Europa y el precipicio

Eduardo Luque

A migrant's family creeps under a barbed fence near the village of Roszke, at the Hungarian-Serbian border on August 27, 2015. As Hungary scrambles to ramp up defences on its border with Serbia, refugees continued to surge into the country in record numbers, police figures confirmed. AFP PHOTO / CSABA SEGESVARI

«La democracia es como un tranvía. Lo tomamos para ir a donde queremos y una vez allí, nos bajamos.»

Recep Tayyip Erdogan (1996)

Los principios democráticos más elementales hace tiempo que están siendo cercenados: la moneda única, el Banco Central Europeo. Los rentistas alemanes y especial su gerontocracia1, atenta a mantener sus fondos de jubilación invertidos en productos financieros especulativos, son los auténticos dueños del continente

El miedo se enseñorea de Europa; miedo al terrorismo, miedo al inmigrante, al futuro, miedo al presente, miedo a la crisis económica… Los estados refuerzan la seguridad a costa de restringir más y más las libertades públicas.

El terrorismo, del cual casi nadie analiza sus causas, y la crisis migratoria generan fuerzas centrífugas tanto en el este como en el oeste. Algunos países (Polonia, Bulgaria, Hungría….) modifican sus leyes, incluida la constitución, para convertir sus formas de gobierno en un sarcasmo de democracia. Estas fuerzas cada vez mayores e incontrolables se nutren del miedo al terrorismo y a la “invasión migratoria”. Promueven, como solución, una vuelta al autoritarismo disfrazado de nacionalismo. Los grupos neofascistas crecen y obtienen, explotando ese miedo, buenos réditos electorales. La derecha “democrática”, en su momento, no tendrá ningún reparo en colaborar con ellos. Las instituciones europeas son incapaces de reaccionar, puesto que algunos gobiernos no ven con malos ojos esta deriva política hacia la derecha más extrema. Permitirá aplicar con mayor dureza aún los recortes sociales a todo el continente.

Europa ha alquilado un campo de concentración. Poco le ha importado que se haya puesto en manos del gobierno turco.

El sueño europeo va camino de convertirse en pesadilla. Los gobernantes han sacrificado los principios de la Unión para defender sus propios intereses electorales, siempre cortoplacistas. La crisis migratoria es el último aldabonazo.

Europa ha alquilado un campo de concentración. Poco le ha importado que se haya puesto en manos del gobierno turco.

El presidente de ese gobierno, Recep Tayyip Erdogan, es uno de los miembros más destacados de la hermandad de los Hermanos musulmanes. Uno de sus objetivos: la restauración del Califato Islámico. Una unidad territorial que abarcaría desde Egipto a Turquía, incluyendo Crimea y Ucrania. La hermandad lo intentó en Egipto con el presidente Mursi, posteriormente en Libia y Siria, ahora lo pretende en la frontera libio-tunecina.

Erdogan ha creado un régimen autoritario. Es un activo defensor y colaborador del terrorismo yhidadista, como denunciaba el propio rey Jordano Addala II el 11 de enero del 2015, frente a una comisión de Congresistas y Senadores de EEUU.

En diciembre de 2015, la policía y la justicia turcas comprobaron que el propio presidente Erdogan y su hijo Bilal mantenían vínculos personales con Yasin al-Qadi, el banquero de al-Qaeda. La reacción de Erdogan fue destituir a los policías y magistrados que lo habían investigado. La acusación: “haber atentado contra los intereses turcos”. En febrero del 2016 el representante de la Federación Rusa entregaba al Consejo de Seguridad de la ONU un informe de inteligencia que demostraba el apoyo del Estado turco al yihadismo internacional. La repercusión en los medios occidentales fue mínima. Occidente aún esperaba que la intervención rusa en Siria empantanara a sus tropas en una guerra sin fin.

Erdogan y su hijo Bilal mantenían vínculos personales con Yasin al-Qadi, el banquero de al-Qaeda.

Hoy en Turquía se violan sistemáticamente los derechos humanos más elementales. En la última campaña electoral más de 2.000 opositores resultaron muertos, tanto en atentados como a causa de la represión gubernamental contra el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Los medios de comunicación opositores son asaltados. Turquía es el país con mayor número de periodistas detenidos (unos 1.800). Las libertades formales progresivamente desaparecen. Cualquiera que cuestione la acción del gobierno puede ser acusado de ser un enemigo del Estado y de proporcionar respaldo al “terrorismo”. El 14 de marzo de 2016, el presidente Erdogan señaló que, ante los kurdos, “la democracia, la libertad y el estado de derecho ya no tienen el menor valor”. A continuación amplió la definición legal de “terrorista”. Se incluye a todos los que él considera “enemigos de los turcos”. La guerra civil que convulsiona el sureste de Turquía y que ha provocado 250.000 desplazados y miles de muertos se ha extendido a Ankara y Estambul.

A pesar de eso la Unión Europea ha dictaminado que Turquía es un país seguro, es decir, que reúne condiciones democráticas y humanitarias para recibir a los refugiados. Los dignatarios europeos acuciados por el problema creado en gran parte por ellos mismos al desarticular Libia, Siria e Iraq, ayudan a amordazar a la oposición democrática turca, a la que han abandonado. Se limitan a observar desde la alambrada, como hacían, hace algunas décadas, los guardianes en los campos de concentración.

Los acuerdos sobre migración entre Europa y Turquía son un enorme salto atrás en los propios valores que la Unión dice defender. La Red Voltaire lo define de una forma muy gráfica: es un auténtico “pacto con el diablo”.

Del acuerdo alcanzado el 17-18 de marzo de 2016, entre los 28 jefes de Estado y el gobierno de Ankara, nos detendremos en dos aspectos.

El primero es la fórmula de negociación: el diálogo se estableció entre Alemania y Estambul. La canciller Merkel, acompañada de Jean-Claude Juncker, cerraron el acuerdo con el ministro de interior turco Ahmet Davutoglu. La posteriorparticipación de los dignatarios europeos fue un acto meramente formal. De nuevo la canciller alemán impone sus criterios al resto del Continente; primero con su efecto llamada, sin contar para nada con sus socios europeos, que iban a soportar el paso de los refugiados a través de sus territorios. La patronal alemana se sintió exultante. El todopoderoso presidente de la Federación de la Industria Alemana, Ulrich Grillo, hizo un llamamiento: Alemania necesita 800.000 trabajadores extranjeros suplementarios. En un alarde cínico pretendía esconder sus intereses con mensajes de buena voluntad: “Como país próspero y también por amor cristiano al prójimo, nuestro país debería permitirse a sí mismo acoger más refugiados”, para acabar manifestando su interés real: “Debido a nuestra evolución demográfica, garantizamos el crecimiento y la prosperidad con la inmigración”. Los acuerdos de la UE prohíben esa entrada masiva de mano de obra extranjera. Grillo, la patronal y sus medios de comunicación ponen en escena la “crisis de los refugiados” para obtener una modificación de la reglamentación existente. Crisis humanitaria que existía desde hacía mucho tiempo y a la cual nadie prestaba atención. Los medios de comunicación, que la patronal controla, inundan las retinas de los ciudadanos europeas con imágenes de niños ahogados en las playas turcas. Se pretende generar un impacto emocional haciendo pasa los intereses espurios por una acción humanitaria; por otra parte solidaridad necesaria e imprescindible. La campaña orquestada por la patronal alemana y sus medios afines crea una cortina de humo frente a las enormes responsabilidades de los políticos y empresarios europeos. La patronal Alemana necesita reducir aún más el costo por unidad producida. Los trabajadores refugiados son la excusa para hundir los salarios, poco importa que eso provoque choques sociales e incentive el crecimiento de la serpiente fascista. Ya sabrá la oligarquía europea y especialmente la alemana cómo utilizarla en su momento.

Turquía es el país con mayor número de periodistas detenidos (unos 1.800).

El segundo aspecto y más importante del proceso de “negociación” es que Europa no ha negociado, ha claudicado ante los intereses turcos. Ankara no se verá obligada a cumplir prácticamente ninguno de los acuerdos, la redacción es tan cáustica que deja enormes grietas a la libre interpretación. Estambul podrá atornillar a la UE cuanto desee; por ejemplo los 3.000 millones de euros anuales asignados a Turquía como compensación para ayuda a los refugiados carecen de supervisión internacional. ¿Quién asegura que no acabarán financiando a los grupos terroristas a los cuales Erdogan da apoyo?

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De nuevo Múnich

La situación europea recuerda los precedentes de Múnich en la década de los 30 del pasado siglo. La brutal crisis económica de la época, la deflación, la violación del derecho internacional en aquel momento con la ocupación de los Sudetes, la cesión continua de las democracias europeas, prepararon el advenimiento del fascismo. Hoy tenemos ingredientes parecidos, añadido todo ello a la desorientación de la izquierda, que debería ejercer de contrapeso ideológico y político.

Las élites políticas europeas, vista la nula reacción que se produjo tras el ataque a Libia, se sintieron cada vez más seguras. No hubo respuesta social. Habían trabajado bien. Habían sido capaces de acallar el movimiento por la paz. Gran parte de la izquierda europea apoyó, con su acción o con su omisión, a sus oligarcas para que pudieran destruir Libia. Visto el resultado se fijó el siguiente objetivo: Siria. Por eso apoyaron la operación secreta de Estados Unidos que dio lugar a la aparición de la “primavera Siria”. Gran parte de la izquierda europea volvió a aplaudir la intervención.

Cinco años después es evidente que el presidente sirio no caerá, a pesar de los miles de millones invertidos en destruir el país.

Las élites europeas comienzan a posicionarse frente a la nueva situación. No tienen problemas en decir blanco donde antes decían negro; en cambio la izquierda vuelve a descolocarse: tiene delante una doble disyuntiva, primero porque no pueden o no quieren rectificar su discurso; sería tanto como reconocer la futilidad de sus análisis respecto a las primaveras árabes, y en segundo lugar, y mucho más grave, porque reconocerían que el problema migratorio es consecuencia de las políticas de agresión que ellos también han defendido. Así, la derecha y la izquierda institucionalizada pretenden disociar causas y consecuencias. Nadie quiere reconocer que los refugiados provenientes de Iraq, Libia, Siria… no huyen de las dictaduras existentes sino del caos provocado por las “intervenciones humanitarias”.

Qatar financió la falsificación de cerca de 2.000 pasaportes sirios para hacer aparecer a los yihadistas como desertores del ejército.

En su ceguera la Unión Europea financia a Turquía. Erdogan, ya lo ha demostrado, puede chantajear a Europa permitiendo que una parte de los excombatientes sirios penetren en el corazón de Europa, como hemos visto en los atentados de Bélgica. Como denunció la prensa opositora turca en su momento, en 2013 Qatar financió la falsificación de cerca de 2.000 pasaportes sirios para hacer aparecer a los mercenarios yhijadistas como desertores del ejército sirio. Fuentes cercanas al FRONTEX y canales diplomáticos españoles han confirmado que el Daesh, así como Jahbat al Nusra (al-Qaeda) habrían robado en los últimos meses (2015) cerca de 4.000 pasaportes en blanco tras asaltar una oficina en Raqqa (1452 pasaportes) y Deir ez Zur (2348 pasaportes). Sin duda estos datos serán utilizados por los gobiernos para limitar, controlar y negar en definitiva la acogida a los refugiados que se amontonan en las frontera griega.

Algunos de los problemas a los que se enfrenta Europa, a consecuencia de esta crisis política evolucionaran con gran rapidez. El primero será el problema de los refugiados (las corrientes migratorias se han triplicado en un año), que se transformará de problema social-humanitario-legal en problema económico. El otro, el terrorismo yihadista, que desgraciadamente crecerá, y al cual se unirá el de la extrema derecha. Europa dejará de parecer un refugio seguro y en gran parte, como hemos señalado, porque la alianza con Turquía propiciará el incremento del terror. A las fuerzas centrífugas que empujan a la Unión Europa hacia su implosión le sucederán fuerzas centrípetas que espolearán los nacionalismos. Las tensiones dentro de Europa no dejarán de crecer.

La ciudadanía europea va camino de preferir, aunque no haya leído a Thomas Hobbes, la seguridad de un gobierno tiránico al caos, sea este real o imaginario.

Nota

  1. Como denuncia Jean-Luc Mélenchon. El arenque de Bismarck. El Viejo Topo. Barcelona, 2015.

 

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