Catalanismo y revolución burguesa

Solé Tura Catalanismo y revolución burguesa
Ha pasado algún tiempo desde que se publicó la primera edición castellana de esta obra y un poco más todavía desde que redacté el prefacio y la Introducción para dicha edición. Desde entonces, el panorama bibliográfico sobre las cuestiones históricas, que constituyen el trasfondo de mi análisis del nacionalismo burgués catalán se ha enriquecido notablemente. Esto se ha traducido en un mejor conocimiento de los antecedentes próximos de la actual formación social española. Y un mejor conocimiento significa nuevos estímulos para la reflexión.

Confieso que he tenido algunas dudas a la hora de dar mi acuerdo para imprimir esa segunda edición. Hay cosas que me gustaría retocar, perfilar mejor. Quizá suprimiría algunas y, desde luego, añadiría bastantes.

Si finalmente he accedido a publicar la segunda edición sin más añadido que este nuevo prefacio, ha sido tanto por las razones de urgencia esgrimidas por la dirección de EDICUSA como porque sigo estando básicamente de acuerdo con las tesis presentadas en el libro.

Debo decir claramente que el conocimiento de nuevos datos y la reflexión sobre nuestra realidad histórica no han hecho sino confirmarme la validez de mi planteamiento general de la cuestión del nacionalismo burgués catalán. Creo, en cambio, que habría que matizar algunas cuestiones concretas.

La primera de ellas es, desde luego, la que se refiere a la noción misma de revolución burguesa. En la introducción a la primera edición, intento superar la noción excesivamente mecánica de la misma, que yo mismo había manejado en la edición catalana y que sigue siendo utilizada todavía por más de un autor. Creo, sin embargo, que las matizaciones y que el planteamiento mismo del concepto de revolución burguesa, en relación con la experiencia histórica española, sigue pecando de mecanicismo.
Puede decirse que en nuestro panorama historiográfico y político se manejan hoy tres grandes concepciones de este mismo problema. Para algunos, que cada vez son menos, la revolución burguesa todavía estaría por hacer en lo fundamental y la tarea más inmediata sería la liquidación de los residuos feudales. Para otros, la revolución burguesa terminó prácticamente con el desmantelamiento jurídico de las instituciones del régimen señorial, en los años treinta del siglo XIX. Para otros, en fin, la revolución burguesa es el hilo conductor de la historia del silgo XIX y también del XX. El proceso de esta revolución se inicia, efectivamente, con el desmantelamiento de las instituciones del régimen señorial, pero se prolonga de manera compleja y tortuosa, con grandes desviaciones y hasta retrocesos a lo largo del siglo XIX y del XX, en una larga fase de transición que acaba imponiendo la hegemonía

del modo de producción capitalista, tanto al nivel de las relaciones de producción como en la esfera política y en la ideológica.

Yo no comparto, desde luego, la primera posición. Pensar que hoy todavía está pendiente la tarea de liquidar la España feudal es un dogmatismo estrecho y sin horizontes. Una mínima comprensión de los cambios ocurridos en nuestra formación social muestra que los residuos de las formas de tenencia y de explotación de la tierra y los restos de producción precapitalista en la manufactura no tienen hoy ninguna autonomía frente al impetuoso desarrollo del capitalismo monopolista. Su subordinación es total y, en consecuencia, constituyen verdaderos sectores secundarios de la formación social capitalista española, marcada por el predominio del capital monopolista.

La segunda posición traduce, a mi entender, una cierta incomprensión de la noción misma de revolución burguesa. Esta no es ni un acto súbito ni se reduce al desmantelamiento jurídico de las instituciones del antiguo régimen. Como ha escrito K. Marx:

«El régimen del capital presupone el divorcio entre los obreros y la propiedad sobre las condiciones de realización de su trabajo). Cuando ya se mueve por sus propios pies la producción capitalista, no solo mantiene este divorcio, sino que lo reproduce y acentúa en una escala cada vez mayor. Por tanto, el proceso que engendra el capitalismo solo puede ser uno: el proceso de disociación entre el obrero y la propiedad sobre las condiciones de su trabajo, proceso que de una parte convierte en capital los medios sociales de vida y de producción, mientras de otra convierte a los productores en obreros asalariados. La llamada acumulación originaria no es, pues, más que el proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción. Se la llama ‘originaria’ porque forma la prehistoria del capital y del régimen capitalista de producción. ( … ) Por eso, en uno de sus aspectos, el movimiento histórico que convierte a los productores en obreros asalariados, representa la liberación de la servidumbre y la coacción gremial y este aspecto es el único que existe para nuestros historiadores burgueses. Pero si enfocamos el otro aspecto, vemos que estos trabajadores recién emancipados solo pueden convertirse en vendedores de sí mismo una vez que se ven despojados de todos sus medios de producción y de todas las garantías de vida que las viejas instituciones feudales les aseguraban».

¿Qué significa esto? Que el desmantelamiento de las bases jurídicas del régimen señorial es una base necesaria, pero no suficiente, para la transformación del modo de producción capitalista en modo de producción dominante. Para decirlo de otra manera: el desmantelamiento jurídico del régimen señorial o en palabras de Marx, «la liberación de la servidumbre u de la coacción gremial» o es suficiente por sí misma para transformar las relaciones de producción en relaciones de producción capitalistas. El problema real es el otro: la «disociación entre el productor y los medios de producción». Y este, problema no se resuelve solo en el plano jurídico, ni tampoco únicamente en el económico. El proceso de la revolución burguesa, es decir, del desarrollo del modo de producción capitalista y de su transformación en el modo de producción dominante en el seno de una formación social, debe seguirse en todos los niveles de una formación. Si en algo han insistido Marx, Engels y los clásicos ulteriores es en la indestructible relación dialéctica, en el mutuo condicionamiento de los niveles estructural y superestructural.

Catalanismo y revolución burguesaQuiero recordar, simplemente, un hecho que ha sido, sin duda, uno de los más discutidos en la reciente producción historiográfica. La materia empieza a conocerse hoy mucho mejor, gracias, sobre todo, a las recientes aportaciones de Artola, Fontano, Lázaro, Tomás Valiente, Simón Segura y otros.

Pues bien, desde el punto de vista de la lucha de las diversas clases, el resultado fundamental de la desamortización, de la «reforma agraria liberal», como la ha llamado acertadamente Josep Fontana, fue lo que otro historiador, J. Nadal ha llamado un «revelo de oligarquías». El mismo Fontana habla del «fracaso de la reforma agraria liberal del siglo XIX» y explica que «…la aristocracia latifundista salió del trance con su riqueza y poderío intactos, si no acrecentados». Sintetizando, podríamos decir que la vieja nobleza señorial se convirtió en oligarquía terrateniente y emprendió activamente la transformación de los antiguos tributos señoriales en renta.

Ese proceso no se cumplió súbitamente, ni creo que puede decirse que la transformación jurídica de la antigua posesión señorial en propiedad capitalista  se cumpliese con la mera liquidación de las principales instituciones del Antiguo Régimen. La desamortización creó las condiciones para esa transformación, fue la base que permitió transformar las relaciones de producción señoriales en relaciones  de producción capitalistas.

Pero la misma permanencia de la nobleza señorial como clase dominante bajo la fomia de oligarquía terrateniente muestra que, pese a los cambios jurídicos, las relaciones de producción en el campo se transformaron con relativa lentitud. Solo así se explica, a mi entender, que la expulsión de campesinos de la tierra y su transformación en fuerza de trabajo industrial, en proletariado, fuese tan lenta a lo largo del siglo XIX.

Quiero decir con esto, y sin ánimo de entrar ahora en un análisis exhaustivo de la cuestión, que el desmantelamiento jurídico de las instituciones del Antiguo Régimen abrió un largo y complejo proceso de transición: Esta transición terminó, efectivamente, con la implantación del modo de producción capitalista como método de producción dominante.

Este proceso de transición es el que se designa con el nombre de revolución burguesa. A mí, particularmente no me gusta mucho el término «revolución burguesa», porque induce a equívoco y, sobre todo, porque hace correr el riesgo de liquidar con un concepto una cuestión que debe seguirse en diversos planos a lo largo de todo un período histórico.

En nuestro país, concretamente, el problema no consiste, pues, en saber si la revolución burguesa se hizo ya en los años treinta, sino en analizar cómo se desarrolló el modo de producción capitalista a partir del desmantelamiento jurídico del Antiguo Régimen. Y en este sentido, es fundamental no perder jamás de vista que ese proceso de transición se hizo bajo la dirección política y la hegemonía económica de una clase que, en gran parte, se nutría de la vieja nobleza señorial, con sus posiciones económicas y sociales prácticamente intactas.

En función de esto, es posible hablar de revolución burguesa frustrada. No porque se frustrase el avance del capitalismo como modo de producción dominante, sino porqué se frustraba el acceso de la burguesía industrial y financiera a la condición de clase hegemónica en el conjunto de las clases dominantes. Y si este acceso se frustró en repetidas ocasiones a lo largo del siglo XIX y del XX, la razón fundamental se debió, fundamental, a la debilidad de las estructuras mismas del capitalismo y a la debilidad política e ideológica de las clases que mejor podían haber acelerado el desarrollo del capitalismo.

Esto no significa que la burguesía industrial y la burguesía financiera estuviesen siempre  ausentes del poder. Significa únicamente que el acceso de la burguesía financiera, primero, y de la burguesía industrial después, a  las instancias supremas del poder se hizo tardíamente, a costa de importantísimos compromisos con la oligarquía terrateniente y cuando  la necesidad fundamental no era ya tanto acelerar la transición al capitalismo como sentar las bases de desarrollo de la acumulación monopolista en el seno de un sistema capitalista mundial entrado ya en su fase imperialista.

En este sentido, creo necesario disipar un equívoco que puede  surgir con la lectura de la introducción a la primera edición de este libro. Se dice en un par de ocasiones (en la página 17 de la primera edición) que «hasta hace poco» no se había conseguido implantar en España el modo de producción capitalista como modo de producción dominante, que «hasta hace poco» las estructuras semifeudales en el campo y la pequeña producción habían tenido un peso decisivo y que todo esto se ha modificado sustancialmente a partir de la década de los cuarenta.

Creo que estas fórmulas pueden inducir a error. Pueden dar, concretamente, la falsa impresión de que el capitalismo solo se ha impuesto como modo de producción dominante a partir de los años cuarenta y que, en consecuencia, antes lo predominante era la combinación de residuos precapitalistas. Esto es, evidentemente, insostenible. Lo que se ha desarrollado decisivamente a partir de los años cuarenta no es el modo de producción capitalista, que ya era dominante mucho antes, sino la acumulación monopolista, el desarrollo del capitalismo monopolista. Esto ha modificado profundamente la correlación entre todas las clases sociales y ha desplazado a la oligarquía terrateniente –en la medida que subsiste como tal– a una posición secundaria entre las clases dominantes. Pero es indudable que antes de 1936 existía ya una burguesía financiera-industrial (o financiera en sentido estricto) que compartía la hegemonía con la oligarquía terrateniente. 9Lo «compartía» digo, no que lo ejercía sola. Esto es un indicio de debilidad, pero no de carencia de poder. En todo caso, la historia política de nuestro país hasta 1936 se podría resumir como la historia de la incapacidad de las clases dominantes para forjar los instrumentos políticos que necesitaban para consolidar la acumulación capitalista y abrir la fase del capital monopolista.

He creído necesario añadir estas precisiones para disipar equívocos y no abrir falsas polémicas, no para agotar la cuestión. Ya he dicho que esta es actualmente la cuestión clave de nuestra historiografía económica y política sobre los siglos XIX y XX y sería pueril pretender sentar cátedra y dar la cosa por resuelta con unas cuantas reflexiones generales. Las líneas que anteceden son, en realidad, apuntes metodológicos que exigen un desarrollo ulterior. Esta es, en todo caso, una de las tareas que me propongo abordar en el próximo futuro.

No quisiera terminar estas páginas sin aludir a otra cuestión. En el prefacio a la primera edición castellana hablo de una nueva burguesía catalana «neocapitalista», y parece como si fuese ésta la impulsora actual del nacionalismo catalán. Quizá pudo pensarse esto hace algunos años. Ahora creo que las cosas son distintas.

Esta burguesía que entonces llamé neocapitalista –término impropio a todas luces– es, en realidad, un sector de la burguesía media catalana. Es cierto que esta burguesía media ha jugado durante un tiempo la carta catalanista –y solo algún sector minoritario de ella ha tomado posiciones claramente nacionalistas.

Pero la burguesía media catalana se encuentra actualmente sometida a una importante contradicción. O bien pretende encabezar un movimiento catalanista (más regionalista que nacionalista) y entonces tiene que limitar su propia expansión como sector de las clases dominantes, marcando distancias respecto al capital monopolista y respecto al Estado. O bien tiene que reforzarse negociando con algunos sectores del gran capital y entonces no puede permanecer alejada del Estado ni jugar a fondo la carta catalanista.

Esta contradicción no es fácil de resolver y por eso se ve hoy a la burguesía media catalana actuando en orden disperso. Los anuncios de apertura del sistema acentuarán esta dispersión y harán todavía más fluidas sus fronteras políticas con el gran capital.

Por eso los planteamientos catalanistas en sentido amplio y los estrictamente nacionalistas son ya, pero serán todavía más, patrimonio de la pequeña burguesía y de algunos sectores populares. Esto introduce ciertos cambios en el panorama general, sobre todo teniendo en cuenta la fase en que está entrando la vida política española. Aunque ciertos sectores de la burguesía media seguirán estando presentes en el contexto político del catalanismo, creo que el centro de gravedad se ha desplazado ya y se desplazará cada vez más hacia otros sectores de mayor empuje democrático.

Hay otras cuestiones menores que me gustaría precisar más o matizar. Pero el tiempo apremia, el espacio es corto y creo que con decir lo más importante basta. Por lo demás, no hay que olvidar que el autor de un libro no termina su evolución intelectual con el mismo. Cada libro es una etapa de esa evolución y lo importante es que las etapas ulteriores enriquezcan la primera reflexión, sin veneraciones dogmáticas hacia el pasado de uno mismo. Lo que se ha escrito, escrito está. Pero si el conocimiento de nuevos datos obligan al autor a modificar lo que un día escribió, su primer deber es decirlo claramente. Y hacerlo.

J. Solé Tura

Universidad de Barcelona

1 de marzo de 1974

Prefacio a la 2ª edición de Catalanismo y revolución burguesa

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