Cine y política: Un repertorio de víctimas

Cine y política: Un repertorio de víctimas
Robespierre fue guillotinado en 1794, Trotsky fue muerto a traición en 1940, Hitler se suicidó en 1945, falta saber en buena medida cómo mataron a Patrice Lumumba en 1961, a John F. Kennedy en 1963, al Che Guevara en 1967. Ante la muerte violenta de tantos políticos de la historia es inevitable pensar que allí, con justicia o sin ella, dominaron las reglas de un juego que sus víctimas habían aceptado de antemano. Eran muertes políticas por motivos políticos. En niveles de menor fama, el mismo riesgo corren hoy quienes se inscriben en el ejército o en la guerrilla, en la policía o en el terrorismo. Entre las proclamas ideológicas, tan a menudo engañosas y torpes, domina allí la ilusión de creer que el crimen y la violencia son una solución radical de problemas sociales.

Detrás hay otras víctimas más inocentes. Están en el diario, como parroquianos del restaurante donde explotó una bomba, o como pasajeros en tránsito dentro de un aeropuerto donde se produjo un tiroteo. Mueren en nombre de las ideologías humanistas y redentoras de algunos fanáticos, pero siendo ajenos a su política. Están en la historia, también, como testigos involuntarios. En la Alemania nazi no hacía falta ser militante comunista o siquiera opositor a Hitler. Alcanzaba con ser judío, condición tan auténticamente involuntaria que hace irritante el querer racionalizarla como una culpa. Y al lado de ellos estuvieron quienes tuvieron vocación humanista y descubrieron sus libros en la hoguera (como Thomas Mann o como Erich Mª Remarque), arrojados por una parte de esa humanidad a la que quisieron vindicar. Los guerrilleros que defienden genéricamente al “pueblo” no suelen advertir que de ese mismo pueblo salen los militantes y los carceleros que les reprimen.

 

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Leni Riefenstahl durante el rodaje de El triunfo de la voluntad

Muchos hombres que no quisieron ser políticos pasaron a ser víctimas de la política, por el azar de sus circunstancias. En la Inglaterra del siglo XIX se toleró a Karl Marx y en la Suiza del siglo XX se toleró a Lenin, pero en la Unión Soviética de hoy pasa a ser sospechoso quien haya sido visto conversando con un corresponsal extranjero. A la inversa, un norteamericano pudo creer que una firma suya por la causa republicana española en 1937 o por la causa de Rusia en 1942 eran partes necesarias de una posición antifascista noble, sin adivinar que hacia 1952 esas firmas serían vistas en Estados Unidos como síntomas de ser un rojo revolucionario y peligroso, a quien hay que privar de un empleo o de un pasaporte.

El arte está lleno de esas víctimas involuntarias, quizá porque el mundo es más kafkiano que lo que supone Franz Kafka (1883-1924), quizá porque el idealismo de muchos intelectuales y artistas les llevó a adherirse a causas tan controvertidas y cambiantes como el comunismo. Los muy nobles antifascistas y anti-imperialistas de antes han tropezado con décadas de desilusiones ante la conducta soviética: en las desconcertantes “purgas” y confesiones de 1936-1938, en el pacto con los nazis (1939), en los tanques contra Budapest (1956), en el Muro de Berlín (1961), en la invasión de Checoslovaquia (1968) y en la de Afganistán (1980), sin contar terrenos más extendidos, como la obligación del realismo socialista para el arte, o como el autoritarismo de los partidos comunistas con sus afiliados o como la creciente evidencia de la represión, la cárcel y el exilio dentro de la misma Unión Soviética. A una escala menor, también Cuba ha generado sus frustraciones. En ese vaivén de ilusión y desilusión, el comunismo ha dado al mundo más arrepentimientos que pecado alguno. Hace unos 25 años, el New Yorker publicó un inefable cartoon donde un señor entraba en una librería y contemplaba la denominación de las diversas secciones: Ficción, Ensayos, Filosofía, Historia, Ciencias. La más cercana decía Comunistas Arrepentidos y abundaba en libros.

 

Cine y Política

Parece una paradoja que el cine haya dado tantas víctimas involuntarias de la política de este siglo, porque casi por definición el cine no suele ser político. Quienes hicieron películas pronazis o antisemitas, como Leni Riefenstahl (El triunfo de la voluntad, 1935) o Veit Harlan (El judío Suss, 1940) se vieron enfrentados hacia 1946 a tribunales de desnazificación que les custionaron su carrera. Pero fueron las excepciones. Lo normal ha sido que demasiados cineastas se vieran envueltos en un torbellino político al que no habían contribuído con su obra cinematográfica, sino quizá con una declaración, una firma, una participación en un congreso, una visita a Cuba o a Rusia. Notablemente, sus jueces se apoyaron en nimiedades para hundir la carrera de alguien, como si las convulsiones sociales empezaran en esos hechos triviales y no en motivaciones sociales o económicas más serias.

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Sergei Eisenstein

Sergei Eisenstein (1898-1948) tuvo la mala suerte de concentrar las diversas maldiciones que pudieron caer sobre un realizador cinematográfico en este siglo, víctima sucesiva de la política, del capitalismo, de la burocracia estatal. No era un hombre político, pero en 1925 hizo Potemkin, conceptuado como uno de los mejores films del mundo y sucesivamente prohibido en muchos países, como posible fermento revolucionario, aunque lo que en verdad narra es la represión zarista (hacia 1905) contra una tripulación amotinada y después contra el pueblo de Odessa. El hecho histórico es que Potemkin cuenta una derrota popular y que no se sabe que haya provocado ningún desarreglo social en país alguno, pero sin embargo dio a Eisenstein una fama de “perro rojo” y de agente soviético, lo cual fue después el nudo de sus percances en Estados Unidos y en México (1930-1932). Cuando terminó Octubre (1927) no se había enterado de que León Trotsky había caído en desgracia en la URSS, y así debió rehacer el montaje, eliminando a Trotsky de la Revolución de 1917. Ese falseo de la historia, aparentemente ordenado por Stalin, fue uno de los tardíos festejos para los diez años de la Revolución Rusa, porque la refacción demoró el estreno hasta marzo de 1928. Cuando Eisenstein volvió de sus desventuras con la Paramount en Hollywood y con el pseudo-productor Upton Sinclair en la desgraciada historia de Que Viva México!, las autoridades soviéticas vetaron durante 1933-1936 algunos proyectos de Eisenstein, mientras sus colegas le reprochaban que se dedicara a sus clases y teorías, en lugar de hacer cine. Consiguió iniciar El prado de Bejin, hasta que las autoridades le suspendieron el rodaje, lo que le llevó a una humillante “confesión” al estilo de las purgas de la época. El cargo era “formalismo”. Posteriormente Eisenstein realizó su Alejandro Nevsky (1938), un film épico sobre la resistencia nacional contra el invasor teutón (en 1242), entendido como metáfora de la resistencia rusa moderna ante un posible invasor nazi. En 1939 el film fue retirado de circulación al firmarse el pacto nazi-soviético (agosto de 1939), y en 1941 volvió a circular, ahora creando el malentendido mundial de que había sido rodado después de la invasión nazi de junio de 1941 y no tres años antes. Durante 1943- 1945, Eisenstein realizó las dos partes de lván el terrible. La primera recibió el Premio Stalin. Pero en 1946 la segunda fue violentamente objetada, quizás por el mismo Stalin. Se le criticó el retrato de Iván como persona débil y vacilante (objección que hubiera sido igualmente válida para la primera parte) y se le criticó también el retrato de los guardias personales de Iván, los oprichniki, a los que Eisenstein habría presentado erróneamente como “una banda de degenerados, similares al Ku Klux Klan americano”. Y por ese cuestionamiento sobre hechos y personajes de 1530-1584, que difícilmente podría haber supuesto un desprestigio internacional para la Unión Soviética, la segunda parte del film no fue estrenada. El episodio generó otra “confesión” pública de Eisenstein, al mejor estilo de las purgas de 1938, y es seguro que agravó su dolencia cardíaca, por la que falleció en febrero de 1948. En 1953 murió Stalin; en 1958 la segunda parte de Iván el terrible se estrenó mundialmente como La conspiración de los boyardos (en España como La conjura de los boyardos). En las dos décadas siguientes, la Unión Soviérica ha vindicado a Eisenstein y lo ha consagrado como el máximo creador de su cine. En todos los textos de vindicación, no hay una línea de autocrítica a la represión gubernamental contra Octubre, contra El prado de Bejin, contra Iván el terrible. No se ha publicado ninguna aclaración al cable que Stalin envió a Upton Sinclair, en medio de los arduos conflictos de Que Viva México! La reproducción facsimilar del cable apareció después en un libro inglés de Marie Seton. Decía, entre otras cosas: Eisenstein perdió la confianza de sus camaradas en unión soviética stop se le cree un desertor que rompió con su país stop temo que la gente aquí no tenga interés por él. La reproducción luce la fecha de 21 de noviembre de 1931 y el membrete de Western Union.

 

Entendiendo a McCarthy

Ha sido notable la ligereza con que periodistas y escritores españoles se han pronunciado sobre cómo el McCarthysmo se entrometió en Hollywood, arruinó la vida a diversos cineastas de izquierda y convirtió en delatores a otros. Así, el crítico Augusto M. Torres ha escrito que el director Elia Kazan fue “llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas del senador McCarthy y, en lugar de no presentarse o negarse a hablar, como hacen sus compañeros, da la lista de comunistas relacionados con el mundo del cine que le piden” (El País, Madrid, 10 marzo 1980). Y después una afirmación casi idéntica aparece firmada por Robert Saladrigas (en La Vanguardia, Barcelona, 23 de abril 1980), ahora afirmando, con aún mayor ligereza, que Kazan nunca había mantenido relaciones con los comunistas. Ni en uno ni en otro caso la verdad está en su sitio. Pero esos lapsus son síntomas de otros mayores.

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McCarthy, azote de rojos.

McCarthy fue muy ajeno a Hollywood y no hay registro de que haya hecho nunca una declaración pública sobre tal comunismo en el cine americano. Fue además muy ajeno al mencionado comité parlamentario, con el que le identifican tales periodistas españoles, por la comodidad de no esforzarse a verificar los hechos:

  1. El Comité de la Cámara de Representantes hizo en 1947 sus primeros interrogatorios sobre el cine americano. El resultado más notorio fue el proceso y posterior condena de los Diez de Hollywood (ocho escritores, un productor y un director), que cumplirían de seis a doce meses de cárcel, por “desacato al Congreso”.
  2. Este episodio estaba resuelto e irreversible en 1949.
  3. McCarthy inició su carrera de anticomunista público con un discurso de febrero de 1950 en Wheeling, West Virginia, donde aseguró que el Departamento de Estado empleaba a 205 comunistas y que él sabía los nombres.
  4. Tampoco después hubo relación directa entre McCarthy y el Comité, porque sencillamente aquel era senador y este se integraba con congresistas. Entre los objetivos de McCarthy nunca parecieron estar el cine, ni el teatro ni la televisión. El hecho histórico es que el senador terminó por dar su nombre a un movimiento político al que llegó tarde.
  5. Los citados por el Comité podían en verdad “no presentarse o negarse a hablar”, pero el castigo probable eran la cárcel y la multa, además de liquidar automáticamente su carrera.
  6. Elia Kazan perteneció al Partido Comunista entre 1934 y 1936, cuando renunció voluntariamente. En abril de 1952 se presentó por su propia iniciativa al Comité Parlamentario a dar su testimonio, con tan buena voluntad que además llevó escrita la historia en cuestión y la ratificó en remitidos simultáneos a los periódicos. Ciertamente no denunció como comunista a nadie del mundo del cine. Su lista está limitada a su medio teatral de 1934-1936, comprende a ocho personas del Group Theatre, a cuatro de otros grupos y a tres funcionarios del Partido Comunista. Entre aquellos ocho había en 1952 por lo menos un muerto (J. Edward Bromberg), y dos comunistas arrepentidos (el dramaturgo Clifford Odets, la actriz Paula Miller, luego conocida como Mrs. Lee Strasberg). En opinión de Kazan, la ventilación pública de antecedentes comunistas personales, incluso contra terceros, era un deber ciudadano.

 

El fantasma ampliado

Al fondo de la ligereza con que se barajan en el caso los nombres de McCarthy y de Kazan, surge la convicción de que demasiados ensayistas se conforman con un esquema harto simplificado de aquellos episodios. Difunden una historia de Buenos contra Malos, y así disminuyen la dimensión trágica que tuvieron los hechos reales. Las motivaciones del Comité Parlamentario, y de quienes lo apoyaron en su momento, estuvieron dadas ante todo por los antecedentes y los procedimientos soviéticos. Desde 1946 buena parte de Occidente pensó con fundamento en un imperialismo ruso, tras la absorción más o menos simulada de los países de Europa Oriental. Pensó también en el espionaje ruso contra Estados Unidos, un vasto tema en el que el caso de Julius y Ethel Rosenberg (arrestados en 1950, ejecutados en 1953) fue sólo el más notorio. Es necesario leer el testimonio que ante el Comité prestó el dramaturgo Arthur Miller (junio de 1956) para comprender cómo un intelectual americano podía protestar contra su propio país (ante la negativa de un pasaporte y la exigencia de un juramento) y protestar simultáneamente contra actitudes soviéticas que llegaron a ser muy nítidas, como la hostilidad contra los mismos intelectuales rusos o como las actitudes antisemitas. En un delicioso momento de ese interrogatorio, el presidente del Comité señala a Miller que, tras los escrúpulos de tantos americanos por no querer incurrir en la delación de antiguos compañeros, resultó que “el mayor delator del mundo es el hombre que ahora habla por los comunistas, o sea Mr. Kruschev”, refiriéndose a los pronunciamientos que éste hizo contra Stalin en el célebre Vigésimo Congreso Comunista de febrero de 1956 en Moscú. El diálogo con Miller se prolonga aún hasta las curiosas vueltas de los partidos comunistas, que en un congreso en julio de 1949, en Nueva York, pedían libertad de expresión pública para sus opiniones, pero al mismo tiempo se las negaban a los trotskistas. Y es el propio Miller quien apunta allí cómo sus obras teatrales suscitaron cambios abruptos de opinión (de “posición oficial”) en los comunistas frente a algunas de sus obras. Un caso similar habría sido narrado por el escritor Budd Schulberg respecto al tratamiento de sus novelas por la prensa comunista americana.

Otro lado filoso del asunto era el de dónde debe fijarse el límite para la libertad de expresión. En principio, Ezra Pound tenía derecho a decir lo que quisiera (y era un poeta venerado), pero sus transmisiones radiofónicas desde Italia durante la guerra, cargadas de antisemitismo y de antiamericanismo, fueron impugnadas en su momento por Miller y por muchos otros que quisieron pensar y decir con libertad. Y en el mismo congreso de julio de 1949, cuando se propuso defender a quienes pudieran ser víctimas de la ley Smith (que dictaminaba la deportación de agitadores), fue Paul Robeson, presunto comunista prosoviético, quien pidió negar toda defensa a los trotskistas y quien llegó a preguntar al congreso si daría “derechos civiles al Ku Klux Klan”, a lo cual siguió un clamor de “¡No!”

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Arthur Miller y esposa.

El interrogatorio a Miller, tan nutrido como civilizado, contiene una buena zona sobre los privilegios de los intelectuales y sobre la necesidad de tolerar la discrepancia, porque es la fuerza motriz del progreso, de la literatura y del arte. El episodio terminó, sin embargo, en que Miller se negó a identificar públicamente a otros escritores comunistas que habían estado con él en una reunión en 1940 (es decir, dieciséis años antes), con lo que fue oficialmente acusado de desacato al Congreso, con una sentencia de cárcel por treinta días (en suspenso) y una multa de quinientos dólares. Y eso lleva a subrayar cómo un intelectual de izquierda, que quiso pensar por sí solo, entró en simultáneo conflicto con los comunistas y con los anticomunistas, además de ser privado de pasaporte para reunirse en Londres con su mujer (que era Marilyn Monroe). La acusación de desacato al Congreso no fue resuelta sólo por el Comité. Fue aprobada por la misma Cámara de Representantes (y por 373 votos contra 9) mucho después de que el mismo McCarthy cayera en desgracia pública al ser censurado (en diciembre de 1954) por sus colegas senadores.

McCarthy fue un hombre más simple, más fanático y más pequeño que el problema que tuvo entre manos. Es procedente borrar su nombre de toda gestión personal en Hollywood, en el caso Miller y en terrenos afines, pero a cambio de ello hay que recordar que el mccarthysmo, como fenómeno socio-político, existió antes y después de su titular, en el cine y en casi toda actividad notoria de Estados Unidos, comenzando por el mundo gubernamental. La simpleza y el fanatismo llevaron a hacer hincapié en que esta o aquella personalidad se habían afiliado al Partido Comunista o habrían promulgado adhesiones a causas comunistas, identificándose como lo que dio en llamarse “compañeros de viaje”. En rigor, muchas de esas afiliaciones formales o prácticas eran ciertas, como lo probó tardíamente la documentación, en la que salieron a relucir tarjetas de asociados al PC, con números, fechas y firmas. En cambio no era cierto que tales posiciones ideológicas, asumidas por un cantante, un dramaturgo o un músico y a menudo encerradas en el secreto o en la discreción, pudieran ser un peligro social público. Fueron invocadas, sin embargo, para cancelar pasaportes, hacer circular Listas Negras y arruinar la vida a algunos centenares o miles de personas. En Inglaterra hay otra tolerancia y hasta cierta indiferencia por la opinión privada ajena, pero ésa es una lección que Estados Unidos no llegó a asimilar del todo en su propia Madre Patria.

 

El caso Chaplin

Charles Chaplin (1889-1977) fue el ejemplo más notorio de artista absorbido por un torbellino político al que no llegó a entender y en el que sólo mantuvo posiciones idealistas. No se acercó a la política hasta 1931, cuando ya había realizado toda su obra cinematográfica muda y la inmediata Luces de la ciudad (1930) con que culminará su carrera. Fue en 1931 que Chaplin comenzó su vuelta al mundo, y advirtió los resultados sociales de la depresión económica que explotó dos años antes en Wall Street. Así comenzó a preocuparse por la desocupación y la crisis industrial. Sus ideas evolucionaron hasta la realización de Tiempos modernos (1936), una comedia que por diversos conceptos fue muy chaplinesca y divertida, pero cuyos planteos sociales son mucho más ambiguos de lo que allí vieron los observadores de la izquierda y los de la derecha. Fue inequívoco, sin embargo, el planteo antinazi de El gran dictador (1940), que se adelantó considerablemente a todo el cine político de Hollywood. Y fue inequívoco también su apoyo a la campaña mundial por la apertura del Segundo Frente en la guerra europea (desde 1942), como paso estratégico para aliviar la presión nazi contra la Unión Soviética. En su contexto, esos dos pasos políticos nada debieron tener de excepcional. Coincidieron con lo que el mismo gobierno de Estados Unidos hizo después.

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Pero ambos sugerían que Chaplin aceptaba a la Unión Soviética con más cariño del prudente. Cuando él estaba haciendo El gran dictador, ya Stalin podía ser visto como un déspota y como el autor de los procesos o “purgas” de 1936-38, pero la película no le alude en modo alguno, ni siquiera como el socio político de Hitler que era entonces, porque el pacto nazi-soviético abarcó desde agostode 1939 a junio de 1941. Al terminar la guerra, Chaplin se solidarizó con la campaña tendiente a evitar la deportación del compositor alemán y presunto comunista Hanns Eisler, y este fue un factor más para que Chaplin apareciera citado en 1947 por el Comité Parlamentario que investigaba el comunismo en el cine. Su interrogatorio quedó sin efecto, pero la campaña contra Chaplin fue muy violenta. En ella se incluyó, por cierto, el filo anticapitalista y anárquico de sus diálogos (o monólogos) en Monsieur Verdoux (1946).

Antes de que McCarthy hiciera sus primeras declaraciones anticomunistas de 1950, Chaplin era ya combatido por una parte de la opinión pública. Terminó Candilejas, se fue a Estados Unidos (septiembre de 1952) y comenzó su segundo exilio, en el cual su comedia Un rey en Nueva York (1957) puede ser entendida como un testimonio adicional contra los interrogatorios americanos. En 1972 volvió a Hollywood por unos pocos días, a recoger un Oscar especial que la Academia de Artes y Ciencas de Hollywood confirió al conjunto de su carrera. No hizo declaraciones sobre su exilio de veinte años antes.

 

Cacerías en la izquierda

En un discurso de marzo de 1970 ante otros escritores cinematográficos, Dalton Trumbo (1905-1976) recordó sus tristes épocas de la Lista Negra. Dijo que cuando quienes son más jóvenes miren con curiosidad a aquellas épocas oscuras, “no servirá buscar villanos ni héroes ni santos ni demonios, porque no los hubo; sólo hubo víctimas” (En 1972, Robert Vaughn eligió Only Victims como título para su excelente libro sobre la Lista Negra).

En cierto sentido, hasta los aparentes villanos como Kazan fueron también víctimas de la época, porque tras creer que confesiones y denuncias eran imprescindibles, se vieron sometidos al descrédito ante buena parte de los observadores. Algunas víctimas más claras figuran en las siguientes líneas:

—Los Diez de Hollywood, nueve de los cuales fueron los escritores Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Ring Lardner Jr., John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Dalton Trumbo y el productor Adrian Scott. Todos ellos sufrieron serias interrupciones en su carrera desde 1948 y en algunos casos consiguieron trabajos ocasionales con seudónimos. El décimo fue el director Edward Dmytryk, que en 1950 cumplió sus seis meses de prisión y en abril de 1951 se presentó al Comité, narró su historia y dio nombres de otros comunistas en la industria, tras lo cual reanudó su carrera.

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Dalton Trumbo

—John Berry, director, que reanudó carrera en Francia.

—Bertolt Brecht, escritor alemán, a quien se permitió volver a Alemania Oriental.

— J. Edward Bromberg, actor, muerto en 1951, presumiblemente suicida.

—Mady Christians, fallecida por ataque cardíaco tras Lista Negra.

—Dorothy Comingore, la actriz de Citizen Kane; carrera interrumpida tras su negativa al Comité en 1952.

—John Cromwell, director, carrera interrumpida.

—Jules Dassin, director; reanudó carrera en Francia.

—Hanns Eisler, compositor alemán; reanudó carrera en Alemania y Francia.

—Cyril Endfield, director; reanudó carrera en Inglaterra.

—Carl Foreman, escritor y productor; también reanudó carrera en Inglaterra, donde después fue productor.

—Dashiell Hammett, escritor; cumplió periodo de cárcel.

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Hammett y Hellman, años después.

—Lillian Hellman, escritora; se apartó del cine hasta 1966; protagonizó en 1952 un valiente testimonio ante el Comité; narró el episodio en su libro Scoundrel Time (1976), que después fue muy controvertido; para Hollywood quedó rehabilitada como autora y verdadera protagonista de Julia (1977).

—Howard Koch, escritor; carrera interrumpida en 1951.

—Canada Lee, actor negro, muerto presumiblemente de ataque cardíaco tras Lista Negra;

—Philip Loeb, actor, suicida.

—Joseph Losey, director; reanudó carrera en Inglaterra.

—Arthur Miller, dramaturgo; privación de pasaporte, interrogatorio, condena carcelaria en suspenso; multa.

—Karen Morley, actriz; carrera interrumpida.

—Zero Mostel, actor, carrera interrumpida.

—Jean Muir, actriz, carrera interrumpida.

—Abraham Polonsky, escritor y director, carrera interrumpida hasta 1969.

—Paul Robeson, actor y cantante negro, carrera interrumpida, privación de pasaporte hasta 1958.

—Waldo Salt, escritor, carrera interrumpida.

—Gale Sondergaard, actriz, carrera interrumpida.

—Lionel Stander, actor, carrera interrumpida, luego reanudada en Europa.

—Donald Ogden Steward, escritor, carrera reanudada en Inglaterra.

—Marta Toren, actriz, carrera reaudada en Italia.

—Michael Wilson, escritor, carrera interrumpida.

—Nedrick Young, escritor, carrera interrumpida hasta rehabilitación en 1958.

 

Cada uno de estos casos permitiría abundar en detalles y alguno de ellos (Hellman, Robeson, Brecht) justificaría un folleto explicativo. Pero solo son la parte más famosa de un capítulo que dentro del cine llegó probablemente a trescientos nombres. Y sobre ellos habría que agregar aún los casos más patéticos de quienes colaboraron con el Comité, diversamente impulsados por las circunstancias, lista que notoriamente ha encabezado Elia Kazan y en la que también figuraron el dramaturgo Clifford Odets, el compositor David Raksin, el director Rober Rossen, el novelista Budd Schulberg y actores como Larry Parks, Lee J. Cobb, Sterling Hayden y Marc Lawrence. Entre los actores se destaca el galán Robert Taylor, que fue uno de los primeros en presentar testimonio (22 de octubre de 1947) y allí sugirió que el actor Howard Da Silva, la actriz Karen Morley y el escritor Lester Cole serían comunistas.

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Elia Kazan, el señalado por todos.

El capítulo Cine ha sido la parte más visible de las Listas Negras y sus procesos cercanos, presumiblemente porque el cine se apoya en la fama, para bien o para mal. Para la cultura, desde luego, la represión en el cine importa menos, excepto en la medida en que Hollywood perdió durante dos décadas casi todo impulso de crítica social o de coraje dramático. Pero dentro de las biografías personales, hoy duele recordar que Dashiell Hammett, el autor de El halcón maltés, estuvo preso en 1951 por negarse a declarar quiénes dieron dinero para un fondo social presumiblemente comunista. Y muchos ensayistas del enorme tema tienen muy claro que el actor John Garfield no habría muerto de un ataque cardíaco (mayo de 1952) si antes no hubiera atravesado los interrogatorios del Comité y después los del FBI, para averiguar actitudes personales de muy escasa importancia pública. La muerte es un precio muy alto por una verdad trivial.

 

Libro relacionado, dentro de nuestra colección de Retratos del Viejo Topo :

Dashiell Hammett