Entre un solo pueblo y la tercera Catalunya

Posible salida a la situación catalana
Desde la izquierda catalana algunas voces ensayan una salida a la actual dinámica frentista. Unas propuestas bienintencionadas pero que carecen de las bases políticas e ideológicas para romper con la infernal lógica de los bloques enfrentados.

El proceso independentista ha provocado el estallido del concepto de un sol poble (un solo pueblo) atribuido a Josep Benet y que Jordi Amat remonta a un conferencia impartida en Badalona en 1968 en un acto de homenaje a Pompeu Fabra. Es decir, poco después de la feroz polémica entre Benet y Jordi Solé Tura a propósito del pensamiento de Prat de Riba y los orígenes burgueses y conservadores del catalanismo, vertida en su obra Catalanisme i revolució burgesa, recientemente reeditada por El Viejo Topo, y antes que Josep Termes, en respuesta a Solé Tura, elaborara la teoría de las raíces populares del catalanismo que serviría de base teórica a la política asumida por el PSUC en la Transición. Unas tesis actualmente retomadas por los Comunes.

En el contexto de la época, se trataba de impedir la consolidación de dos comunidades enfrentadas por la identidad y la clase, que podía alimentar una suerte de neolerrouxismo; aunque aquí la izquierda catalana asumió acríticamente los postulados del nacionalismo conservador sobre el lerrouxismo, sin entrar en un análisis digno de tal nombre sobre las causas del éxito del Emperador del Paralelo, cuando la clase trabajadora era catalana y no se habían producido las sucesivas oleadas inmigratorias provenientes del resto de España.

La Assemblea de Catalunya fue el marco de difusión y extensión de esa teoría del catalanismo popular y de izquierdas que buscaba combinar la emancipación social con la lucha por las libertades nacionales de Catalunya. La represión del franquismo contra el movimiento obrero y el catalanismo facilitó que las organizaciones de izquierda las asumiesen como propias. Al fin y al cabo, las reivindicaciones a favor de la recuperación de las instituciones de autogobierno y el uso oficial, a todos los niveles, de la lengua catalana formaban parte de un programa democrático y entroncaban con las tradiciones de la Segunda República.

La crisis industrial, que quebró la espina dorsal del movimiento obrero, y la llegada al poder de Jordi Pujol trastocaron este proyecto, pues conviene aclarar que la consigna de un sol poble no se correspondía con la realidad, sino más bien con la expresión de un deseo para una futura Catalunya democrática, socialmente avanzada y cívicamente cohesionada. Una sus manifestaciones más emblemáticas se produjo en la Diada de 1977 celebrada bajo el lema: Més que mai un sol poble (Más que nunca un solo pueblo).

Por un lado, la dureza de la crisis, que destruyó el modelo fordista de acumulación capitalista –con sus grandes fábricas y concentraciones obreras que facilitan su organización política, sindical y vecinal, como ha analizado magníficamente Sebastian Balfour– acabó con las perspectivas de trabajo estable y aumento sostenido del nivel de vida para dar paso al paro masivo y la precariedad laboral, como indicó en la década de 1990 James Petras. Por otro, la política cultural y lingüística del pujolismo de carácter asimilacionista, que desechó el bilingüismo de los primeros compases de la transición, provocó una aculturación masiva de los trabajadores de lengua castellana, considerados una suerte de catalanes de segunda clase, cronificando su situación de “otros catalanes” descrita por Francisco Candel.

Quizás si esta política asimilacionista hubiera estado acompañada por un ciclo económico expansivo habría tenido alguna posibilidad de éxito. Ahora bien, el cóctel de precariedad laboral y segregación cultural era demasiado fuerte para ser viable. En realidad, durante el pujolismo se produjo un movimiento de unificación ideológica e identitaria de las clases medias catalanohablantes, en clave nacionalista, mientras en paralelo se asistía a la deestructuración social y la aculturación de la clase trabajadora castellanohablante.

Desde el punto de vista político, la conversión de CCOO en un sindicato burocrático, pero sobre todo la implosión del PSUC (1981) destruyó a los principales agentes de ese catalanismo popular y de izquierdas que de todos modos carecía de perspectivas de futuro, si nos atenemos a la colusión de los dos procesos arriba citados. El PSC devino el partido hegemónico de la clase trabajadora y heredó gran parte de los planteamientos del PSUC respecto al catalanismo progresista, como se evidenció en su defensa de la política lingüística de la Generalitat y particularmente de la inmersión lingüística.

En realidad, durante las más de dos décadas de hegemonía convergente, la consigna del sol poble se convirtió en un significante vacío, en la medida en que se iban consolidando y profundizando las distancias entre las dos Cataluñas. Sin embargo, el mero hecho de señalar esa dualidad identitaria y social era severamente criticada por anticatalanista, bajo la acusación de querer resucitar el lerrouxismo. La izquierda catalana no solo no combatió esta inquisición ideológica, sino que fue incapaz de plantarle cara y aún menos de plantear un modelo alternativo. La expresión política de esa inoperancia fue la llamada abstención dual y selectiva de los barrios obreros, que votaban PSOE en las generales, pero que se abstenían en las autonómicas, convertida en un rasgo característico de la Catalunya autonómica y fundamental para entender las reiteradas victorias electorales de Pujol.

Ciertamente podría argüirse que, en las dos almas del PSC, se concentraban estas contradicciones –como una Catalunya en miniatura– aunque resulta innegable que los cuadros medios del partido, los llamados “capitanes”, procedentes de los barrios de la inmigración, estaban subordinados a las élites catalanistas que lo dirigían, en un reflejo del funcionamiento de las verdaderas relaciones de poder en el país. El estallido del partido y la integración de las élites catalanistas en ERC resulta expresiva de la polarización del país, haciendo imposible la convivencia en la principal organización política donde convivían representantes de las dos Cataluñas.

El historiador Marc Andreu, en un interesante artículo publicado en Crític,  imputa a las izquierdas su incapacidad para defender y actualizar el legado del catalanismo popular del PSUC como vía para volver a hacer de Catalunya un sol poble. A nuestro juicio, el autor incurre en un error de óptica, pues acaso en Catalunya nunca hubo un solo pueblo y cuando quizás emprendió el camino para serlo, la vía se vio bloqueada por la crisis industrial y las políticas asimilacionistas del pujolismo. El catalanismo popular fue un desiderátum ideológico, enmarcado en los momentos finales de la dictadura y los primeros compases de la Transición, que posteriormente devino un obstáculo para que las izquierdas catalanas fuesen capaces de combatir y levantar una alternativa a la hegemonía del nacionalismo conservador. Por tanto, la reedición del mismo que propugnan ahora los Comunes está condenada al fracaso. Los brillantes resultados obtenidos por C’s en los barrios metropolitanos de Barcelona y Tarragona constituyen un aviso en toda regla que a esos sectores sociales no les interesa gran cosa una reedición del catalanismo popular.

 

Una, dos y tres Cataluñas

El proceso independentista se ha revelado como una máquina de enfrentar y dividir. El sistema de partidos ha saltado por los aires: Convergència i Unió ha desaparecido; ICV y EUiA se aprestan a disolverse en los Comunes, cuyas aspiraciones hegemónicas se han evaporado; PSC, escindido, es un pálido reflejo de lo que fue. Una división que ahora también ha llegado a los sindicatos CCOO y UGT a raíz de su participación en la manifestación independentista del 15 de abril. Para ser ecuánimes, una elevada responsabilidad de este desolador paisaje corresponde al PP que, desde la presidencia de José María Aznar, emprendió bajo la égida de la FAES el rearme ideológico del nacionalismo reaccionario español. Otra máquina nacionalitaria implacable para enfrentar y dividir a los pueblos de este país.

El periodista Lluís Bassets, en un vibrante artículo en la edición catalana de El País, titulado La tercera Cataluña, advierte con preocupación: “hasta que empezó el Procés, había una sola Cataluña (…) donde había una Cataluña ahora ya hay dos. Dos pueblos, cada uno con su lengua, si se empeñan los esencialistas de cada bando. Y dos pueblos exclusivistas en su propósito de secuestrar la representación del conjunto. La Cataluña independentista se cree la continuación y maduración de la Cataluña histórica, y la Cataluña constitucionalista se considera expresión de la única Cataluña posible”. A nuestro juicio, el Procés ha hecho emerger las dos Cataluñas que ya existían previamente. Una, tapada bajo las ambigüedades estructurales del autonomista pujolista que, como indica el propio Bassets, incubaba un “proyecto secreto secesionista”. La otra silenciada e invisibilizada política y mediáticamente.

La extrema polarización de la sociedad catalana, espoleada por el Procés, ha destruido el escenario ficcional de un sol poble y de un catalanismo transversal mostrando con toda su crudeza la auténtica realidad dual del país, alimentada por décadas de pujolismo. También –todo hay que decirlo– por los tripartitos de izquierdas que situaron en el centro de su acción política la reforma del Estatut de Autonomia, que nadie reclamaba, que está en la génesis política del proceso soberanista. Una polarización que, al llevarse por delante la abstención dual y selectiva de los distritos metropolitanos, ha propiciado el ascenso de Ciutadans, una fuerza situada extramuros del catalanismo transversal y que ha crecido por la inoperancia de la izquierda a la hora de combatir el nacionalismo/independentismo.

Bassets propugna, como Josep Maria Vallès, la emergencia de una tercera Cataluña con el objetivo de romper con la actual dinámica frentista excluyente y con la capacidad para “incluirlas a ambas”. Ahora bien, esta propuesta, noble y encomiable, carece de un sustento político e ideológico por parte de las izquierdas federalistas y acaso también por las sectores autonomistas del catalanismo, ya que ambos parecen haber sido devorados por los extremos más fundamentalistas de esas dos Cataluñas.

De este modo el conflicto posee todos los componentes para cronificarse, al menos, durante una generación. Eso si antes no surgiese en España una potente propuesta en clave republicana y federal que ni el PSOE, ni Podemos, parecen estar en disposición de liderar. El PSOE porque la república no aparece entre sus prioridades, y Podemos porque apuesta por un proyecto confederal. Como decía Hegel, la historia suele desarrollarse por su peor parte y la situación en Catalunya y España parece darle la razón. Mientras tanto, continúa lenta, pero imparable, el proceso de degradación de las instituciones estatales y autonómicas surgidas de la Transición.

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