Inciertas perspectivas en la crisis catalana

La manifestación del 8 de octubre y la propuesta de reforma constitucional introducen dos nuevos factores en la crisis catalana, en un contexto de ausencia de alternativas por parte de las izquierdas a ambos lados del Ebro.

La multitudinaria manifestación del 8 de octubre en Barcelona a favor de la unidad nacional, convocada por la entidad Societat Civil Catalana (SCC), introdujo un nuevo factor en la compleja y convulsa situación política catalana. Hasta entonces la ocupación del espacio público estaba monopolizada por el movimiento independentista. Por primera vez la ciudadanía no independentista realizó no sólo una demostración de fuerza, sino que reveló la existencia de gran masa social contraria a la secesión.

Gran parte del éxito de esta convocatoria radicó en la movilización de miles de trabajadores de los barrios de la periferia del Área Metropolitana de Barcelona que acudieron masivamente a la manifestación para expresar su rechazo a la que entonces parecía inminente Declaración Unilateral de Independencia. Este comportamiento exige alguna explicación. La convocatoria de SCC contó de inmediato con el apoyo de PP y Ciudadanos, unas formaciones situadas a la derecha del espectro ideológico y defensoras del nacionalismo español, mientras que estos sectores sociales han sido tradicionales votantes de los partidos de izquierda: PSUC al principio de Transición, PSC durante los años del pujolismo y últimamente del espacio de los Comunes, la primera fuerza política en las dos últimas elecciones generales celebradas en Catalunya.

Ciertamente en este comportamiento se produjo la excepción de los comicios “plebiscitarios” del 27 de septiembre de 2015, cuando los electores de estos barrios no sólo rompieron con la abstención de dual y selectiva característica de la Catalunya autonómica, sino que apoyaron a C’s como un voto útil para expresar su rechazo a la independencia; aunque muchos de esos mismos electores se decantaron por los Comunes pocos meses después cuando en las elecciones generales el debate político no se centró monotemáticamente en el eje nacional.

Quizás por ello, el PSC envió a última hora una carta a sus militantes invitándoles a asistir a la manifestación, pero eludiendo ser convocantes de la misma. Sin duda esto fue debido a detectar que gran parte de su militancia y su base electoral iba acudir a ella, facilitando extraordinariamente que PP y C’s capitalizaran la movilización. Los socialistas catalanes enviaron una delegación de segundo nivel, sin la presencia de su primer secretario Miquel Iceta, ni de sus alcaldes emblemáticos y con la presencia de su secretario de organización Salvador Illa. No obstante, el discurso de Josep Borrell salvó los muebles al PSC, pues la mayoría de los manifestantes identifica a Borrell con la oferta socialista.

La nutrida presencia de banderas rojigualdas confirió a la manifestación la imagen de una demostración de nacionalismo español frente a las estelades del nacionalismo catalán. Sin embargo, surge la duda si los barrios de la periferia se han convertido súbitamente al nacionalismo español o más bien utilizaron el único espacio viable para expresar su rechazo a la secesión, ante la clamorosa falta de alternativas, cuando no el seguidismo de la izquierda catalana respecto al movimiento independentista. Hemos de tener en cuenta que los trabajadores de estos barrios, procedentes de la emigración del resto de España, mantienen numerosos vínculos afectivos con sus localidades de origen, y se sienten parte de la clase obrera española. Además, no sólo perciben con sordo malestar el discurso xenófobo y antiespañol del movimiento secesionista, sino también que el modelo de país –tanto en términos identitarios como sociales- de las clases medias catalanohablantes, base social del movimiento independentista, tiene poco que ofrecerles.

Prueba de ello es el comportamiento electoral de los distritos obreros en el “referéndum” del 1-O, si otorgamos credibilidad a los datos de la Generalitat. La participación en el 1-O en Badia del Vallès, uno de los municipios con  la renta más baja de Catalunya fue del 19,15% mientras que en Matadepera con una de las rentas más altas fue 65,25%; en Santa Coloma de Gramenet la participación se cifró en el 17,78%, mientras en Vic ascendió al 50,02%; en Santa Coloma fue del 21,74% y en Olot del 48,11%. Unos datos que desmienten el mantra del Sol poble (Un solo pueblo) de cierta izquierda bien pensante, mostrando la profunda dualidad identitaria y social que atraviesa Catalunya y que el proceso soberanista ha contribuido a exacerbar.

 

Penetración de la izquierda independentista

Ciertamente uno de los grandes éxitos del movimiento independentista ha sido sacar de la agenda política la cuestión social y sustituirla por el pleito nacionalista; un terreno siempre favorable a las clases dominantes. Ahora bien, no deja de causar estupor el grado de penetración del nacionalismo pequeñoburgués entre sectores de la izquierda social, política y sindical en Catalunya y en España.

Desde luego esto no es nada nuevo, pero ahora ha llegado a un punto extremo como demuestra el alineamiento de Podemos y Catalunya en Comú con las campañas propagandísticas del independentismo, pero también con la intensa polémica en el seno de CNT y CGT. En principio, anarquismo y nacionalismo son teóricamente incompatibles, pues resulta una contradicción en los términos, desde una perspectiva libertaria, apoyar la constitución de un nuevo Estado.

Aquí conviene señalar la notable capacidad de influencia ideológica de la CUP cuyo discurso ha logrado penetrar en estas organizaciones con la tesis que el movimiento secesionista brinda una gran oportunidad para derribar el régimen del 78 y provocar transformaciones políticas y sociales a ambos lados del Ebro. Este seguidismo respecto a la CUP, donde militan los sectores más radicales de las clases medias, expresa la falta de alternativas propias en la cuestión nacional por parte de estas organizaciones. Un vacío colmado por la izquierda independentista.

Así, pues, mientras las bases sociales y electorales de la izquierda se manifestaban en Barcelona con banderas españolas, las organizaciones que, en principio, debían representarlas se alinean tras las esteladas. De modo que existe el peligro que estas capas sociales acaben apoyando a las opciones que representan al nacionalismo español conservador, ante la connivencia de los Comunes y otras organizaciones a la izquierda del PSC con el movimiento independentista. A pesar de sus contradicciones, el PSC podría jugar un importante papel para evitar esa inquietante deriva de la clase trabajadora catalana hacia el españolismo que favorecía extraordinariamente un conflicto civil entre ambos nacionalismos. Aunque persisten serias dudas si los socialistas españoles y catalanes estarán a la altura de las circunstancias.

El comportamiento de la izquierda catalana, pero también de la dirección estatal Podemos cada vez más alineada con el movimiento independentista, suscita una profunda decepción en quienes postulamos la República Federal como el marco de convivencia en términos de igualdad y fraternidad entre los pueblos de esta piel de toro, por citar al gran poeta catalán Salvador Espriu. Por expresarlo gráficamente, aquellos sectores sociales que constituirían en Catalunya la base social de la corriente hacia la Tercera República, se hallan escindidos y alineados detrás de la rojigualda y la estelada. Dos banderas incompatibles con este proyecto y con el riesgo cierto que la monarquía parlamentaria española salga reforzada del desafío independentista como la garante de la unidad nacional y el nacionalismo español revivido y fortalecido.

 

Reforma constitucional

Los dos partidos puntales del régimen del 78 han manifestado su voluntad de abrir un proceso de reforma constitucional. Al borde del abismo, el PP -a instancias del PSOE, la verdadera columna vertebral de la monarquía parlamentaria-, ha percibido la necesidad de ofrecer una respuesta política a la profunda crisis política, institucional y territorial planteada desde Catalunya. De este modo, se contesta a las fundamentadas críticas del movimiento independentista sobre la ausencia de alternativas políticas por parte del Estado, más allá del recurso a jueces y policías. También, en parte, da la razón a quienes sostienen que el desafío secesionista era la única manera de provocar cambios en las estructuras del régimen del 78. Y, aunque de manera distorsionada, apunta a aquella constante de la historia contemporánea del país que hace de Catalunya uno de los  motores de los cambios políticos y sociales de España.

Quizás este movimiento de fondo llegue demasiado tarde para las bases sociales del independentismo que ya ha desconectado política, afectiva y simbólicamente con cualquier oferta que venga de España. Ahora bien, la reforma constitucional se configura como la única alternativa para la supervivencia de la monarquía parlamentaria mediante su renovación y actualización, en el marco de las tantas veces anunciada segunda transición. Se abre, pues, una incierta perspectiva de cambios institucionales donde las ahora migradas fuerzas que propugnan la República Federal deberían combatir para transformar la reforma constitucional en un auténtico proceso constituyente.

Libros relacionados:

Travesia de la nada   El catalanismo, del éxito al éxtasis El catalanismo, del éxito al éxtasis