El príncipe de Lampedusa en Barcelona. De CDC a PDC

El príncipe de Lampedusa en Barcelona. De CDC a PDC
El pasado fin de semana la antigua y ahora extinta Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) encaró el denominado congreso de refundación. El cónclave estuvo determinado por la rebelión de los delegados que ampliaron los estrechos márgenes de la renovación cosmética concebida por la dirección y por las incertidumbres del éxito de la operación.

El cónclave se desarrolló con bastante retraso respecto a los tiempos políticos reales. De hecho esta refundación hubiera sido más creíble si se hubiera encarado en el XIV Congreso de Reus (2012), cuando se adoptó como objetivo programático la consecución de un Estado propio y Oriol Pujol accedió a la secretaría general del partido. La imputación de Oriol Pujol por el caso de las ITV (marzo de 2013) y, sobre todo, la autoinculpación de Jordi Pujol, el 25 de julio de 2014, señalaron el final de trayecto de una formación, confundida con la figura del patriarca y refundador del catalanismo conservador, que había ocupado durante casi tres décadas la centralidad política en Catalunya. De hecho, Pujol y su delfín Artur Mas han gobernado el país durante 36 años en los 43 de régimen autonómico.

Desde entonces el declive de CDC ha sido lento pero sostenido. El giro soberanista alimentó el crecimiento y el sorpasso de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) como formación hegemónica del nacionalismo catalán. De este modo, ERC sobrepasó a CDC en las europeas de mayo de 2014 y volvió a hacerlo en las generales del 20D. En las generales repetidas del 26J, ERC superó a CDC en número de votos en las cuatro circunscripciones catalanas. En sólo cinco años Convergència ha cedido la mitad de su electorado. Así, en las generales de 2011, obtuvo más de un millón de votos, mientras que el 26J solo logró 480.000, En el mismo periodo ERC ha pasado de 240.000 a 630.000 votos. Además, en ciudades como Barcelona o Tarragona, CDC ha quedado relegada a la posición de quinta fuerza política. La circunstancia que la presión de las entidades soberanistas Assemblea Nacional de Catalunya (ANC), Òmnium Cultural y Associació de Municipis per la Independència (AMI) doblegasen a ERC para concurrir unidos en la candidatura de Junts pel Sí (JxSí) evitó, probablemente, que Esquerra también hubiese superado a Convergència en los últimos comicios al Parlament de Catalunya. Tanto es así que todo parece indicar que ERC no volverá a repetir la experiencia en ninguna contienda electoral.

El declive electoral ha ido unido no sólo al estallido de numerosos casos de corrupción, sino a la ruptura de la histórica coalición y después federación con Unió Democràtica de Catalunya (UDC), y también a la forzada renuncia de Artur Mas, considerado el principal activo de la formación, a la presidencia de la Generalitat tras el veto de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP).

El príncipe de Lampedusa en Barcelona. De CDC a PDCEl nombre y la cosa

El cónclave empezó con mal pie y estuvo precedido por las manifestaciones públicas de Mas postulándose él mismo y la vicepresidenta Neus Munté para codirigir la formación, mientras la nueva denominación se mantenía como el secreto mejor guardado. Unos métodos que no gustaron en amplios sectores del partido.

El malestar de los delegados al congreso estalló en forma de motín el viernes, cuando el responsable de comunicación, Jordi Cuminal, anunció la propuesta de la dirección para denominar al nuevo partido Catalans Convergents o Més Catalunya. Esto levantó tal alud de críticas que obligó a la dirección a recular y crear una comisión específica para estudiar el tema. La irritación de las bases explotó debido no sólo a sus discrepancias por los nombres propuestos, sino también por los viejos métodos autoritarios empleados por la dirección. En efecto, tras haber anunciado a bombo y platillo que el congreso se desarrollaría de manera transparente y participativa, la militancia comprobó cómo el asunto se planteaba con los viejos métodos de siempre. Decimos militancia para que se nos entienda, pues según la nueva terminología, los militantes de la formación pasan a llamarse socios, como si se tratase de una empresa o una entidad cívica.

Finalmente, se propusieron tres denominaciones: Junts per Catalunya (JxC), Partit Nacional Català (PNC) y Partit Demòcrata Català (PDC). Todas las propuestas tenían sus inconvenientes. La primera porque parasita abiertamente a la coalición gubernamental JxSí lo cual podría provocar un gran disgusto en ERC. La segunda porque cuestiona la reiterada tesis del nuevo independentismo de masas en el sentido que son independentistas pero no nacionalistas y que además remeda el nombre que se esgrimió a principios de 1980 cuando se produjo la fusión con Esquerra Democràtica de Catalunya de Ramon Trias Fargas y Macià Alavedra y que fue expresamente vetada por Pujol, pues a su juicio impedía recoger el voto útil de sectores conservadores pero de referencia nacional española como los provenientes del estallido de la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez. La tercera porque entra en colusión con Demòcrates de Catalunya, la escisión independentista de Unió que ya anunciado su intención de acudir a los tribunales para impugnar estas siglas que inducen a la confusión, aunque más parece que debido a la dependencia política de los escindidos que ocupan cargos en JxSí todo quedará en agua de borrajas. Finalmente, se impuso esta tercera denominación, a pesar que Mas y Puigdemont propugnaron en la primera votación el nombre de JxC y en la segunda la del Partit Nacional. Toda una señal que las bases exconvergentes no están dispuestas a transigir con los modos presidencialistas y autoritarios de Mas.

Este enfrentamiento de las bases del partido con su dirección se hizo aún más evidente cuando éstas impusieron la definición ideológica independentista, frente a la propuesta soberanista de Mas que permitiría incluir a sectores no estrictamente secesionistas y partidarios del “derecho a decidir” en la nueva formación. Del mismo modo, los delegados impusieron el termino de “unilateralidad” del proceso soberanista en el caso que fracase una solución pactada con el Estado español.

La misma pauta se siguió con la propuesta de conferir a la copresidencia, a la que aspiran Mas y Munté, de poderes ejecutivos que han quedado limitados a funciones institucionales y de representación. También se planteó otra batalla respecto al régimen de incompatibilidades que las juventudes del partido querían resolver a la vasca; es decir, que fueran incompatibles los cargos institucionales con los del partido. Aquí, la dirección consiguió pactar una fórmula transaccional que permitiría a Munté, pero también a Jordi Turull, actual presidente del grupo parlamentario de JxSí y el preferido por la actual dirección, acceder al cargo de coordinador general (secretario general) del partido. Para orillar este obstáculo se aprobó que puedan compaginarse las responsabilidades institucionales con las del partido, siempre que se tenga una “dedicación preferente” al partido. Algo realmente extraño cuando el objetivo de los cargos electos de JxSí es nada menos que conducir al país a la independencia. En cualquier caso, y debido al nivel de las disensiones internas, Turull acaba de retirar su hipotética candidatura. En cuanto al resto de los once miembros restantes de la dirección, éstos podrán ser diputados o alcaldes si su municipio no supera los 100.000 habitantes, siempre que su “dedicación prioritaria” sea al partido. El próximo 23 de julio se celebrarán las elecciones internas para elegir a los copresidentes, uno masculino y otro femenino, al coordinador general y los 11 miembros de la ejecutiva.

El príncipe de Lampedusa en Barcelona. De CDC a PDCOperación cosmética

La primera conclusión del cónclave es que la dirección del partido nucleada en torno a Artur Mas ha quedado debilitada al no poder imponer ni la denominación del partido, ni la línea ideológica “soberanista”, ni el régimen de incompatibilidades apetecido. Tanto es así, que según diversas crónicas periodísticas, muchos militantes se preguntaron si la renovación iba en serio y si era posible llevarla a cabo con la viejas caras de siempre (léase Mas, Homs, Turull o Munté). En este sentido, no pueden descartarse sorpresas en los comicios internos del 23 de julio.

La propaganda y la retórica renovadora calaron en una parte de la militancia que se opuso con relativo éxito a la operación cosmética diseñada por la dirección, de fuerte sabor lampedusiano. En realidad, el cónclave, más allá de su difusión mediática, no ha supuesto ningún cambio apreciable en la formación, ni desde el punto de vista ideológico pues se reafirma el giro independentista que arranca en el Congreso de Reus de hace cuatro años, ni se apunta a una renovación en los dirigentes de la formación. Incluso, la denominación que sería la principal, por no decir única novedad, no es tampoco tan rompedora. De hecho, las siglas PDC (Pacte Demòcratic per Catalunya) fueron utilizadas en las primeras generales (1977) en la coalición liderada por Jordi Pujol (CDC) y donde participaron EDC, PSC (Reagrupament) de Josep Verde Aldea y Front Nacional de Catalunya (FNC) de Jaume Cornudella.

La Convergència pujolista, fundada en 1974, demostró poseer una gran capacidad de adaptación a los cambios de la sociedad catalana. En la década de 1970, cuando la sociedad catalana basculó hacia la izquierda, Pujol se presentó como un socialdemócrata cuyo modelo era Olof Palme, a pesar de provenir de Banca Catalana y aglutinar a amplios sectores de la burguesía catalana. En la década de 1980 y 1900 abrazó las tesis neoliberales hegemónicas en Europa, sin renunciar a cierto socialcristianismo. Ahora, cuando la sociedad catalana vuelve a girar hacia la izquierda, dirigentes como Josep Rull propugnan una reconversión socialdemócrata de la formación, frente al sector liberal de Germà Gordó cuyas posibilidades de disputar la secretaría general del partido son bien escasas dada su supuesta implicación en la conspiración urdida por el ex director de la Oficina Antifrau de la Generalitat y el ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, para desbancar a la dirección independentista de CDC.

En cualquier caso, difícilmente el neonato PDC podrá disputar el espacio del independentismo de izquierdas a ERC que, a su vez está sosteniendo una dura pugna con En Comú Podem para ocupar la hegemonía en la izquierda catalana. Todo ello dificulta extraordinariamente que el partido recupere la perdida centralidad política.

En septiembre, Carles Puigdemont habrá de superar una moción de confianza que, dependiendo del voto de la CUP, podría desembocar en la disolución de la cámara y la convocatoria de elecciones anticipadas. Esta sería la primera prueba de fuego electoral de la formación. En este supuesto se despejaría el papel de Puigdemont y la incógnita de si se consolida como líder institucional en la Generalitat y con Mas como hombre fuerte del partido, o como un simple sustituto de Artur Mas.

Imagen de portada: fake (montaje fotográfico) que corrió por twitter el día del congreso
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