“El hereje y el cortesano”

Retrato Gottfried Willhelm von Leibniz

La Haya, noviembre de 1676

Es una suerte que vivamos en una época en la que la Filosofía es considerada como algo inofensivo. Según se acercaba el otoño de 1676, sin embargo, Baruch de Spinoza tenía motivos suficientes para temer por su vida. Poco antes, uno de sus amigos había sido ejecutado, y otro había muerto en la cárcel. Los esfuerzos para publicar su obra definitiva, la Ética, habían concluido entre amenazas de interposición de un proceso criminal. Un destacado teólogo francés se refirió a él como “el hombre más impío y peligroso del siglo”. Un poderoso obispo le denunció como “este hombre loco y malvado, que merece ser encadenado y azotado”. Para el público en general era conocido simplemente como “el judío ateo”.

Entre quienes parecían impacientes por llevar al filósofo infiel ante la justicia se encontraba un joven cortesano y erudito llamado Gottfried Wilhelm Leibniz. En una carta personal dirigida a ese mismo teólogo francés, Leibniz calificaba la obra de Spinoza de “horrible” y “espantosa”. Hablando con un famoso profesor se refirió a ella como “intolerablemente insolente”. A un amigo le confió, “Me parece lamentable que un hombre evidentemente tan culto haya caído tan bajo”.

MELODIAY sin embargo, en la privacidad de su estudio, Leibniz llenaba sus cuadernos de notas con meticulosos comentarios acerca de los escritos de Spinoza. Intercambiaba cartas secretas con su némesis pública, dirigiéndose a él como “célebre doctor y profundo filósofo”. Por mediación de amigos comunes le pidió que le dejase examinar una copia manuscrita de la Ética. Y el 18 de noviembre de 1676, o más o menos por estas fechas, viajó a La Haya y visitó a Spinoza en persona.

LEIBINZ LLEGÓ A HOLANDA en barco. Tenía treinta años y estaba muy bien colocado para poder reclamar el título de último genio universal de Europa. Había descubierto ya el método matemático que denominamos el cálculo (con posterioridad a, pero independientemente de, Isaac Newton). Llevaba en su equipaje su máquina aritmética de calcular —una pequeña caja de madera llena de engranajes y diales que puede contarse entre los ancestros más tempranos del moderno ordenador. Había empezado a redactar la larga lista de sus contribuciones a campos como la química, la cronometría, la geología, la historiografía, la jurisprudencia, la lingüística, la óptica, la filosofía, la física, la poesía y la teoría política. “Cuando uno […] compara sus propios pequeños talentos con los de un Leibniz”, escribió Denis Diderot en la Encyclopédie, “uno se siente tentado a tirar sus libros a la basura y a quedarse encogido en un rincón oscuro esperando pacíficamente el momento de morirse”.

Llevaría seguramente su característica peluca y vestiría su espléndido abrigo de viaje y la clase de chaleco florido, bombachos hasta las rodillas y medias de seda que tan de moda estaban por entonces en París. “Es tan poco frecuente que un intelectual vista correctamente, que no huela mal y que tenga sentido del humor”, comentaba con aprobación la Duquesa de Orléans. Era más bien pequeño de estatura, tenía una nariz indisimulable y una mirada viva e inquisitiva. Inclinaba siempre la cabeza medio palmo por delante de sus encorvados hombros y nunca sabía qué hacer con los brazos. Sus piernas, se decía, estaban tan retorcidas como las de Caronte —el viejo y huraño barquero de los muertos. Navegando por los canales cubiertos de hojas de La Haya, con los faldones de su abrigo aleteando azotados por el viento otoñal, debía de tener todo el aspecto de una exótica ave de presa cubierta de oropeles.

Todo esto lo compensaba con una gran elegancia mental, o eso era al menos lo que opinaban sus contemporáneos.  “Es un hombre que, a pesar de su insignificante apariencia exterior, es perfectamente capaz de hacer lo que promete”: de esta forma le recomendó un barón alemán al ministro de asuntos exteriores de Luis XIV. Encontrarse con Leibinz venía a ser como sentirse arrastrado a una corriente de pensamiento. Los escritos que brotaron de su pluma llenan más de 150.000 pliegos en los archivos de Hanover y todavía no han sido exhaustivamente editados. Pero también había algo escurridizo en él —un aire de impaciencia que no podía reducirse simplemente a la pasajera inquietud propia de un hombre joven. A veces daba la impresión a sus interlocutores de que, por debajo de una deslumbrante efusión de palabras, todavía quedaba algo sin decir. “Me encanta este hombre”, dijo en cierta ocasión una princesa expresando su malhumor, “pero me irrita que cuando habla conmigo lo trate todo de un modo tan superficial”.

"El hereje y el cortesano"

Casa de Spinoza en La Haya donde tubo lugar el encuentro.

SPINOZA VIVÍA EN una casa de ladrillo junto a un canal llamado Paviljoensgracht en las afueras de la parte norte de la ciudad, a pocos pasos del típico paisaje llano y lleno de molinos de viento que han hecho famoso los artistas holandeses de la época. Todavía no había cumplido los cuarenta y cuatro años y solamente le quedaban tres meses de vida. Las obras que justifican la fama que alcanzaría posteriormente ya estaban terminadas. Con su Tractatus Theologico-Politicus, se consagró como uno de los primeros grandes teóricos del moderno estado secular y como uno de los precursores de los artífices de la Constitución de los Estados Unidos. Con su Ética, se anticipó a algunos de los desarrollos filosóficos y científicos de dos y en ocasiones tres siglos más tarde. “Ser un seguidor de Spinoza”, dijo en cierta ocasión Hegel, “es el comienzo esencial de toda filosofía”. Y cuando a Einstein le preguntaban si creía en Dios, se dice que contestaba: “Yo creo en el Dios de Spinoza”.

No era ni alto ni bajo, tenía un “cuerpo bien formado”, “un rostro hermoso”, y una “fisonomía agradable”, según comentarios de diversos observadores. Tosía frecuentemente, pero por lo demás apenas manifestaba exteriormente su precario estado de salud. Tenía un cutis oliváceo; una cabellera crespa que le caía sobre los hombros, según la moda de la época; un bigote fino; unas cejas arqueadas, largas y espesas; y unos ojos lánguidos y oscuros —“de modo que, por su aspecto, podía fácilmente deducirse que descendía de una estirpe de judíos portugueses”, en palabras de un comentarista.

Spinoza vivía en una habitación realquilada en casa de un afable pintor y su bulliciosa familia, que aparentemente se llevaban muy bien con el ateo del piso de arriba. De día, se dedicaba a pulir lentes para hacer microscopios y telescopios. De noche, a la luz de una vela, pulía su sistema metafísico. En cierta ocasión permaneció en su habitación durante tres meses seguidos, y solamente pedía, a cualquier hora, que le subieran la comida, normalmente consistente en una especie de gachas de leche y pasas. De acuerdo con el inventario hecho después de su muerte, poseía dos pares de pantalones, siete camisas y cinco pañuelos. Su único lujo era una cama con dosel y cortinas de color rojo que había heredado de sus padres.

Sin embargo, Spinoza no era un hombre tan sencillo como su forma de vivir podría sugerir. Los amigos y conocidos que le visitaban a menudo veían algo enigmático en él, una curiosa combinación de cautela y atrevimiento, de modestia y arrogancia, de frialdad lógica y pasión rebelde. Era un hereje con el talante de un auténtico creyente, un santo sin religión. Tenía esa clase de carisma capaz de inspirar una de esas devociones que dura toda la vida; pero también tenía un talento excepcional para hacer enemigos.
SPINOZA NO DEJÓ constancia del hecho —o en todo caso, no dejó ninguna que haya sobrevivido a los esfuerzos de sus editores póstumos, uno de los cuales resultó ser el principal contacto de Leibniz en Holanda. Por su parte, Leibniz, en los cuarenta años que le quedaban de vida, hizo todo lo posible por evitar el tema.

Cuando le presionaban, Leibniz decía que había hecho un alto en casa de su colega filósofo mientras estaba “de paso” por La Haya. Y añadía que habían estado juntos “unas cuantas horas” y que simplemente habían intercambiado “unas cuantas anécdotas relativas a cuestiones propias del momento”. Y respecto a la filosofía que podía haber adquirido durante ese viaje, afirmaba creer que era tan mala que no valía la pena “perder el tiempo refutándola”.

Nada de ello era cierto. De hecho, Leibniz viajó a La Haya con el propósito específico de conocer al filósofo más famoso de la ciudad, y estuvo en ella durante al menos tres días. Según reconocía él mismo, conversó con su anfitrión “varias veces y por extenso”. Y estas discusiones desbordaron ampliamente los límites de una conversación cortés sobre temas de actualidad. La única prueba material que ha llegado hasta nosotros de aquel encuentro consiste en una simple hoja de papel en la que, según explicita una nota al pie de la misma, Leibniz escribió un breve texto en presencia de Spinoza y que le leyó luego en voz alta. Contiene una prueba de la existencia de Dios.

El hereje y el cortesano

Gottfried Wilhelm Leibniz

Las pistas más importantes relativas a los acontecimientos de La Haya, sin embargo, deben buscarse entre líneas en la filosofía de Leibniz. El análisis de algunos de sus escritos no publicados revela claramente que se produjo un cambio decisivo en el tono y en la sustancia de sus reflexiones durante los días de su visita a Spinoza. En el sistema metafísico que hizo público por vez primera diez años después de su regreso de Holanda, además, no hay influencia más importante, más problemática, más extrañamente bipolar y menos reconocida que la de Spinoza.

Poco antes de cumplir sesenta años, Leibniz finalmente pareció admitir que su interés de juventud por Spinoza había sido más que circunstancial. “Sabes que una vez fui un poco demasiado lejos y empecé a decantarme del lado de los spinozistas”, escribió, poniendo estas palabras en boca de un personaje de ficción en un diálogo que finalmente decidió no publicar. Pero incluso esta tardía y reprimida confesión subestima la profundidad, complejidad y duración de la relación que tuvo con su colega filósofo. De hecho, el encuentro con Spinoza fue el acontecimiento más decisivo en la vida de Leibniz. Todo lo que había sucedido antes parece apuntar a este encuentro en busca de resolución; y todo lo que sucedió después apunta hacia el mismo en busca de una explicación.

EL SIGLO XVII FUE una época deslumbrante y combativa; un tiempo de efervescencias espirituales seguidas de guerras religiosas, guerras civiles, revoluciones, invasiones y actos de limpieza étnica; de un crecimiento explosivo del comercio internacional, de la formación de los imperios globales, la rápida urbanización de las principales capitales, inevitablemente acompañada de plagas e incendios épicos; y, por lo menos a ojos de una selecta minoría, de un nuevo tipo de ciencia que nacía trayendo consigo todas las promesas de un dios en reposo. Los historiadores posteriores se han referido a esta época como “el siglo del genio”; pero la opinión más fundamentada del momento consideraba mayoritariamente que lo que mejor la caracterizaba era una excepcional perversidad. Pero si hay un hilo que atraviesa el rico y confuso tapiz de la vida en el siglo XVII, es que esta fue una época de transición —un tiempo en que el orden teocrático de la era medieval estaba dejando paso al orden secular de la modernidad.

El hereje y el cortesano

Baruch de Spinoza

Spinoza no inventó el mundo moderno, pero tal vez fue el primero que lo observó bien. Fue el primero que intentó dar respuesta a las viejas preguntas de la filosofía desde una perspectiva claramente moderna. En su sistema filosófico, presenta un concepto de Dios perfectamente acorde con el universo revelado por la ciencia moderna —un universo exclusivamente regulado por la causa y el efecto de las leyes naturales, sin propósito ni diseño. Describe qué significa ser humano una vez que nuestra pretensión de ocupar un lugar especial en la naturaleza ha caído hecha añicos. Prescribe un método para encontrar la felicidad y la virtud en una era en la que los viejos teólogos han perdido credibilidad. Y aboga por un sistema de gobierno democrático y liberal, el más adecuado para una sociedad plural e interiormente fragmentada. El suyo es el primer y más arquetípico ejemplo de una respuesta activa a la modernidad —una afirmación del mundo moderno que hoy en día asociamos principalmente con el liberalismo secular.

Leibniz no era menos clarividente que su rival, ni menos abiertamente ambicioso. También él tenía fe en el poder orientador de la razón, y fue esta razón la que le impelió a realizar su viaje a La Haya. Pero aquellos dos hombres que se conocieron un ventoso mes de noviembre pertenecían a su época de dos formas muy diferentes. En lo relativo a las circunstancias de su nacimiento, posición social, aspiraciones personales, hábitos alimenticios, concepción de la moda, y el número casi infinito de pequeños detalles que constituyen lo que llamamos carácter, el glamuroso erudito de Hanover y el virtuoso revolucionario de La Haya eran casi totalmente incompatibles. Y es casi imposible encontrar dos mejores ejemplos de la máxima que dice que el carácter es la filosofía.

En gran parte como resultado directo de su encuentro con Spinoza, Leibniz llegó a representar su propia respuesta original y antitética a los desafíos planteados por la era moderna. En sus escritos filosóficos articula una estrategia para recuperar algunas de las viejas ideas sobre Dios y el hombre mediante un análisis de los límites de la razón. Busca descubrir el significado y el propósito de la vida en todo aquello que la modernidad no logra comprender. Presenta una visión de la sociedad moderna unida en su objetivo de alcanzar una concepción de la justicia y de la caridad que trascienda el interés egoísta. Su sistema metafísico es el paradigma de una respuesta reactiva a la modernidad —o a lo que hoy en día asociamos principalmente con el conservadurismo religioso.

En las versiones más ampliamente aceptadas de la historia de la filosofía, Spinoza y Leibniz son considerados como dos de los principales representantes de un programa metafísico especulativo que hace mucho sucumbió al progreso académico.* De hecho, adoptando una visión más amplia de los acontecimientos, está claro que los dos filósofos más grandes del siglo XVII no han sido superados, y probablemente deberían ser considerados conjuntamente como los fundadores del pensamiento moderno. Vivimos en una época definida por su reacción frente a Spinoza y a todo lo que representa su filosofía. Y no hay formulación más persuasiva de esta reacción que la filosofía que Leibniz desarrolló durante los largos años que siguieron a su regreso de Holanda. Los debates contemporáneos relativos a la separación entre la Iglesia y el estado, el conflicto de civilizaciones y la teoría de la selección natural, para citar sólo algunos ejemplos, son continuación de la discusión que se inició aquel mes de noviembre de 1676. Todavía hoy, los dos hombres que se encontraron en La Haya representan los dos polos de una elección que todos estamos obligados a hacer, y que de algún modo, implícitamente, ya hemos hecho.

* Los puntos de vista presentados en este libro deben mucho al trabajo de varios académicos recientes. Al mismo tiempo, algunas de las conclusiones relativas a Leibniz, Spinoza, a la relación entre ellos y a su importancia para el pensamiento moderno no dejan de ser polémicas. Con el propósito de mantener la atención centrada en los temas principales, sin embargo, casi todas las discusiones de la literatura secundaria las he remitido a la nota sobre las fuentes que se encuentra al final del libro.

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Edición del tercer centenario:

MELODIA