Los herederos de Marx

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1.- LA HERENCIA Y SUS ALBACEAS

La disputa sobre la herencia y los herederos de Karl Marx ha hecho correr ríos de tinta surtidos por mala sangre marxista y no marxista al menos desde que a finales del siglo pasado Eduard Bernstein, el albacea testamentario de la obra de Marx y de Engels, escribiera aquella conocida provocación de que “el objetivo final, sea cual sea éste, no es nada para mí; el movimiento lo es todo”. Pero ésta no fue solo una historia de ríos de tinta, de polémicas académicas acerca del sentido del marxismo o de disputas teóricas sobre la estrategia a seguir por las masas proletarias para alcanzar su liberación; fue también una historia de enconados combates que terminó, al menos provisionalmente, con la derrota de la clase obrera alemana revolucionaria. Probablemente Rosa Luxemburgo, a quien se debe una refutación del reformismo social que ha pasado a la historia como texto clave del marxismo posterior a Marx, no podía prever siquiera por entonces que aquel gran partido socialdemócrata cuya degradación teórica estaba criticando en 1900 iba a colaborar veinte años después en su asesinato.

Una historia de sangre, pues, en la que la vertida por Rosa fue solo su porción en el holocausto obrero organizado por una burguesía agresivamente imperialista con el apoyo directo o indirecto de quienes propiciaban una transición pacífica, ordenada, regulada, al socialismo, y no porque los protagonistas de este debate fueran particular y personalmente partidarios de la violencia indiscriminada o de resolver toda cuestión por la vía de las armas, sino porque, como había explicado Marx, la violencia es una realidad inherente a la sociedad capitalista.

En efecto, ya la expropiación que priva a la gran masa del pueblo de la tierra, de los medios de vida y de los instrumentos de trabajo, la llamada prehistoria del capital, está marcada por toda una serie de métodos violentos, tiene lugar –dice Marx en El Capital– “con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más odiosas”. De igual modo, también la lucha parcial del trabajador por limitar la duración de la jornada de trabajo y la resistencia del capitalista a ello produce constantemente un conflicto que se decide, que se resuelve, por la fuerza, por la violencia: “Así hay, pues, una antinomia, derecho contra derecho, sellados ambos por la ley del intercambio mercantil. Y entre dos derechos lo que decide es la violencia.” ¿Cómo no pensar que así iba a ser también cuando llega a su culminación el proceso de concentración de empresas y de centralización de capitales? ¿Cómo no pensar que la violencia se impondría también en ese proceso por el cual la mayoría de los capitalistas son expropiados progresivamente por unos pocos y esta minoría, por último, expropiados por la gran mayoría del pueblo, por la masa del pueblo? Bernstein, y con él –aunque más cautamente– una buena parte de los dirigentes parlamentarios y sindicalistas de la socialdemocracia, negaba esa previsible conclusión del proceso revolucionario porque, en su opinión, la premisa principal de Marx no se estaba cumpliendo. Esto es: no había concentración empresarial, no había centralización de capitales, no había polarización social, sino todo lo contrario: una situación en la que las crisis estaban en vías de superación, en la que la pequeña y media burguesía crecía, en la que, finalmente, hasta el proletariado podía ir conquistando parcelas de poder económico y gubernativo que harían innecesario el asalto al poder político.

No había, por tanto, meta final, porque la meta final era algo que se estaba conquistando día a día con los votos para el parlamento, con las cooperativas, con la participación activa en las tareas de las empresas. Para aquellos dirigentes sindicales la huelga misma y en especial la huelga política de masas era un instrumento que había dejado de ser útil a la clase obrera, un método de lucha atávico que debía ser abandonado a las minorías anarquistas desesperadas, o, a lo sumo, una reminiscencia del jacobinismo blanquista entre la clase obrera avanzada alemana.

Así empezaba una interpretación de la herencia de Marx, una exégesis que contaba formalmente con el beneficio de estar en posesión de documentos inéditos no sólo de Marx sino también del último Engels, los cuales podían ser manipulados a conciencia de acuerdo con los intereses tácticos inmediatos.

Friedrich Engels

Friedrich Engels

La primera manipulación se había producido ya en vida de Engels cuando ciertos escritos de éste y señaladamente su prólogo de 1895 a Las luchas de clases en Francia fueron publicados incompletos, limados de sus puntas más revolucionarias. Aquellos “marxistas” pretendieron –y en cierto modo lo consiguieron, pues hasta hace relativamente pocos años no se ha conocido la versión completa del llamado “testamento político de Engels”– hacer del compañero de Marx uno más en el coro de los pacíficos justificadores de una vía parlamentaria, electoral, al socialismo. Es cierto que la conclusión de Engels en aquel escrito ponía el acento en la importancia de aprovechar las posibilidades de la legalidad capitalista vigente, y muy particularmente el sufragio universal, como camino hacia la conquista del poder por la clase obrera no sólo en Alemania sino también en otros países europeos. Con ello Engels trataba de adaptar, de acuerdo en esto con los dirigentes social-demócratas, los métodos de lucha de las clases trabajadoras a los cambios de circunstancias que se habían producido en Europa desde los días de las leyes de excepción y de las persecuciones contra los socialistas. Hasta aquí el acuerdo. Negar que en los últimos escritos de Engels hay un cambio de tono con respecto a las ilusiones revolucionarias de los años cuarenta, o incluso con respecto a los relativamente más cercanos acontecimientos que dieron lugar a la Comuna de París, sería además de absurdo un falseamiento de la historia. El viejo Engels, como también –por lo demás– el viejo Marx, vio seguramente con un optimismo excesivo el avance de la propaganda legal del socialismo y juzgó, tal vez apresuradamente, demasiado débil al enemigo. Por ello acentuó su polémica con el anarquismo y con el blanquismo insistiendo cada vez con más fuerza, como había hecho el propio Marx, en su idea de siempre de la revolución realizada por la mayoría del pueblo, no por los partidos y menos por las sectas.

Pero hay una línea muy nítida de separación entre el lúcido realismo estratégico del último Engels y el oportunismo reformista de los Bernstein y de los sindicalistas y parlamentarios “marxistas” alemanes de la época. Esa línea pasa precisamente por la parte de la argumentación de Engels censurada en su “testamento”, por la afirmación explícita de la necesidad de la revolución.

Y tampoco en este caso por exaltación de la violencia o por seguir manteniendo la palabrería de otras épocas (como en gran parte hicieron luego los sindicalistas “revolucionarios” a lo Sorel, para acabar alabando las violencias del fascismo mussoliniano), sino por consciencia histórica revolucionaria, casi habría que decir: por sano sentido común revolucionario. Engels sabía que la mayoría parlamentaria es insuficiente para que el proletariado llegue a conquistar el poder, y en aquel mismo escrito dejaba constancia del carácter probablemente ineludible que en el proceso revolucionario tiene ese otro elemento de la lucha política que es la fuerza. No porque el proletariado desee imponer por la fuerza la transformación de la sociedad capitalista, ni por el atraso cultural de las masas populares (como solía aducir entonces y como sigue aduciendo todavía hoy la propaganda burguesa), sino precisamente por el previsible hecho de que el enemigo de clase se aferra al poder haciendo uso de la superioridad militar que le da el aparato de estado.

Ya un par de años antes el propio Engels había tenido que salir al paso de una tergiversación parlamentarista de su pensamiento: “Para empezar, yo no he dicho que ‘el partido socialista conquistará la mayoría y entonces tomará el poder’. Al contrario, he subrayado que hay diez probabilidades contra una de que la clase dominante utilice la violencia contra nosotros mucho antes de alcanzar ese momento: pero esto nos llevaría del terreno de la mayoría de votos al terreno de la revolución”. Y en una carta a Lafargue (12-II-1892): “…..el valor del sufragio universal consiste para nosotros en que muestra con toda exactitud el día en que hay que echar mano a las armas para hacer la revolución; hay incluso diez probabilidades contra una de que, si los trabajadores utilizan con habilidad el sufragio universal, los Círculos dominantes se vean obligados a transgredir la legalidad, es decir, a colocarnos a nosotros en la posición más favorable para llevar adelante la revolución”.

Ningún canto a la violencia, pues; simple reconocimiento del importante grado de probabilidad de que el enemigo acuda a la fuerza, y realista conclusión en el sentido de que la clase obrera y sus organizaciones habrán de estar preparadas para esa eventualidad.

En cualquier caso, para justificar la tesis reformista el “marxismo” socialdemócrata alemán de la época iba a dar un paso más. No bastaba con manipular al viejo Engels; había que salvar el escollo de las declaraciones explícitas de Marx particularmente sobre el tema de la dictadura del proletariado. Pues Marx había aludido en diferentes ocasiones a la necesidad de una fase intermedia, de transición del capitalismo al comunismo, en la que el proletariado en el poder se vería obligado a dominar despóticamente para someter a los antiguos explotadores, para llevar a la práctica las medidas necesarias que garantizarán la conquista de la democracia, esto es, la democracia real para la mayoría de la población. Fue preciso, por tanto, interpretar el “Mensaje de marzo de 1850 a la Liga de los Comunistas”, escrito por Marx en colaboración con Engels y en el cual se habla en concreto de las medidas que la clase obrera alemana se vería obligada a tomar en el probable (entonces parecía probable) caso de un estallido de la revolución, como un documento de inspiración blanquista sin continuidad en la obra de los fundadores del marxismo; fue preciso recontar las veces que el término ‘dictadura del proletariado’ aparecía en la obra de Marx, para concluir, erróneamente, que se trataba de un concepto escasamente documentado y por ende de perfiles no muy definidos.

Pero también en este caso la nueva interpretación de Marx, su revisión desde el punto de vista reformista, chocaba no sólo con los textos sino con la realidad. En 1852 Marx escribía en una carta a J. Weydemeyer, hoy muy conocida y sólo ignorada por quienes quieren taparse los ojos ante los hechos, entre otras cosas, lo siguiente: “Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases va unida solo a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases”. Y en 1852 Marx había roto ya con los blanquistas, había disuelto el comité central de la Liga de los Comunistas, no veía posibilidades revolucionarias inmediatas en Europa y estaba fundamentalmente dedicado al trabajo preparatorio para la redacción de lo que habría de ser El Capital. Dicho de otro modo: no estaba influido por el blanquismo sino que precisamente lo criticaba de forma abierta e incluso con crueldad; no estaba imbuido por el apasionamiento de la proximidad de la revolución sino, en lo esencial, centrado en el trabajo científico de recogida de material para la redacción de una crítica de la economía política. Más tarde, en 1871, Marx identificaría con la Comuna de París la dictadura proletaria; y todavía más tarde, en 1875, combatiendo contra aquella “especie de democratismo que se mueve dentro de los límites de lo autorizado por la policía y vedado por la lógica” (el programa de Gotha del Partido Socialista Obrero de Alemania), Marx escribía:

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición cuyo estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.”

2.- LENIN Y ROSA: RETORNO A MARX

herederos de Karl Marx. Lenin maquillado (julio 1917).

Lenin maquillado (julio 1917). Foto realizada para un pasaporte a nombre de K. Ivanov, obrero de una fábrica de armas.

Cuando un autor declara que su aportación al estudio de la sociedad ha sido entre otras cosas (y hay que reconocer que Marx es aquí modesto) la demostración de que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado; cuando luego ve la materialización de la dictadura del proletariado en el primer gobierno –aunque efímero– obrero que ha existido en la historia; cuando, finalmente, combatiendo al mismo tiempo contra la ilusión anarquista acerca del estado y contra la degradación estatalista del propio marxismo, reafirma su concepción al respecto, ponerse a contar cuantas veces sale el término en su obra era (y es) una tarea inútil, de eruditos académicos o de potenciales mixtificadores de la realidad existente. Precisamente contra esa corriente de dilapidadores de la herencia de Marx, frente al “marxismo” de cátedra y el reformismo, Rosa Luxemburgo en Alemania, y Lenin en Rusia representaron a principios de este siglo el aire sano de la recuperación del marxismo vivo, concorde además con la apreciación realista de las cosas nuevas, de los movimientos nuevos.

En su recuperación del pensamiento de Marx ambos trataron de dar además una explicación del hecho de la degradación de la socialdemocracia alemana. Pues la manipulación de los textos de Engels o la tergiversación de la herencia y los herederos de Karl Marx no podía ser sino la manifestación de una realidad más profunda, de una realidad que afectaba directamente a sectores no despreciables de la clase obrera europea (en especial inglesa y alemana): esa realidad nueva era el imperialismo y, con éste, la potencial degradación ideológica y política de las capas superiores más favorecidas del propio proletariado en los países dominantes.

Ambos también vieron con rapidez y en profundidad el dilema entre reforma y revolución que se abría para la clase obrera, reafirmándose (frente a Bernstein y los “revisionistas”) en las tesis de Marx acerca de la anarquía creciente de la producción capitalista, acerca de la tendencia histórica a la agudización de las contradicciones básicas de la sociedad burguesa así como acerca del proceso de concentración monopolista de empresas y capitales en tanto que factor objetivo que mina el sistema… Y por encima de las diferencias que les enfrentaron en cuestiones como la organización del partido político de la clase obrera, el derecho de las naciones a la autodeterminación, el arranque de la construcción del socialismo en la URSS o la interpretación de las crisis en el capitalismo según Marx, Lenin y Rosa restauraban de nuevo la concepción marxiana del período de transición sabiendo ver la distinción cualitativa existente entre la “democracia” burguesa y la “democracia” proletaria.

herederos de Karl Marx, por Fernández Buey. Rosa Luxemburgo.

Rosa Luxemburgo

Probablemente el camino más fácil para comprender la identidad de criterios en tantas cosas y las diferencias de talante y de concepción propias del marxismo de Lenin y de Rosa Luxemburgo sea una “lectura paralela” de los textos escritos por uno y otro entre 1900 y 1917. La simple enumeración de sus publicaciones desde la polémica de 1903 sobre el tema de la organización y los respectivos trabajos sobre la primera revisión de Marx (Rosa: Reforma o revolución, 1900; Lenin: Marxismo y revisionismo, 1907; Lenin: Un paso adelante, dos pasos atrás; Rosa: Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, ambos de 1904), o sobre la revolución rusa de 1905 (Rosa: Huelga de masas, partido y sindicato; Lenin: Las enseñanzas de la insurrección de Moscú, ambos de 1906), o sobre la definitiva crisis de la socialdemocracia al estallar la primera guerra mundial (Lenin: La bancarrota de la II Internacional, 1915; Rosa: La crisis de la socialdemocracia, 1916), etc. da ya una idea de la identidad de preocupaciones. En cuanto a la diversidad de enfoque y de talante, el propio lector puede comparar por sí mismo los textos. Aquí me voy a limitar a establecer un breve parangón de las posiciones de ambos en torno a la revolución rusa de 1905.

Los herederos de Karl Marx, por Fernández Buey. Lenin.

Mientras, durante los años que están entre los dos siglos, se mantuvo la situación de relativa “normalidad” de la lucha de clases, la tesis gradualista de ocupación progresiva de las instituciones y aprovechamiento de la legalidad se fue imponiendo sobre todo en Alemania; al mismo tiempo las concesiones en el plano sindical por parte de los dirigentes del proletariado iban en aumento. Por eso mismo quienes estaban en contra de la táctica exclusivamente parlamentaria habían basado su argumentación hasta entonces en la defensa de los principios marxistas y en la crítica de reformismo como utopía derechista. Pero cuando en 1905 estalla la revolución rusa los más sensibles entre los revolucionarios europeos vuelven sus ojos hacia ella en busca de enseñanzas, de “lecciones históricas” aplicables también en sus respectivos países. Rosa Luxemburgo estuvo entre éstos.

A partir del conocimiento de los acontecimientos rusos Rosa formula su hipótesis de la huelga política general de masas. Según este planteamiento la respuesta a la utopía reformista la están dando ya las mismas masas obreras y populares. Se trata, precisamente, de la huelga política de masas convocada, no por decreto o planificación del partido, sino por las nuevas instituciones independientes y unitarias de los obreros rusos, los soviets. Eso es lo que, según Rosa, habría que hacer también en la Alemania del momento: crear la psicología, el estado de ánimo necesario entre las masas para que éstas impulsen la huelga general. El elemento que palía, pues, la insuficiencia de la combinación de rutina sindical y lucha parlamentaria es la preparación psicológica, ideológica y política de las masas para la huelga política general.

Lo que Rosa supo ver antes que la mayoría de los revolucionarios de la época (y, desde luego, antes que Lenin) fue la importancia de las instituciones político-sindicales que la clase obrera rusa había creado espontáneamente durante aquella revolución. Y ese fue seguramente el rasgo más peculiar del talante político de Rosa Luxemburgo durante toda su vida: captar los elementos nuevos, revolucionarios, que brotan de la acción misma de las masas, dejar que esos elementos se desarrollaran por sí mismos con la consideración de que la tarea central de la dirección en la lucha obrera y popular no es ordenar, planificar, sustituir, sino sencillamente orientar, preparar.

Lenin, que en ese momento no da todavía gran importancia al hecho central del surgimiento de los soviets y que incluso ve en esos organismos de la clase obrera enojosos competidores, va, en cambio, más lejos que Rosa en otro sentido. Probablemente sin conocer el texto completo del “testamento político de Engels” se fija, sin embargo, en el elemento central: los cambios técnico-militares producidos desde 1848. Y ello porque tiene en cuenta también el elemento central de la revolución de 1905: la derrota de la insurrección (Rosa no habla de la derrota; sólo reflexiona sobre los aspectos positivos de la experiencia rusa); no niega el carácter espontáneo o semi-espontáneo de la huelga general y del arranque de la insurrección. Pero eso es, justamente, lo que le parece insuficiente. Y por ello concluye lo contrario que Rosa: “Hoy debemos, en fin, reconocer públicamente y proclamar bien alto la insuficiencia de las huelgas políticas”. La reflexión de Lenin sobre la revolución de 1905 empieza precisamente en el punto en que termina la reflexión de Rosa: el carácter de la insurrección en el futuro, la lucha por ganarse al ejército.

Tal era el talante político de Lenin.

3.- ¿Y HOY?

Hoy suele decirse que el marxismo ha entrado ya a formar parte de la cultura occidental; que es, como el cristianismo, como el liberalismo, como la consciencia histórica ilustrada, parte integrante del acervo cultural del occidente. Afirmaciones de éste o parecido tenor se hacen desde ángulos y posiciones políticas diferentes, con finalidades varias e incluso contrapuestas, todas las cuales constituyen un abanico que abarca desde sectores minoritarios de las iglesias católica y protestante hasta militantes revolucionarios pasando por intelectuales de formación liberal.

herederos de Karl Marx, por Fernández Buey. León Trotski

León Trotski

Pero, por otra parte, parece ser también una constatación habitual la de que seguir empleando hoy el término marxismo sin más aclaraciones se presta a confusión. El dato en el cual se basa ese generalizado juicio es el florecimiento de escuelas teóricas “marxistas” contrapuestas y la multiplicación de partidos, movimientos, organizaciones o grupos que se declaran marxistas. La conclusión que suele sacarse de la repetida observación de ese dato es que el marxismo está en crisis, pues lo que ocurre en él a partir sobre todo de los años sesenta no sería una mera disgregación teórica sino una división real, con raíces en la dispersión y división real de la principal de sus fuentes: el movimiento obrero entendido como movimiento internacional.

Lo que de esos dos tipos de afirmaciones sale a la luz es una situación, al menos a primera vista, contradictoria.

De un lado estaría el hecho difícil de negar de que apenas quedan ya historiadores burgueses académicos o sociólogos burgueses académicos (cultos, por supuesto) que no admitan estar utilizando el marxismo como método de trabajo. Un marxismo, pues, que crece, que se desarrolla, que gana adeptos incluso en sectores importantes de la burguesía, que tiene que ser aceptado hasta por no pocos miembros individuales de la clase social contra la cual combate. Ese desarrollo está documentado en todos los continentes por el aumento de las ediciones de los “clásicos” y por la constante progresión de las ventas en librerías de textos escritos por pensadores, economistas, filósofos e historiadores marxistas.

Y pese a ello, los más lúcidos de entre los pensadores marxistas de esta hora no dejan de describirnos una situación de crisis en la teoría y de desorientación en la práctica. Basta con recordar aquí el prólogo de Louis Althusser (1965) a Pour Marx, en el que pone de manifiesto la pobreza del marxismo francés anterior a los años sesenta; o las declaraciones de Lukács en 1966 recogidas en el libro Conversaciones con Lukács; o la intervención de Valentino Gerratana en el simposio de 1 971 celebrado en Roma acerca del marxismo italiano de los años sesenta; o la más reciente declaración de Lucio Colletti en la entrevista concedida a la revista New Left. Todos ellos, desde diferentes perspectivas y con orientaciones para el futuro que en ocasiones difieren de forma bastante sustancial, coinciden en poner de manifiesto el carácter escolástico, dogmático, acrítico del marxismo del período estaliniano, pero también el raquitismo y la pobreza, desde el punto de vista del conocimiento de las realidades presentes, del llamado “marxismo occidental”.

¿Crisis de crecimiento, por tanto? Esa es una opinión, desde luego; bastante difundida y que suele recurrir para su fundamentación a la comparación con el desarrollo del cristianismo. Viejo motivo ya utilizado por el propio Engels y, después de él, por tantos otros en los primeros años de este siglo. Pero si no se quiere pasar por la excesiva generalidad de la filosofía hegeliana de la historia tal vez pueda decirse que lo característico de esta crisis es la disgregación de los dos aspectos sustanciales y complementarios de la concepción de Marx: el marxismo como ciencia y el marxismo como programa de transformación revolucionaria o comunismo crítico.

Esa separación probablemente tiene su base determinante en el hecho de que la revolución proletaria triunfará por vez primera en uno de los estados más atrasados de Europa desde el punto de vista de la maduración de las contradicciones capitalistas propiamente dichas, de manera que, por así decirlo, el principio general de la teoría de Marx y el principio de la realidad entraban en conflicto. Gramsci lo definió muy plásticamente al hablar de “revolución contra El Capital” y (aunque probablemente exageraba al ver demasiadas connotaciones positivistas en Marx) esa fórmula sigue reflejando todavía bien una perplejidad de la cual el “marxismo occidental” no acaba de saber cómo salir. Máxime si se tiene en cuenta que “la excepción” rusa ha sido seguida por las “excepciones” china, cubana, vietnamita, etc. hasta convertirse, al menos hasta el momento, en regla de las revoluciones.

herederos de Karl Marx, por Fernández Buey. Antonio Gramsci.

Antonio Gramsci

La división que esa “perplejidad” creó en el marxismo de occidente fue resuelta en la mayoría de los casos de forma unilateral: o bien afirmando la supuesta teoría de El Capital contra los hechos revolucionarios rusos –como en el caso de la socialdemocracia–, o bien afirmando la voluntad, la práctica revolucionaria del proletariado ruso contra la degradación positivista y cientificista de la doctrina –como en el caso del joven Gramsci o del joven Lukács. La complementación subjetividad/objetividad, teoría de la sociedad/voluntad revolucionaria se rompe así en el dilema entre cientificismo o ideologismo sobre el cual lo mejor que ha producido el marxismo contemporáneo es, posiblemente, reflexión histórica.

Esto explicaría, por una parte, el hecho de que la producción más sólida del marxismo hoy suela ser el análisis de la situación de los países dependientes donde no existen todavía las condiciones de maduración que Marx preveía para la construcción del socialismo, y, por otra parte, la relativa sorpresa con que fueron acogidos en occidente los sucesos de 1968. A ello hay que añadir que la reflexión histórica acerca de, por ejemplo, el carácter de los acontecimientos revolucionarios de los años veinte o de la crisis de los años treinta no siempre se integra en la fundamentación de las estrategias de la clase obrera en Europa. El riesgo de una situación así es que el marxismo acabe convirtiéndose en ciencia de los dominadores e ideología de los oprimidos. O sea, para decirlo nuevamente con Gramsci, que El Capital se convierta en el libro de la burguesía mientras el proletariado actúa únicamente por voluntad revolucionaria. Riesgo, porque si esa voluntad no tiene detrás teoría que fundamente la práctica política siempre puede recaer en una mera mímesis de las actitudes y hábitos dominantes en la sociedad capitalista.

Esto es, en parte, lo que está ocurriendo ya en la Europa occidental, y no sólo en ella. Como en el momento de la primera crisis, reaparecen en ciertos medios marxistas, junto a la comparación con el cristianismo (a veces falseando la historia del mismo y, con ella, también la historia del marxismo), algunos de los temas característicos del debate sobre el “revisionismo”.

Cabecera del artículo original de Francisco Fernández buey publicado en el número 1 de El Viejo Topo (1976).

Cabecera del artículo original de Francisco Fernández buey publicado en el número 1 de El Viejo Topo (1976).

No es casual el que en un momento de “pausa relativa”, de relativa estabilidad del capitalismo, el testamento político de Engels vuelva a asaltar a los textos marxistas de hoy. No es casual e incluso seria un buen síntoma si no fuera porque… otra vez empieza a citarse a Engels como le citaba la socialdemocracia alemana, esto es, censurando su reflexión sobre los cambios militares y olvidando sus advertencias acerca de la relación entre mayorías parlamentarias y revolución.

Y lo mismo podría decirse acerca del tema de la dictadura del proletariado, tan negativamente popularizado hoy por el PCF. Sorprende que tantos años citando peyorativamente a Bernstein no haya dejado en las cabezas de los actuales liquidadores de la concepción marxiana de la dictadura del proletariado ni siquiera el recuerdo de las argumentaciones de aquel a quien en otro tiempo combatieron. Pues si al menos hubiera quedado un poso de las críticas de aquellos años empezarían a descubrirse nuevamente a sí mismos en Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Ábrase el libro por el capítulo III, apartado C, titulado “Democracia y socialismo” (pág. 120 y ss. de la edición castellana de Fontamara) y se encontrarán la mayor parte de los argumentos actuales sobre la democracia y el Estado en los países civilizados superiores, que decía Bernstein.

Y ahora ábrase este otro: Felipe Rodríguez, Crítica de la Unidad Popular, Chile 1970-1973: Orrego –periodista de la línea Frei en la democracia-cristiana chilena– formula una estrategia que él llama “la táctica de los generales rusos”. Consiste en dejar que el enemigo avance de tal manera en territorio adverso que le sea imposible abastecer sus líneas de vanguardia, por lo que finalmente se quiebra el centro de estabilidad de sus operaciones.

“En este caso ‘el Moscú’ de Allende –continúa Orrego– es la paralización del transporte y del comercio y será en la profundización de ese conflicto en donde se gestarán los elementos de su propia debilidad interna; al no poder sustituir la infraestructura en conflicto”.

Entre uno y otro texto han pasado ochenta años. Y en esos ochenta años, Lenin (con su formulación de lo que es en realidad, no ahistóricamente, en abstracto, la “democracia” burguesa y la “dictadura” proletaria) y Gramsci (con su formulación de la estrategia del paso de la guerra de movimiento y del ataque frontal a la guerra de posición y del cerco recíproco). Aunque no lo parezca.

 

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