El ciudadano ilustre

El ciudadano ilustre

A través de un ficticio premio Nobel de Literatura argentino, esta película utiliza las implicaciones de la ficción para desplegar un gran humor negro y apuntar sugestivas cuestiones sobre el fruto de la narrativa y su relación con la realidad, un vínculo de compleja gramática y puntuación.

Aunque las fechas de distribución han hecho coincidir este estreno en España con el murmullo desatado por la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, las cuestiones que aborda esta película argentina tienen su centro en otras controversias literarias. El Nobel a Dylan ha hecho cuestionar una vez más cuáles son los límites de lo que se entiende por Literatura, ha evidenciado la mediatización del premio más importante en este campo y ha puesto en evidencia el papel del galardón como herramienta de difusión mundial de una obra literaria. “El ciudadano ilustre” cuestiona la motivación e inspiración de un escritor, el papel de un artista en la sociedad, la relación de su obra con la realidad y el efecto que ésta tiene en el mundo, todo ello realizado con una mirada cargada de ironía y humor negro.

El ciudadano ilustre

El filme arranca con unas primeras frases pronunciadas durante la entrega del Nobel en las que el protagonista, el escritor argentino Daniel Mantovani, señala que el recibir este premio no solo indica el ocaso de su carrera sino la prueba de que él se ha convertido en un escritor cómodo para las élites, una característica que va en contra de lo que debería ser la literatura. Así inicia este laureado afincado en Barcelona un periodo sin escribir y de reclusión, hasta que varios años después decide volver al pueblo argentino de su infancia, Salas, lugar al que no ha regresado en cuarenta años pero que es el emplazamiento en el que transcurre toda su narrativa. Este hecho puede hacer pensar en Macondo y la localidad de Aracataca de García Márquez, autor que además ganó el Nobel en 1982. Sin embargo, el escritor colombiano no ha sido el único en ubicar su obra en un punto geográfico concreto. La ficticia Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti es otro gran ejemplo, siguiendo una tradición que en Latinoamérica se remonta al padre literario que es Juan Rulfo. Este escritor mexicano transformó su San Gabriel en la localidad de Comala, en un paralelismo y posible deuda a la decisión literaria del también premio Nobel William Faulkner, fundador del condado de Yoknapatawpha para ficcionalizar su condado natal de Lafayette. El también ficticio Daniel Mantovani no es la sombra de ningún escritor real, pero su obra si está plagada de sombras humanas reales que viven en Salas, transformadas en personajes de ficción dentro de sus novelas.

El ciudadano ilustreMuchos escritores emplean su propia biografía para nutrir sus páginas, creando una extraña deuda y traición con las personas reales en la que se inspiran. Es una decisión que debate la pregunta de si el acto de creación artística corta los ligámenes con su alter ego real, independizándolo de su referente. Así lo defiende Mantovani, ajeno a la realidad de que varios de los habitantes de su pueblo no le esperan con los brazos abiertos sino con resentimiento por cómo han sido tratados en sus libros, tanto ellos como su localidad. De este modo se establece en la película un diálogo sobre la responsabilidad humana del escritor pero también sobre su labor como crítico social. Mantovani crítica su realidad y, si bien el mundo le celebra por ello, los que viven en la realidad que retrata experimentan sentimientos contrarios. El regreso a Salas es para Mantovani un encuentro con el absurdo y un reencuentro con el pasado que le marcó y del que ha querido huir. A la vez es también un análisis implacablemente crítico de Argentina y perfectamente trasladable a cualquier sociedad que corre el peligro de acomodarse en su propia complacencia.

“El ciudadano ilustre”, dirigida por el tándem Gastón Duprat-Mariano Cohn y responsables de “El artista” y “El hombre de al lado”, se mueve siempre entre la comedia negra y la aspiración de construir algo más, siendo la elegida para representar a Argentina en los Óscar y para competir en los premios Goya. La película discurre con enorme facilidad y se encuentra perfectamente llevada por el actor Oscar Martínez. Sin embargo, gracias a su humor, en ocasiones se pierden o se pasan demasiado rápidamente por encima de muchas de sus inteligentes frases y complejas implicaciones sobre la función de un escritor y su obra. Uno corre el riesgo de quedarse con lo anecdótico y divertido de la situación, sin llegar a ver el trasfondo.

El ciudadano ilustre

En la película hay mucho juego, algunos demasiados evidentes y otros más difíciles de ver. Por ejemplo, es un tópico tanto cinematográfico como literario el conflicto al reencontrar un amor de juventud dejado atrás, pero el hecho de que Salas sea otro espacio mitificado ficcionalmente puede pasar desapercibido, al igual que el juego intertextual y metaficcional que se aprecia al final. Éste último viene acompañado por el hecho de que, bajo el nombre de Daniel Mantovani, la editorial Reservoir Books ha publicado el libro homónimo al filme en su línea dedicada a autores ganadores de un Nobel, siguiendo el juego que plantea la película.

A lo largo de los diferentes encuentros que experimenta el escritor en Salas, se construyen en “El ciudadano ilustre” varios hilos narrativos. Hay uno particularmente interesante que culmina con un discurso en un concurso de pintura concerniente al papel del arte en la sociedad. Mantovani ha dedicado su vida al arte, llegando a alcanzar el Premio Nobel por su labor, en lo que ve que ha sido una batalla perdida para hacer del mundo un lugar mejor. Esta sensación de fracaso la han experimentado otros grandes escritores y también premios Nobel. Tras fallecer el premio Nobel W. B. Yeats en 1939, el eternamente candidato al Nobel W. H. Auden escribe en su poema “En memoria de W. B. Yeats”: “Fuiste, como nosotros, un tonto; tu talento supo sobreponerse a todo: […] La loca Irlanda te hirió, y tú hiciste poesía de tu herida. Ahora Irlanda sigue con su misma locura y con su mismo clima, porque la poesía no hace que sucedan cosas; sobrevive en el valle que ella misma se crea, […].”

Al igual que Mantovani, Auden, con una profunda decepción, ve que la literatura “no hace que sucedan cosas” y que la locura sigue en la preciada Irlanda de Yeats a pesar de todos sus versos. Mantovani ve que incluso la pequeña Salas, a pesar de todos los libros que ha escrito sobre ella, sigue estando “estúpidamente orgullosa de su ignorancia y brutalidad”. Entonces, ¿de qué sirve la literatura? ¿Tiene realmente poder para cambiar la realidad? Es una buena pregunta que preocupa a muchos escritores durante toda su carrera. A pesar de su compleja y puede que quimérica respuesta, Mantovani decide no abandonar la lucha y, puede que por eso, Auden siguió escribiendo hasta su muerte en 1973. La película, con sus múltiples juegos y dudas, hace lo mismo; apuesta por la ficción para crear un espejo para que la sociedad que retrata pueda mirarse y así, tal vez, cambiarla.

El ciudadano ilustre

Ficha técnica:

Dirección: Gastón Duprat y Mariano Cohn.
Intérpretes: Oscar Martínez, Dady Brieva y Andrea Frigerio.
Año: 2016. Duración: 118 min.

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