlos permitieron su posterior recuperación –cuando no fue la disolución pura y simple– por el conjunto de fuerzas que llamaban a reconstruir un Estado que se había revelado impotente frente al golpe militar.

Portugal es otro ejemplo muy aleccionador en este sentido. Después del 25 de abril de 1974, con las luchas reivindicativas de mayo y junio, aparecieron las “Comisiones de Trabajadores”. En aquel momento, se reducían a las grandes empresas de la región industrial de Lisboa. Sólo después del 11 de Marzo del año siguiente –en respuesta, inicialmente, al intento de ‘golpe’ reaccionario–, las “Comisiones de Trabajadores” se extendieron a escala nacional, con características diferentes según los sectores, oscilando entre “embriones” de órganos de cogestión (en las pequeñas empresas del Norte, por ejemplo) y órganos que tienden a buscar un campo de actividades que supera los límites de la fábrica. Y es en este último sentido como se desarrollan muchas de ellas durante el otoño de 1975.

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Revolución de los claveles

La aparición de las “Comisiones de Trabajadores” en Portugal ha sido consecuencia de una combinación entre la incapacidad del nuevo sindicato que se constituía (estructurado todavía por oficios en la mayoría de los ramos) para asegurar las tareas de unificación de los trabajadores en la empresa, y, sobre todo, la necesidad creciente que sentían los trabajadores de salir de la esfera de la empresa, buscando ocupar el espacio que iba dejando la crisis política que sufría la burguesía. Hasta el 25 de noviembre, las “Comisiones de Trabajadores” se ofrecían pues como un instrumento esencial capaz de transformarse en eje de construcción de un nuevo poder. Hoy, su presencia en toda una serie de fábricas demuestra que esa experiencia no ha sido olvidada y que el impulso de esos organismos ha de ser una actividad estrechamente ligada a la construcción de un sindicato basado en la democracia obrera. (1)

Así pues, la tradición de la Comuna de París, de Rusia en 1917, de Alemania en los años 1918-1923, no ha quedado muerta sino que hoy renace con mayor ímpetu, poniendo al orden del día cuestiones que el reformismo había tratado de hacer olvidar: el carácter de clase del Estado burgués, la utopía de toda vía al socialismo que pretenda ignorar la necesidad de la Revolución. (2)

 

Democracia burguesa y democracia obrera

No cabe duda que la lucha por las libertades democráticas, su conquista y defensa frente a todas las restricciones características de los “Estados fuertes” europeos, constituyen una necesidad esencial para el movimiento obrero, y esto en mayor grado aún en los países bajo regímenes dictatoriales.

Pero la lucha consecuente por esas libertades democráticas no se identifica, para los revolucionarios, con la defensa de las instituciones democrático-burguesas que puedan ser puestas en pie o hayan existido durante décadas en los países capitalistas. Evitar que los trabajadores identifiquen la extensión de sus libertades con el sometimiento a la “autoridad” de instituciones como el parlamento no es para nosotros una actitud “izquierdista” (puesto que incluye además una participación electoral en las mismas, mientras no estén las condiciones reunidas para que se plantee abiertamente la cuestión del poder), sino que obedece a las mismas enseñanzas que extraemos de todas las Revoluciones. Así, la burguesía, en todo ascenso revolucionario tiende siempre a oponer la llamada “soberanía popular” –el parlamento basado en el sufragio universal– al poder de los comités, de los consejos, etc., utilizando el falso dilema de “dictadura o democracia”. Eso es lo que hizo en Alemania en 1918-19, y Rosa Luxemburgo respondió claramente:

“No se trata de elegir entre democracia o dictadura; lo que la historia ha puesto al orden del día es democracia burguesa o democracia socialista… Sin la voluntad y la acción conscientes de la mayoría del proletariado, no es posible el socialismo. Para desarrollar esa conciencia, para organizar esa acción, es necesario un órgano de clase: el Parlamento de los proletarios de la ciudad y del campo”. Evidentemente, la adhesión que tienen hoy numerosos trabajadores a las instituciones democráticas burguesas no es algo que se deba a la simple malicia de unas organizaciones reformistas. Obedece a la misma tradición de sumisión que les ha imbuido la clase dominante durante largas décadas en los países donde llegó a realizarse plenamente la revolución burguesa, o a las mismas ilusiones que en esas instituciones ha podido crear el haber vivido durante largos años bajo un régimen dictatorial. Por ello, hacer la experiencia de los límites de esas instituciones en el ejercicio de las libertades no significa que los revolucionarios no tengan en cuenta la importancia de los combates que hagan fracasar los intentos de la burguesía de poner en cuestión conquistas que ella misma protagonizó en el pasado. Pero hacer esas experiencias no implica en absoluto la “teorización” de la necesidad de estabilizar una democracia burguesa como condición para pasar al socialismo. Al contrario, exige que ya desde hoy subordinemos esas experiencias a la preparación del movimiento obrero a confiar en sus propias fuerzas, a no dar “legitimidad” a ningún otro organismo que no surja de sus propias luchas, evitando así que mañana, cuando la polarización de clases se manifieste abiertamente, la burguesía trate de encerrarle en el falso dilema de “dictadura o democracia”. La tendencia a identificar las libertades con el marco –democrático-burgués– en que históricamente fueron conquistadas en muchos países puede ser combatida a través de las mismas experiencias de lucha que desarrollan los trabajadores. En ellas, la atomización que crea el sistema de voto por sufragio universal (frente a la unidad que forja la Asamblea General de la fábrica, con el voto a mano alzada), las restricciones que crea en todos los terrenos el mantenimiento de un aparato represivo y la propiedad privada, pueden ser denunciadas concretamente.

Así, en Portugal el debate que se desarrolló en torno a la prensa, como consecuencia del “caso República”, permitía desvelar abiertamente cómo la “libertad de prensa”, bajo el sistema capitalista, se ve sometida a la existencia de la propiedad privada. Igualmente, en Portugal, las experiencias de control obrero que se han desarrollado ofrecen nuevos ejemplos: mientras que el PS y el PPD hablaban de reforma agraria, de “la justicia” que respondiera a las exigencias de unos campesinos que habían sufrido la miseria durante siglos, esos mismos partidos se opusieron a la decisión de los trabajadores de la CUF de entregar abonos a bajo precio a los campesinos que habían ocupado tierras o fundado cooperativas…

La historia de todas las Revoluciones también nos enseña que la clase trabajadora no debe llegar dividida a la hora de las confrontaciones decisivas que han de producirse. Buscar las vías que sirvan para forjar su unidad en torno a aquellas exigencias que respondan mejor a sus necesidades e intereses de clase, atraer en su actividad cotidiana a todos los sectores mujeres, jóvenes, campesinos… (3) que se rebelan frente a una sociedad que les condena a la “marginación”, todo ello ha de constituir una preocupación constante para todos aquéllos que, rechazando soluciones “intermedias”, se esfuerzan por defender consecuentemente los intereses de los trabajadores.

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Ilustración de este artículo en 1976

En los próximos años, el impulso de la unidad de los trabajadores y de su independencia política se verá favorecido por la respuesta que ofrecerán éstos a un capitalismo que se debate en una crisis profunda. El desarrollo de los órganos de democracia en la base, la necesidad de una defensa cotidiana de las conquistas que progresivamente llegue a imponer, estimularán sin duda una voluntad de unidad que permitirá introducir dentro del conjunto del movimiento obrero los debates que hoy son únicamente asumidos por una minoría: Qué socialismo, qué democracia, qué nuevo “modo de vida” hemos de ir definiendo a partir de la situación actual y de las lecciones a extraer de tantos años de historia del movimiento obrero. Qué vías han de servirnos para llegar a construir una nueva sociedad y evitar la repetición de nuevas derrotas. En la respuesta a todas estas cuestiones la corriente que se reconoce en la tradición de los primeros años de la revolución Rusa y la IIIª Internacional, y que hoy renace con fuerza en la mayoría de los países de Europa Capitalista, ocupará el lugar que le corresponde.

 

 

Notas

(1) Ver, en relación a este tema, Lecciones de Abril, de D. Bensaid, Ch. A. Udry y C. Rossi. Ed. Madrágora. Barcelona, 1976. (2) Una obra “clásica”, insustituible en el tratamiento de estas cuestiones, sigue siendo El Estado y la Revolución, de Lenin. (3) La política de alianzas que ha de desarrollar la clase obrera juega un papel esencial en todo proceso revolucionario. Pero, como enseñaron Lenin y Trotsky, esa política, para que sirva a los intereses de los trabajadores, ha de realizarse bajo la dirección de esta clase y buscando unos marcos orgánicos –los Consejos, organizados sobre una base territorial– que permitan disociar la protesta de amplios sectores de la población de las ilusiones que éstos tienen depositadas en partidos burgueses.

 

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